miércoles 27 de julio de 2011

Perdidos en Zombitopía


1 día, 4 horas, 37 minutos desde la infección

Sí amigos. Esa es la verdad, la única verdad ¿Y por qué se que es la única verdad? Porque a día de hoy, queridos oyentes, soy el único en todo este bendito país que sigue emitiendo en directo. El último monstruo de las ondas, el jinete del ocaso que cabalgará con vosotros hasta el final, y no solo hasta él, amigos, si no a través de él. Va cayendo el sol en Los Ángeles, amigos y la tarde nos trae otra larga noche de muertos que caminan y fin del mundo, pero aquí, recuerden, solo aquí, en la KK81, un servidor, Doggy Sacks, estará al pie del cañón para contarles en primicia lo que ocurre en el ocaso de los tiempos…y ahora… os dejo con de The Coasters y su ¡Dawn in Mexico!
There's a crazy little place that I know.
En una habitación, en un motel barato de carretera, en algún lugar perdido entre Desoto y Waco, un tipo se afana tanto en su cometido que no presta atención al locutor de  radio ni a la música que llena la habitación. Where the drinks are hotter than the chili sauce.  La verdad es que ni siquiera presta atención al hecho de que hay alguien retransmitiendo y que por primera vez desde que empezó todo aquello, una radio barata, en algún motel barato, es capaz de escupir, ignorando al caos que reina fuera, un poco de música. Pero su cometido es muy importante y requiere toda su atención. Utilizando las sábanas de la desvencijada cama de la habitación, limpia un cuchillo enorme machado de sangre. Lo hace de forma mecánica, casi ensoñadora, con una sonrisa de placidez en el rostro de lo más escalofriante.
-¿Ves, nena? –dice-. Te dije que nos llevaríamos bien y tú no me creías. Este mundo se ha vuelto muy peligroso y yo cuidaré de ti. No dejaré que nada te haga daño, ya lo verás.
And the boss is a cat named Joe.
Nadie le contesta. Nadie le contesta porque, entre otras cosas, no hay nadie más en la habitación. Bueno, eso no es del todo exacto. Hay alguien más, o lo había unos minutos antes. En el suelo, junto a la cama, dejando una enorme mancha de sangre en la descolorida moqueta, el cadáver de una chica joven cosida a puñaladas hace oídos sordos al discurso del chico del cuchillo enorme. El tipo, cerciorándose de que la hoja del machete esta impoluta, lo guarda en la funda que lleva colgada al cinto y pega un trago a una botella de vodka que hay abierta en el suelo, junto al cadáver de la chica.
 He wears a purple sash, and a black moustache.
Sobre la cama hay unas bridas de plástico. El hombre le da la vuelta al cadáver y le ata con una de las bridas las manos a la espalda. Le vuelve a dar la vuelta y le introduce, metódicamente, como un cirujano demente, un trozo de tela en la boca y amordaza a la chica muerta con un trozo de sábana cortado de la cama. Se  queda mirando la cara ensangrentada de la joven y le coloca unos pegajosos mechones de pelo sobre la frente.
-Esto es por tú bien dice –para que no te hagas daño-. Y bueno, también por el mío, claro, je, no queremos que muerdas a papi, ¿verdad? Papi no puede transformarse en una de esas cosas o no podría protegerte, ni a ti ni a tus hermanas.
I said "Tell me dad, when does the fun begin?".
Luego se queda de pie, con la botella de Vodka en las manos ensangrentadas, dando pequeños tragos, mirando el cadáver con una inmensa sonrisa de satisfacción en el rostro.
Nada pasa durante los primeros segundos. Luego, un breve sonido empieza a salir de la boca de la chica muerta, como un gorgoteo infernal.
In a honky-tonk, down in Mexico.
El cadáver empieza a moverse a un lado y a otro al tiempo que el gorgoteo va en aumento y cada vez se parece más a un lamento ahogado por la mordaza.
Joe starts playing on a Latin pick.
Los ojos de la chica se abren, pero no hay ni una chispa de vida en ellos, solo una película blanca que da escalofríos, que parece estar mirando algo que los vivos no pueden ver. El cuerpo de la chica zombi empieza a moverse con furia, con movimientos lentos pero enérgicos, levantando la cabeza, como si intentara morder al tipo que la mira casi con orgullo.
She started dancin' with the castanet.
- Eso es pequeña –dice el hombre-, ya estás despierta. Ven, Papá va a llevarte con el resto de tus hermanas. Luego, ¿sabes qué?, continuaremos el viaje en busca de toda nuestra familia.
She threw her arms around my neck.
El hombre coge el cuerpo de la chica, que se debate furiosamente y trata de lanzarle furiosos, y a la vez inútiles, bocados. La levanta, la coge por detrás y la lleva en brazos hasta la puerta de la habitación, que abre de una patada.
En el exterior, además del polvo del desierto, también hay un enorme y desvencijado furgón de transporte de presos. El hombre se dirige hacia él con el cadáver de la chica retorciéndose en sus brazos, tranquilo, sereno y siempre sin dejar de sonreír. Cuando llega junto a la puerta delantera, el tipo deja a la chica en el suelo y saca un manojo llaves. Introduce una en la cerradura y abre la puerta. Lo que antes era la chica trata de levantarse, pero a su falta de coordinación no le ayuda mucho el tener las manos atadas a la espalda. Una vez abierta la puerta, el hombre coge a la muchacha zombi con cuidado, la levanta y la introduce en el interior del furgón. La escena no es para pusilánimes, eso desde luego. Media docena de chicas, todas con evidentes signos de apuñalamiento, todas vueltas la vida después de muertas, atraviesan con sus blanquecinas miradas al hombre y a la chica zombi. Todas esposadas a la pared y a los asientos, todas amordazadas. Se convulsionas, lanzan terribles gemidos ahogados por las mordazas. El hedor en el interior del furgón es insoportable.
-Chicas, dad la bienvenida a vuestra nueva hermanita, Charlize. Espero que seáis buenos con ella.
Sienta a la chica en uno de los asientos delanteros y la esposa.
-Eso es, aquí vas a estar de maravilla, ya lo verás. Bueno chicas, papi se va delante a conducir, sed buenas.
Sale. Vuelve a cerrar la puerta con llave y se mira la camiseta. Es una camiseta roja en la que puede leerse el viejo lema de los Monthy Pitón, Nobody espects the spanish inquisition.
-Mierda –dice-. Se me ha manchado una de mis camisetas favoritas.

13 horas 37 minutos desde la infección

Sentir el poder de su moto otra vez le parece mentira. Casi lo había olvidado después de todo lo que ha pasado en las últimas horas. J. J. apenas puede creer que estuviera ahí, al salir de centro médico, como nueva. Pero al fin y al cabo no es tan extraño. Tras unas horas no quedaba mucha gente viva que la pudiera robar y los zombis no parecen muy duchos en el manejo de motocicletas. Desde luego es bastante agradable volver a sentir la sensación de la carretera, el viento en la cara, el sonido de la moto. Con su familia muerta, con los miembros de su club muertos, en medio del fin del mundo, era todo cuanto cabía desear. No saben muy bien que esperan encontrar en Austin, Texas, pero está claro que es más probable que haya gente organizada en una ciudad grande que en pequeños pueblos. El ejército, la Guardia Nacional. Claro, que cuando piensa que Austin debe tener al menos ochocientos mil habitantes, hace que la idea de un ejército de casi un millón de muertos vivientes le asuste de cojones. Mejor no pensarlo. Ahora tiene la carretera. La moto. Lo demás ya vendrá después.
Delante de él viajan los demás. La furgoneta que Martha y el chico, Victor, han robado aguanta y dentro hay sitio para todos. También hay sitio para él, pero mientras su moto aguante no piensa dejarla atrás, eso está claro. Conduce el oficial Callahan. Para morirse, quién le hubiera dicho un par de días antes que estaría luchando codo con codo con un poli. Un poli, anda menos, uno de la Policia Judicial, nada menos. Desde luego es para reírse. Hacer un par de días hubiera pensado que la única forma de verle tan cerca de un poli de la judicial era porque el tipo venía a por él por haberse saltado la condicional. Un nuevo mundo, nuevas amistades. El poli no es mal tipo, después de todo, y entiende lo suyo de motos.
El oficial Callahan le hace una seña para que les adelante. J. J. da gas a la moto y se pone junto a la ventanilla  del conductor.
-Amigo –grita el Frank Callahan por encima del estruendo de los motores y del viento-. Más adelante hay una estación de servicio con un motel. Podríamos echar un vistazo y pasar la noche allí.
-Me parece bien.
J.J. acelera y pasa a la furgoneta. Pocas decenas de metros más adelante ve la salida, la toma y la silueta del motel y la gasolinera aparecen recortadas en la luz mortecina de la tarde. Una gasolinera con cafetería y un edifico de una sola planta con habitaciones adosado a la derecha. Nada fuera de lo común. El aparcamiento está repleto de coches, si no pueden sacar gasolina de los tanques, la podrán sacar de los depósitos de los coches. Pero no busca eso, busca otra cosa. Busca la inconfundible silueta de caminantes, de muertos vivientes. Para la moto. La furgoneta para junto a él. Todos en pie, con las armas en las manos, preparadas para disparar.
-Esto está muy tranquilo, ¿no? –dice Victor.
-Demasiado –responde Martha.
-Alguien ha pasado por aquí ya -es Maty quien habla señalando un buen número de cadáveres diseminados aquí ya allá delante de la estación de servicio.
Maty tiene razón, piensa J.J., alguien a limpiado este sitio y de manera eficiente. Eso solo significa dos cosas, que ya se han ido y en el peor de los caso no quedará nada útil que puedan llevarse, pero al menos tendrán un sitio seguro donde pasar la noche. O la otra opción, que todavía estén ahí.
-No me gusta –dice Callahan-. He aprendido a tener más miedo de los vivos que de los muertos.
-Amén  -responde J.J., tratando de obviar que ese comentario, viniendo de un poli, se refiere sobre todo a gente como él-. Pero no nos queda más remedio. No me gusta la idea de viajar por la noche. Vamos a ver.
-Adelante –dice Martha cargando la pistola.
Deciden empezar por la cafetería. Si queda algo de comida estará allí. La tarde va cayendo en el desierto y mientras se dirigen al restaurante, J.J. no puede evitar fijarse en un despampanante Buick Riviera negro aparcado en la puerta. Aun con todo el polvo del desierto cubriendo la pintura negra, el coche  tiene un aspecto fenomenal, y terrible, como si fuera una bestia negra que dormita al sol del atardecer.  
La verdad es que tanto a J.J. como a los demás les cuesta reaccionar cuando entran en la cafetería y un tipo vestido de negro, con el pelo muy corto y barba les apunta con una escopeta. Solo apunta con una mano, con la otra juguetea con el dial de una radio, rastreando las ondas vacías. Junto al tipo, sentado en una mesa, un tipo corpulento y rubio sangra por una fea herida en el brazo, mientras una joven, guapa pero con cara de estar tremendamente asustada, trata de curarle.  
-¡Maldita sea, Dick! –Dice la chica-. Si no te estás quieto no podré coserte.
-¡Es qué duele! –dice el tipo de la herida.
-¿Y de quién es la culpa, eh?
J.J., Callahan y Martha levantan las armas y apuntan al tipo de la escopeta.
-Bien, hermanos, ¿qué va a ser? –dice.
-¿Qué va a ser, qué? –Pregunta Martha.
-¿Guerra o paz?
-Tú eres el que nos estaba apuntando cuando hemos entrado, amigo –dice el Sheriff Callhan.
-Simple precaución, hermanos. El hombre es un lobo para el hombre.
Mientras habla no deja de juguetear con el dial de la radio con un sonido de lo más molesto.
-Ya –dice J.J-. Pero no sé si te has percatado de que aquí somos tres, y tres pipas. Y aunque tu cañón es considerable, estás en desventaja.
Hay algo en ese tipo que a J.J. le pone los pelos de punta. Ya son muchas batallas y sabe distinguir a un hijo de puta malnacido peligroso cuando lo tiene delante. Y ese tío es muy peligroso. El muy bastardo ni siquiera pestañea cuando les apunta. No sabe por que, pero aunque le revienta reconocerlo, algo le dice que de verdad es él quien tiene la situación controlada.  
-Está bien –interviene Victor-. Un poco de calma, no somos animales.
-Yo estoy calmado –dice el tipo del traje negro-Y te equivocas, todos somos lobos o corderos a ojos del Señor.
En ese momento la radio empieza a hacer extraños ruidos y una voz empieza a ir y venir hasta que decide quedarse.
Sí amigos, aquí, en la noche Californiana, donde el sol nunca acaba y los zombis nunca paran de ponerse morenos. Esto es la KK81 y yo soy vuestra voz amiga en la emisora del fin del mundo, Doggy Sacks. Ya sabéis lo que dicen los rumores. La clase política se esconde en refugios subterráneos esperando a que todo esto pase para luego reconstruir lo poco que quede de nuestra amada América. ¿Será verdad que hay uno cerca de L.A., en la dorada California. ¿Quiñen Sabe? Puede que los locos d la conspiración sean los verdaderos profetas. En fin, yo solo soy un tío al que le gusta la cerveza, con gafas y entradas, pero os traigo la mejor música del holocausto, así que os dejo con Johny Cashy y When the man comes around.
-Genial –dice el tipo del traje negro, adoro a Johny Cash-, un hermano que sabía bien lo que era caminar por la cuerda floja del pecado.
-¿Pero que dices, Alister? –Dice el hombre de la herida en el brazo-. ¿No has oído eso del refugio? Puede ser la salvación.
-No creo en lo que dicen los medios de comunicación, el Diablo habla a través de ellos - contesta Alister, mientras tararea por lo bajo one milliona angels singing.
-Tiene razón, vale la plena investigarlo –dice Maty.
-Sí, amigo. Tenemos más posibilidades si lo intentamos juntos. Es mejor que no tener ningún plan y liarnos a tiros con las primeras personas vivas que nos encontramos en cientos de kilómetros.
-Está bien –dice Alister bajando el arma-. Que no se diga que yo no creo en la bondad de mis semejantes.
Todos bajan las armas, menos J.J., que sigue apuntando a Alister.
-¿Qué haces J.J.? –Pregunta Martha-. Baja el arma.
-No tan deprisa, amigo. Antes vas a decirnos como se ha herido tu amigo. Aquí, esta preciosidad casi la palma hace unas horas por un tipo que decía que se había cortado y realmente le habían mordido. No pienso arriesgarme a que nos pase otra vez.
-Te lo diré. Es una historia graciosa.

jueves 16 de junio de 2011

Perdidos en zombitopía

4:17 horas después de la infección

El depósito de cadáveres de la estación central de policía de Lousville está cubierto de sombras. Las luces principales del edificio han desaparecido y el generador de emergencia se encarga de que no todo perezca en las fauces de las sombras. En el depósito de cadáveres de Lousville, una mujer joven llora acurrucada en un rincón. Es la doctora Elain Ache, la que hasta hace apenas unas horas trabajaba como forense en ese mismo sitio. Ahora, muy a su pesar, se ha convertido en un cliché de novela barata de terror y puede decir sin ningún complejo que el miedo atenaza cada uno de sus músculos. Pero también, en los últimos minutos, empieza a darse cuenta de que tiene algo que no sabía, un pequeño, tímido y apenas perceptible instinto de supervivencia. Hay una pequeña voz en su cabeza que le anima a levantarse y buscar una salida, pero no tiene muy claro a cual de las dos debe hacerle caso, si a esa o a la que le dice que se quede ahí, sentada, en un rincón, esperando que la tormenta amaine. Pero tiene la sensación de que esa tormenta no va a amainar en las próximas horas. Hace un esfuerzo y saca la cara de entre sus rodillas. Escruta la penumbra en busca de posibles salidas, pero el depósito es un sótano y salvo la puerta principal, que ha atrancado con varios muebles cuando ha entrado, las únicas salidas que se le ocurren son los conductos del aire acondicionado. La verdad es que ninguna de las dos le parece muy halagüeña, pero en principio, aunque no sabe muy bien por qué, la idea de arrastrase por esos conductos sucios y oscuros le parece más aterradora que salir a ver que tal le va al mundo, a ver si los muertos siguen por ahí de picnic. Y es una palabra de ese razonamiento la que hace que sus alarmas salten. De pronto, haciendo un esfuerzo para no perder la razón, se da cuenta de que, teniendo en cuenta que los muertos han empezado a levantarse, súbitamente la idea de esconderse en un depósito de cadáveres no le parece la mejor del mundo. Como si el devenir de los acontecimientos estuviera escuchando el discurrir de sus pensamientos, un golpe seco se oye en una de las cámaras frigoríficas donde se guardan los cuerpos, en cuya superficie bruñida, las luces de emergencia de tono rojizo crean extraños dibujos. Y a ese golpe le siguen muchos más. De cada una de las puertas de las cámaras frigoríficas. Se levanta y ahoga el llanto tapándose la boca con una mano. En unos segundos todas las puertas de las cámaras emiten un lúgubre sonido producido por unos pies tumefactos que las golpean desde dentro y ese sonido poco a poco va siendo acompañado por gemidos agónicos que tienen todo y nada de humanos al mismo tiempo. Una de las cámaras se abre y en ese momento si que entiende de verdad la expresión, “y el terror atenazó cada uno de sus músculos”. Una sombra sale del hueco da la cámara frigorífica arrastrándose y cuando por fin ha sacado todo su cuerpo del gélido agujero, se incorpora trabajósamente y se planta de pie, quieta, emitiendo un leve murmullo, como un gorgoteo. Elaine procura no mover ni un músculo, pues parece que la cosa que ha salido de la cámara no se ha fijado en ella todavía. Pero tiene claro que es una situación que no puede dilatarse demasiado y empieza a maldecir el haber atrancado la puerta con muebles pues ahora le impiden una huida fácil y rápida. Pero es hora de actuar, no de pensar. Corre hacia la puerta y empieza a quitar los armarios archivadores y mesas que ha puesto antes a modo de improvisada barricada y que hora, quizás por el efecto de la urgencia, le parecen más pesados. A su espalda el cadáver andante emite un grito y siente como avanza hacia ella. Por lo que ha podido ver, hay dos clases de muertos, los que corren y los que tienen serios problemas motrices. Afortunádamente este parece ser de los segundos pero, aunque la habitación es grande, sabe que no le dará tiempo a quitar todos los muebles antes de que esa cosa se abalance sobre ella. Plan B. Se sorprende mucho cuando se ve a sí misma dándose la vuelta para buscar un arma, algo contundente con lo que hacer frente a su putrefacto atacante. Y lo encuentra. Casi siente algo de cargo de conciencia cuando coge el asta de la bandera y dirige la punta metálica, puntiaguda, a quién quiera que sea que se está acercando a ella. El cadáver anda todo lo deprisa que pude con un paso vacilante. Es el cuerpo de una muer mayor. Parece reciente y tiene una fea y enorme herida en la sien derecha. A pesar de que las cuencas de sus ojos están vidriosas y de un color blanquecino y enfermizo, Elaine reconoce sin problemas a la adorable Naysmith, cuyo cuerpo entró ayer después de la desagradable visita de un ladrón. Tenía programada su autopsia para después de almorzar. Sin pensar demasiado, en un gesto dudosamente patriótico, Elaine, haciendo esfuerzos increíbles para no vomitar, clava la punta del asta en la cabeza de la desdichada señora Naysmith. El cuerpo de la anciana cae en la oscuridad y ella, la que hasta hace unas horas era la doctora Elaine Ache, forense, y por lo que parece, ahora asesina de ancianas muertas, por redundante que eso pueda parecer, empieza a quitar los muebles de la puerta de forma histérica, sin pararse a pensar. Ha pasado de llorar en un rincón a correr desesperádamente por los pasillos de la estación de policía. Ve por el rabillo del ojo cadáveres, algunos aun inertes y otros de lo más funcionales teniendo en cuenta su estado, pero Elaine es presa de un ataque de pánico y no se detiene a ver nada, solo corre y corre, hacia ninguna parte, hasta que la luz del sol le golpea en la cara y ve el cañón de un escopeta que se planta de forma poco amistosa a pocos centímetros de su cara.
-¡Quieto! -Oye que dice una voz-. Está viva.

7:24 después de la infección

Martha Mathison pasa el arma de una mano a otra nerviósamente. La noche ya ha caído y las luces de emergencia del centro médico dan una atmósfera terriblemente siniestra a la situación. Para colmo, Jimmy, que no ha dicho casi nada en las últimas dos horas, no para de rasgar su bajo, sin sentido alguno, solo por el mero hecho de conseguir algún ruido, un ruido que llena la sala, de forma queda y tenue, pero firme y despiadada, y que a Martha le pone los pelos de punta.
-Jimmy, por favor, ¿quieres parar de una vez?
No obtiene respuesta y el sonido sigue llenando la habitación, como un tic tac siniestro. Fuera, al caer la noche, la cosa parece haberse calmado, lo que solo significa que la mayor parte del ciudad esta muerta y andando sin rumbo fijo por las calles, en busca de los pocos supervivientes, como ellos, que queden escondidos en edificios. Salvo por la alarma lejana de algún coche, alguna explosión puntual y el gemido leve de los muertos, todo está en calma y la luna brilla en todo lo alto, como en una buena peli de terror. Tac, tac, toc, las cuerdas del bajo parecen marcar las horas.
-Bueno -dice el agente Calahan-. El plan no tienen ningún misterio. Victor y Martha irán a esa furgoneta y la traerán, los demás les cubriremos desde aquí con las pocas armas que tenemos . Sé que no es un plan muy elaborado, pero ahora no tenemos muchas más opciones. Pongámonos en marcha. Ahora en la oscuridad será más fácil escabullirse.
-Estoy listo, ¿preparada? -Le pregunta Victor.
-Sí, lo estoy -contesta Martha-. Y lo estaría más si no pareciese que disfrutas cada segundo de todo este rollo zombi y si Jimmy dejase el puto bajo de una vez, me está poniendo los pelos de punta. ¿Me has oído, Jimmy? ¿Por qué no dejas el maldito bajo y aportas algo?
Martha se acerca al músico y se agacha para coger el instrumento por el mástil y arrebatárselo. Jimmy levanta la cabeza y la joven apenas si tiene un segundo para ver los ojos blancos, apagados de Jimmy, un segundo, el segundo que él tarda en echarse encima suya, gritando con ferocidad. Las manos de Jimmy tratan de agarrarla, de arañarla, pero Martha sabe que tiene que estar pendiente de la boca, si todo lo que Victor les ha contado de las películas de zombis es verdad, un mordisco y todo estará perdido. Jimmy, encima suyo, con el rostro desencajado, grita y ruge como una bestia hasta que algo lo lanza por los aires, J. J., para ser más exactos. Martha se incorpora y ve que Jimmy ya está de pie y los mira, como decidiendo a quién va atacar. Calahan le apunta a la cabeza.
-No dispares, Frank -dice Martha-, eso atraería la atención de los de fuera.
Coge el bajo del suelo y lo empuña por el mástil, como si fuera un hacha.
-Esto lo voy a disfrutar.
El sonido del instrumento contra la cabeza de su fallecido dueño le produce una satisfacción indescriptible, como una pequeña ola de justicia por las horas que ha sufrido del infernal tac, tac, toc, que Jimmy le arrancaba viscerálmente a su instrumento. Aun cuando el cuerpo del desdichado músico yace en el suelo, inmóvil, Martha se deja llevar por esa satisfacción y deja caer una y otra vez el bajo sobre la cabeza de Jimmy, que ya no es más que una tortilla rojiza y humeante en la penumbra.
-Bueno -dice cuando el cuerpo del bajo se separa del mástil-. Ahora, vamos a por esa furgoneta y salgamos de aquí.

La noche es fresca y Victor siente que es una pena no poder pararse un momento a disfrutarla. La furgoneta tiene las dos puertas abiertas y está como a unos doscientos metros, pero parece que hay todo un mundo entre ellos y el vehículo.
-¿Corremos? -Le pregunta a Martha.
-A lo mejor es mejor que vayamos despacio, como si fuéramos como ellos, sin miedo. Llamaríamos menos la atención, ¿no?.
-No estoy muy seguro. Creo que pueden olernos. Así nos detectan.
-No lo había pensado. Bueno, tú eres el experto en temas zombi. Corramos entonces.
No tardan mucho en llegar a la furgoneta, pero su carrera, su respiración, llaman la atención de algunos de los funestos habitantes de la plaza. Unos van lentamente, pero otros salen corriendo a por ellos. Cuando llegan, Victor se sube en el asiento del copiloto y Martha ocupa el del conductor.
-Cierra las puertas con el seguro -dice Martha-. Procura que no abran la puerta, no están las llaves, tengo que hacer un puente.
-¿Un puente? ¿Dónde demonios has aprendido a hacer un puente?
-En la escuela parroquial, no te jode.
No hay tiempo para hablar más. Martha saca un pequeña navaja, abre el cuadro de mandos y empieza a trastear con los cables. Cuatro zombis llegan hasta ellos y golpean desesperados la furgoneta, las puertas y los cristales, dejando en estos machas de sangre y saliva. Victor les apunta con el arma, pero no quiere disparar hasta que no sea estrictamente necesario o hasta que estén en marcha. El sonido del arma podría atraer a cada muerto en varias manzanas a la redonda. Pero los cristales vibran bajo los golpes de los zombis de manera bastante amenazadora. Pronto vendrán más y no aguantarán. Como un coro celestial el motor de la furgoneta se pone en marcha y Martha le sonríe. Los ojos azules le brillan en la noche por la excitación. Victor piensa que ahora es ella la que parece estar disfrutando, pero prefiere no decirle nada.
-Hora de recoger a los otros -dice la Joven.

4:51 después de la infección.

-Quizás no fue la mejor idea del mundo meterse en la ciudad, ¿no? -Grita Monuti.
-Los caminos del Señor son inescrutables, amigo Dick -Contesta Alister Blake, inescrutable en sí mismo.
-¿Qué?
-Que hacía falta buscar munición y armas. Siempre voy preparado, pero no sabemos cuanto va a durar esto y a que nos vamos a enfrentar, ni más ni menos.
Dick no está seguro de querer saber para que es para lo que va siempre preparado Alsiter.
-Ahora es cuando te alegrarías de haber cambiado este viejo coche americano por uno japonés que consumiera mucho menos, ¿verdad?
Alister se le queda mirando muy serio, con evidente cara de enfado y Dick tiene muy claro que su estrafalario compañero está sopesando muy seriamente la idea de tirarle en marcha del coche.
-No he dicho nada, no he dicho nada. No hay nada como un coche americano.
-Pues no lo olvides. Miguel es muy sensible.
-¿Miguel? ¿Quién coño es Miguel?
Como toda respuesta Alister señala con un dedo hacia abajo y dice, él.
-¿Llamas a tu coche Miguel?
-Claro, como el arcángel.
En ese momento la conversación supera a Dick y prefiere concentrarse en ver como Alister esquiva los zombis que le van saliendo a su paso por las calles de Lousville. Son muchos, pero por ahora han tenido suerte, si muchos a la vez salen a su paso, el coche podría quedar atrapado.
-Tenemos que salir de aquí, amigo.
-¿Te crees que no lo sé, Dick? Hago lo que puedo.
Llegan a una plaza amplia. Frente a ellos está la estación de policía.
Mira -dice Alister señalando edificio.
-¡Bien! Benditos sean los paletos y sus comisarias. Hay habrá de todo.
Alister detiene el coche junto a la puerta y se baja empuñando una escopeta.
-Hay que actuar rápido. Entramos, limpiamos el sitio, buscamos armas y munición y salimos. Solo el tiempo necesario, antes de que se den cuenta de que estamos aquí.
-¡Vamos! -dice dick.
En ese momento la puerta de la estación de policía se abre y sale una chica gritando. Alister levanta el arma, pero Monuti se da cuenta de que la chica es una persona normal y grita.
-¡Quieto! Está viva.
-¿Quiénes sois? -Grita la chica que está al borde de un ataque de histeria, si es que no lo está teniendo ya.
-Yo me llamo Dick, y este es Alister Blake. ¿Cómo te llamas?
-Elaine.
-Siento interrumpir vuestra enternecedora presentación, hermanos, pero esta situación es de lo más peliaguda -dice Alister-. Dick, mete a esta muchacha en Miguel y quédate con ella. Yo entraré a buscar suministros.
Un segundo después, el tipo ha desparecido dentro de la comisaría.
-¿Quién es Miguel? -Pregunta la chica.

miércoles 18 de mayo de 2011

Perdidos en Zombitopía

Alrededor de dos horas después de la infección

Un Buick Riviera del 71 negro surca la interestatal 35, entre Laredo y Austin. La verdad es que el coche es negro, pero lleva tanto polvo encima, tanta porción de desierto, que a la vista parece de un color indeterminado. Lo conduce un tipo extraño. De unos treinta y pocos, ojos grises y pelo muy corto. Mientras conduce, se rasca una no muy poblada barba de un color entre rojizo, rubio y cualquiera sabe. A pesar del calor, lleva las ventanillas subidas, como si le molestara que el aire le diera en la cara mientras conduce. La cosa se ha puesto muy mal en Laredo, donde se encontraba haciendo un trabajo, así que su primer y único plan hasta la fecha es llegar a Austin y ver que tal está allí la cosa. Prefiere no pensar que va a hacer si las ciudades importantes también se han ido al infierno, eso ya lo verá. El Creador iluminará su  camino, Lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera en mi camino (salmos 119:105), piensa. De Lo que está claro que el Señor no le va a proveer es de gasolina, y al depósito de su adorado Buick empiezan a sonarle las tripas.
No le divierte especialmente tener que pararse, pero no le que da más remedio. Deberá hacer un alto en la próxima estación del servicio si quiere legar en coche a Austin. Además, y que Dios le perdone, lo que tiene muy claro es que no va a dejar a su adorado coche en medio de ninguna parte aunque el mundo se parta en dos. Tiene muy clara pocas cosas en esta vida, pero una de ellas es que aparcará esa belleza en las puertas del Cielo, antes de entrar en la Gloria, o derrumbará con él las del Infierno.
A la derecha empieza a aparecer la inconfundible silueta de una gasolinera. Detrás de los surtidores hay un vagón de tren convertido  en cafetería. Detiene el coche junto a los surtidores. Todo parece tranquilo, pero sabe que la tormenta siempre acecha entre las sombras. Así que será mejor que coja un buen paraguas, piensa, mientras se gira para coger algo del asiento de atrás. Levanta el asiento y bajo éste, en un doble fondo secreto, un enorme arsenal parece sonreírle impacientemente, como si todas las armas quisieran que las eligiera a ellas. Finalmente se decanta por una SPAS-12, pensando que si hay algo dentro de la cafetería, tendrá que defenderse en distancias cortas. Se baja, cierra la puerta y abre la del copiloto, sacando del asiento un machete que imita la forma de un Kopis griego. Lo asegura en la funda que le cuelga del cinturón y se encamina hacia la cafetería. Prefiere estar seguro de que el lugar está limpio antes de ponerse a repostar.
La puerta cerrada de ese lugar, solo unas horas atrás tan anodino, ahora se le antoja como la mismísima morada de la bestia.  Pero desde luego que su ánimo no va a menguar y rumiando en su mente las palabras de Corintios 1, 3-4, …Dios nos conforta en toda prueba…, hace el amago de abrir la puerta. Pero algo se lo impide, una voz que grita hola a sus espaldas. Se da la vuelta y encañona a un tipo que levanta las manos y retrocede un par de pasos.
-¡Tranquilo! ¡Soy normal! Solo he parado a echar gasolina, como tú, supongo, me llamo Dick, Dick Monuti.
Es un hombre más o menos de su edad, treinta y pocos. Rubio, de ojos azules y aspecto inofensivo. En su negocio tiene que calar a la gente al segundo, para evitar cualquier desagradable sorpresa, así que no tarda ni un decir Jesús en darse cuenta de que el tal Dick no supone una amenaza y baja el arma.
-Encantado, Dick Monuti. Soy Allister Sandman.
-Hola, Allister. ¿De dónde vienes, yo vengo de Rock Canion, a unos veinte kilómetros. Aquello está jodido.
-Pues no te acerques a Laredo, hermano, aquello ya no pertenece a los vivos. Me dirijo a Austin, siguieres podemos ir juntos. La unión hace la fuerza.
-Me parece bien, además mi coche de alquiler creo que ha muerto –dice Dick señalando a un Toyota plateado de cuyo capot no para de salir humo.
Allister solo sonríe, no dice nada, pero piensa que eso le pasa al tal dick por jugar con mierdas japonesas. 

La cafetería se ha convertido en un self service., pero para Zombis. Hay algunos sentados en las mesas y otros devorando restos esparcidos por el suelo de lo que antes fue gente. Tras la larga barra que ocupa toda la pared frente a la puerta, un camarero gordo les mira sin verles.
-¿Vas armado, Dick?
-Ni de coña, tío.
Allister echa mano a su cinturón, saca una Glock y se la entrega a Dick.
-Tiene el seguro quitado, procura no dispararme a mí.
-Solo para segurar, tú eres el que no estás podrido, ¿no?
-¿Eso era un chiste?
-Sí –dice Dick empezando a arrepentirse un poco-. Ya sabes, para relajar la tensión.
-Entiendo. Procura evitarlo.
Ya no pueden hablar más, uno de los zombis se lanza contra ellos y el resto les imita. La SPAS12 es bastante convincente y la primera oleada de zombis no es demasiado bien recibida. Pero están rodeados. Dick se gira y ve tres cadáveres andantes que se abalanzan contra él, pero más lentos que los que Allister está manteniendo a raya con su escopeta. Traga saliva y respira hondo. Aprieta el gatillo y la fuerza de la pistola le echa los brazos hacia atrás, pero estaba preparado para ello, así que sigue disparando sin problemas. Las balas dan el pecho de los monstruos, lo que no parece detenerlos, así que aguanta la respiración y vuelve a disparar. Esta vez sí, la cabeza de uno de los zombis se echa para atrás abierta como un melón y el cuerpo, esta vez de verdad sin vida, cae al suelo. Ya, con más confianza en sí mismo, los otros dos engendros no tardan en correr la misma suerte que su desdichado camarada.
Con la adrenalina zumbándole en las sienes, no deja de soltar gritos de alegría, como ¡Sí, toma, a los tres! ¡Soy la ostia!, por lo que tarda en darse cuenta de que los sonidos de la batalla han acabado. Cuando se gira, su extraño compañero remata a los dos últimos zombis que quedan en pie, mientras recita unas frases religiosas, perdónalos señor, pues los que con inocencia obran con maldad, merecen tu misericordia, y así espero yo merecerla algún día.
A los pies de Allister hay una decena de cosas parecidas a seres humanos, solo que más rojos y más diseminados.
Detrás de la barra, el gordo camarero zombi deambula como si no fuera capaz de encontrar la salida y atacarles. Sus movimientos son lentos y bastante lastimeros.
-¿Qué hacemos con ese? –pregunta Dick.
-No hay nada que podamos hacer excepto ayudarle a que descanase en paz.
-¡Eh, amigo! ¡Jefe! –Dice Monuti-. Ponme una cerveza, ¿quieres?
Allister se le queda mirando, con una expresión de lo más inexpresiva, por otra parte.
-¿Eso era otro chiste, verdad?
-Sí.
-Ya, ¿lo haces muy a menudo?
Y sin dar tiempo a que Dick conteste, salta la barra y corta el cráneo de barman en dos.  

Con el maletero del Buick lleno de latas de gasolina, el depósito repleto y algunos víveres que sacan de la cafetería, bollos, sándwich y botellas de agua (bueno, y alguna de bourbon) los dos se montan en el coche.
-Austin, entonces, ¿no? –dice Allister con la mirada puesta en la carretera.
-Dónde tú quieras, Allister.
-Ya somos íntimos, puedes llamarme Predicador.
-Oye, amigo -dice Dick Monuti-. ¿Tú y yo no nos hemos visto antes? De pronto esto me suena familiar, ya sabes, como un deja vu, con las armas y el coche y todo esto.
-No lo sé, hermano. Quizás en otra vida.


Cuatro horas y media después de la infección.


En la penumbra de la cafetería del centro médico, Victor Kane sopesa todo lo que le ha pasado en las últimas horas, y la verdad es que es raro, es difícil enfocarlo todo de una manera realista. Los minutos pasan bastante lentamente y, desde que empezó toda esa locura, es cuando más solo se siente. En la cafetería, además de Martha Mathison, la chica que le encontró, hay otras cuatro personas. Un motero llamado J.J. Jacob, un tipo grande, con barba larga y una larga melena recogida en una coleta. Lleva un par de gafas que no consiguen suavizar su rostro y, a pesar de la barba y su aspecto de tío duro, Victor supone que debe ser un par de años más joven que él, unos veintisiete años. Luego están Frank Callahan y su esposa Maty, de unos cuarenta y pico. Fran, de cerrada barba pelirroja, es policía, lo cual no sabe muy bien por qué, a Victor le da una leve sensación de seguridad. De Maty, lo que mas le llama la atención es la larga melena rubia y su estatura, es una mujer altísima, debe medir como un metro ochenta. Luego está Jimmy Curly, que es músico de jazz, un tipo de pelo rizado y grandes gafas de plástico negro. Cuando todo esto empezó, una de esas cosas le hirió en el brazo. Jimmy, en ese momento se afana en tocar su bajo, aunque no puede enchufarlo a ninguna parte, por lo que el instrumento realiza unos inquietantes sonidos leves y graves.
Maty se acerca a él y se sienta a su lado.
-¿Qué tal? ¿Cómo lo llevas?
-Lo llevo, supongo –responde Victor.
-Ya. Como todos, ¿quieres un poco de agua? –Le pregunta alcanzándole una botella de plástico.
-Gracias.
-Míralos –dice Maty señalando a su marido y al motero-. Hace tres horas, si se hubieran encontrado por la calle, se hubieran liado a tiros. Pero ahora, como todo se ha ido a la mierda, no paran de hablar de sus motos. Al menos esto une a gente muy dispar, ¿no crees?
Victor sonríe. Cada uno lleva el miedo como puede, piensa. Aunque tiene algo en la cabeza y no puede quitárselo.
-Maty, ¿puedo decirte una cosa?
-Claro.
-Mira. Ya se que la realidad supera la ficción. Pero esto es lo que es y ahí fura esta lleno de zombis, lo creamos o no –aunque él no tiene ningún problema en creerlo. Ha fantaseado mucho con algo así-. Y creo que afortunadamente hemos visto mil ejemplos de situaciones parecidas en el cine como para cometer los mismos errores que hemos visto mil veces en las pelis.
-No te sigo.
-Pues que no sabemos si al tal Jimmy le han mordido. Y si es así deberíamos estar prevenidos, porque se va a transformar.
En ese momento Maty le mira, sin saber muy bien si darle un sopapo a ese chico para que espabile y ponga los pies en el suelo, o por el contrario darle una palmadita en la espalda. La verdad es que en aquella situación delirante, las películas que todos han visto son la única guía de supervivencia que tienen.   
Maty se levanta y le dice algo al oído a su marido, que se queda mirando a Jimmy. Frank le dice algo a J.J. y ambos, seguidos de Maty, se acercan al músico, que sigue afanado en sacar sonidos de su bajo desenchufado. Los tres se ponen alrededor suyo, y Jimmy sigue sin percatarse de nada. Víctor se levanta, avisa a Martha, que no deja de mirar por la ventana, y ambos se unen al grupo.
-Jimmy, amigo –dice Farnk. No obtiene respuesta-. Jimmy. ¿Jimmy?
Nada. El pum pum sordo del bajo.
-¿Jimmy? –interviene J.J.
Pum, pum, pam, nada más.
-¿Jimmy? –lo intenta Victor.
Pam, pum, pum, pam…
-¡Jimmy, maldita sea! –Grita Martha, arrepintiéndose al segundo y esperando que su grito no haya llegado a la calle.
Jimmy levanta la cabeza, mira a los demás y durante un segundo no dice nada, como si le costara enfocar la vista. Luego sonríe.
-¿Qué pasa, amigos? ¿Todo bien?
-Bueno, Jimmy, no lo sé –dice Frank el policía-. Dínoslo tú.
-No te capto, hermano.
-Esa herida, hijo. ¿Cómo te la hiciste?
Jimmy mira la herida, como si se hubiera olvidado que estaba ahí.
-¿Esto?, no es nada, hermano, tranquilo.
-Esa no es la cuestión, Jimmy, verás, necesitamos saber cómo te lo has hecho.
-Pero si no es nada, ya te lo he dicho, hermano….
J.J. desenfunda un arma y apunta a Jimmy, haciendo que sus palabras se resquebrajen.
-Escucha, “hermano” -dice-. Aquí, el agente Callahan te ha hecho una pregunta muy sencilla y queremos que nos la contestes.
-Tranqui, tío. No hay que ponerse así, yo soy pacifista. Esto me lo hice cuando me la pegué con el coche, ¿a qué viene esta movida?
Todos los demás se miran unos a otros. Es evidente que todos piensan si deben fiarse, si deben correr el riesgo, pero nadie se atreve a decirlo. Sorprendentemente, nadie quiere ser juez ni jurado en ese momento.
-Vale –interviene Martha-. Pero si te empiezas a encontrar mal, nos lo dices.
-Tía, tengo el brazo rajado, todo el mundo que conocía está muerto y corriendo por ahí con un hambre que te cagas de carne de otra peña. Ya me encuentro mal, ¿sabes?
-Si te encuentras enfermo –interviene el agente Callahan-. Bueno -prosigue-, es hora de que decidamos que vamos a hacer.

martes 10 de mayo de 2011

Perdidos en Zombitopía 


Tres y horas y media desde la infección...


La puerta de casa se abre con un gesto y un sonido de lo más normal, así que Víctor no les hace demasiado caso. Su madre está en la cocina y hace un sonido extraño y vago que Victor interpreta como un intento de saludo. La verdad es que está tan cansado de trabajar que no se le ocurre acercarse a la cocina y tratar de cruzar unas palabras con su madre, así que se dirige directamente a su habitación, pasando antes por el baño.
En el espejo, con la cara húmeda, se dice a sí mismo que va siendo hora de cortarse el pelo, pues empieza a estar demasiado largo y con lo rizado que lo tiene, no pasarán muchas semanas antes de que parezca el actor secundario Bob cada vez que se levante.
En su habitación, mirando la pantalla del ordenador sin ver realmente nada, se pregunta si tiene hambre. Son las dos de la tarde. Hoy ha salido pronto del trabajo. No había mucha correspondencia, pero aun así tiene los pies magullados de tanto caminar. Mientras se los toca piensa que lo que sufren sus pies repercute en beneficio de su trasero, gajes del oficio de cartero.
Coge el ratón del ordenador. Pone la mano izquierda sobre el teclado. Tiene que escribir un artículo para la revista on-line sobre videojuegos en la que participa, pero tiene clarísimo que no le apetece nada. Mira la pantalla. Mira el teclado. Mira la Playstation3 que le devuelve la mirada con una sonrisa muy traviesa. Mira la pantalla. Mira el teclado. Mira las sugerentes formas de la consola. Mira la pantalla. Mira el teclado. Mira la lucecita roja de la consola que parece ansiosa por volverse verde. Mira la pantalla con el editor de texto abierto. Mira el teclado, ¿qué hace el teclado encima de la cama? Mira el mando de la consola que no sabe muy bien como ha llegado a sus manos.
No puede evitar esbozar una pequeña sonrisa de culpabilidad cuando aprieta el botón de encendido y la consola le saluda con un “beep” de lo más armonioso. De todas formas, piensa, tengo toda la tarde para escribir el artículo.
Cuando se despierta se da cuenta de que una vez más, maldita sea, se ha quedado dormido en la silla jugando. Arrastra la mano por el escritorio y apaga la consola. Luego se arrastra él entero hasta la cama. Mientras se va quedando dormido, encima del teclado del ordenador, consigue sacar fuerzas de alguna parte para pensar que una siesta breve antes de ponerse a escribir tampoco le va a hacer daño a nadie. Justo cuando se va quedando dormido, le parece ver en el fondo de su mente un hombrecillo pequeño que agita los brazos y grita cosas. Solo logra entenderle algo de siestas y la palabra peligro. Luego todo se funde a negro.
Cuando abre un ojo le duela la cara, básicamente porque por obra y gracia de la babilla que se le ha ido cayendo, el teclado se le ha pegado a la mejilla. Se lo separa y se incorpora en la cama. Perfecto, ya me he echado una siesta de tres horas, ya es de noche, se dice a sí mismo mientras trata de desentumecer los miembros. Deambulando torpemente enciende la luz y mira el reloj de la mesilla. Se sorprende, porque no es tan tarde, son solo las cinco y media. Lo que no acaba de entender es por que es tan de noche a las cinco y media de la tarde.
-Que raro  -dice en voz alta, la voz aun ronca por efecto de la siesta-, no entiendo que esté tan oscuro. A no ser que… -una idea de lo más siniestra se la pasa por la cabeza y en ese instante tiene conciencia clara de lo que ha pasado. Una vez más- No, no, no, otra vez no, por favor,
Se asoma por la ventana y, además de la oscuridad, la ausencia de tráfico y de viandantes le confirman sus peores presagios. Se ha vuelto ha quedar dormido más de doce horas seguidas. Como de nada sirve lamentarse, y como no es la primera vez que le pasa, se lo toma con bastante resignación. Tiene que acabar el artículo y apenas tiene una hora y media antes de que se tenga que ir a trabajar, de nuevo, así que más vale que se ponga manos a la obra, ya dedicará tiempo luego en el trabajo para plantearse seriamente ir a un especialista del sueño.
Se sienta en la silla, otra vez frente a la pantalla. El procesador de texto le mira con desconfianza. Bosteza, se rasca el pelo encrespado después del morfeil maratón que se ha dedicado. Cae en la cuenta de que no recuerda cuando fue la última vez que comió, así que decide hacerse un sándwich antes de seguir con el trabajo para la revista. Bostezando se dirige a la cocina y se extraña cuando ve al  fondo del pasillo el resplandor de la luz de la cocina. Su madre o su padre, uno de los dos, se ha levantado. Cuando llega a la cocina ve a su madre de espaldas. No parece haberle oído y se tambalea de forma extraña. Pero claro, está levantada a las cinco y media de la noche, quizá no se encuentre bien. Se dirige al frigorífico mientras habla a su madre.
-¿Qué tal, mama? ¿Te encuentras bien? Es un poco tarde. Menuda siesta me he echado, creo que debería…
No acaba la frase. Su madre se da la vuelta  rápidamente y Victor, aun dormido como está, se da cuneta de que algo le pasa. De la boca le cae un líquido rojizo y los ojos tienen un extraño y nada saludable color blanquecino. Lo peor no es el color de los ojos, si no como los usa, ya que aunque está mirando directamente a Victor, no da la más mínima sensación de que le reconozca.
Intenta preguntarle si se encuentra bien, aunque mientras las palabras acuden a su boca ya le suenan estúpidas, es obvio que muy bien no se encuentra. Pero no tiene tiempo, su madre se lanza contra él y le empuja contra la pared. A pesar del fuerte golpe que recibe en la espalda, no tiene tiempo para dolerse, su madre, como una fiera, gritando de una manera inhumana, trata de morderle. La sujeta y esquiva como puede, pero nunca hubiera jurado que su madre fuera tan fuerte y no parece que de la más mínima sensación de cansancio. Jadeando, con esfuerzo, intenta hacerla entrar en razón, pero sus palabras son devoradas por los gritos salvajes de su matriarcal atacante. En un intento desesperado  por dominarla, recuerda que su padre está en la casa. Es increíble que no se haya despertado con el escándalo que están montando, así que decide llamarle a voz en grito, entre los dos, piensa, podrán sujetar a su madre y calmarla. Pero una figura en el pasillo hace incensarios los gritos, su padre ya está allí. Debido a la penumbra del pasillo, no le ve bien, pero parece que está en calzoncillos, está a punto de gritarle que se de prisa, que le ayude, que a mamá le pasa algo. Pero no puede. La figura de su padre se lanza a toda velocidad contra él, gritando.Todo pasa muy rápido y no puede ver bien, pero su padre esta cubierto de sangre y en su mirada también predomina el mismo blanco enfermizo que en los ojos de su madre. Utiliza el cuerpo de ésta como escudo, pero sabe que es una táctica que no va a poder dar resultado durante mucho tiempo, así que actúa. Sacando fuerzas y coraje de lugares en los que no sabía que tenía almacenado nada empuja a sus progenitores contra el pasillo. Su madre tropieza con su padre y los dos caen de espaldas, momento que Victor aprovecha para cerrar la puerta de la cocina y tumbar la nevera, que esta justo al lado,  taponando la puerta. La nevera al caer hace un ruido de lo más catastrofista y no puede evitar que un mi madre me va a matar se le escape de los labios, pero no tiene tiempo en pensar en lo absurdo de su comentario, ya que sus padres empiezan a golpear la puerta que empieza a temblar amenazando con romperse de un momento a otro. Sea lo que se lo que les pase, no les permite acordarse de que la casa hace un círculo, que el pasillo comunica con el salón, el salón con la entrada y la entrada con la otra puerta de la cocina. Pero él sí lo recuerda. Así que antes de que ellos se den cuenta sale corriendo, cogiendo del cuelga llaves las llaves de su coche. La puerta de la calle se cierra tras él y mientras baja por as escaleras agradece mentalmente ser una marmota humana, ya que se da cuenta de que se ha quedado dormido vestido y con las zapatillas puestas. Es el uniforme del trabajo, una camiseta de un naranja chillón y unos pantalones grises, pero eso es mejor que salir corriendo completamente desnudo, al menos en esa situación en concreto.  
Cuando sale a la calle no mira para ningún lado. Solo se lanza a por su Chevy  Nova del 72 azul metalizado, la niña de sus ojos, su pequeño Aku (nombre proveniente de la mezcla de las palabras japonesas “aoi”, azul y “kuruma”, coche). Arranca y sale disparado calle a abajo y justo en ese momento, como si estuviera esperando su entrada triunfal, el infierno parece desatarse sobre la ciudad de Beautylight Ville, 153.324 habitantes. Ahora que Victor tiene que poner atención en la carretera, ve a decenas de personas corriendo detrás de otras decenas de personas que gritan aterrorizadas. La gente, con los mismos síntomas que sus padres, se lanzan contra su coche enfurecidos, ciegamente, hasta el punto de que pasado un rato a Víctor no le queda más remedio que poner el limpia parabrisas para que la mezcla de fluidos y sangre que empaña el cristal no le hagan estrellarse contra algo.
Pasa por la puerta de un McWini`s y puede ver a un montón de niños que se lanzan enfervorecidos a por el tipo que va disfrazado de mascota de la franquicia, el payaso Klaus McWini. Sin darse cuenta reduce la marcha y se queda mirando como los niños alcanzan al tipo y le tiran al suelo, lanzándose encima de él. Los gritos del pobre diablo le hacen darse cuenta de que más vale que aligere la marcha y mientras se aleja, no sabe de donde muy bien, le viene un pensamiento que no acaba de entender y que le da algún que otro escalofrío y le hace plantearse que un psicólogo no sería un mal amigo. Que se joda, piensa, putos payasos. Y es que Victor odia los payasos.
Lo mejor es intentar llegar a la comisaría de policía más cercana. Allí hay gente entrenada, armas y esas cosas. Ellos sabrán que hacer, así que se encamina hacia la calle Dillinger.
Pero la visión de la calle no es nada halagüeña. Rodeando la comisaría hay un cordón de furgones policiales detrás de los cuales se atrincheran los agentes de una marea de gente que se lanza contra ellos de forma homicida, ignorando los gases lacrimógenos y las balas. Está claro que allí no puede entrar, a no ser que busque una entrada trasera. Enfila con el coche hacia una de los callejones laterales, atropellando a su paso a unos cuantos locos que se lanzan echando espuma por la boca contra él. El callejón es estrecho, y no puede abrir las puertas del coche, pero eso bueno, aunque tiene que salir por la ventanilla, el armazón de Aku sirve de tapón para que los que vienen detrás de él no pasen. Nos son muy listos, pero algunos empiezan a darse cuenta de que pueden escalar el coche.
Solo unos segundos para sopesar la situación. Nada de entradas traseras. ¿Dónde demonios ha oído esa expresión? ¿Para qué demonios iba a necesitar una comisaría una entrada trasera, para que sea más difícil vigilarla? Lo que sí ve es la escalera de incendios y una ventana, pero no puede llegar a ella. También ve un policía muerto en el suelo. Si no recuerda mal, es la primera vez que ve un muerto y la verdad, a lo mejor es por el contexto, pero no le parece demasiado impresionante. Coge la pistola, la primera vez también que tiene un arma en sus manos. Aprieta el gatillo sin querer y una bala se aloja en el cuerpo del desdichado agente, a quién alguien parece haberle arrancado el cuello de cuajo. Bien, está cargada, perfecto. Coge dos cargadores extras que el hombre lleva en el cinturón y entonces el, hasta hace unos minutos defensor, de la ley empieza a moverse. Abre los ojos, unos ojos blanquecinos y se empieza a levantar. Víctor se separa de él, apuntándole con el arma.
-¿Agente? ¿Se encuentra bien?
Vaya pregunta, piensa inmediatamente. El agente, a diferencia de los que ha visto en su casa y en la calle, se mueve más lentamente, como si le costara coordinar para correr, pero se dirige hacia el con paso seguro.
Una vez más le sorprende lo poco que le cuesta disparar por primera vez en su vida. La parte de atrás del cráneo del hombre sale disparada y el cuerpo cae a plomo al suelo. Encima de su coche ya ve a algunas figuras así que decide que ha llegado el momento de hacer una triunfal salida. En el edificio de al lado de la comisaría ve una puerta de emergencia que está abierta, no sabe lo que puede haber dentro, pero mejor averiguarlo que quedarse a charlar con los tipos tan simpáticos que se encaminan hacia él por el callejón. Así que se mete por la puerta abierta, cerrándola tras él. En el interior del edificio las luces de la sala de calderas parpadean. Hay una puerta por la que se ven unas escaleras que suben. No se lo piensa mucho. Llega hasta un pasillo de lo que parece una zona de oficinas. Se detiene. Al fondo hay una silueta entrecortada por  la luz que entra por las ventanas. Empieza a acercarse a ella, con la pistola levantada. Según se va a acercando, su vista se va acostumbrando a la iluminación del pasillo y ve que la figura es una chica que también empuña un arma y la apunta a él. Tiene el pelo largo y sucio, como si hubiera tenido que arrastrarse por muchos lugares para haber llegado hasta ahí. Bajo el flequillo cortado perfectamente recto, dos ojos grises le miran como si pudieran cortarle.
-¡Qieto! –Le dice- ¡No te acerques más!
-¡Tranquila! Soy amigo.
-¿Estás sano? –Pregunta la chica.
-Sí, eso creo –responde Victor.
-Rápido, por aquí -dice y desaparece por una de las puertas.
Cuando Víctor llega  la puerta por la que ha desaparecidota chica, se da cuenta de que no es un complejo de oficinas, es un centro de salud. También es suerte, mucho mejor que si se hubiera cobijado en, por ejemplo, una bibliotecaza. La desconocida está registrando los cajones y armarios y llenando una mochila con suministros médicos.
-Me llamo Martha, Martha Maze.
-Yo soy Victor, Victor Kane.
-Encantada, Victor Kane. Estamos atrincherados en la cafetería, pero hay algunos heridos, esto nos vendrá bien, llena esta bolsa, quieres –dice Martha lanzándole una mochila vacía.
Mientras Victor llena la mochila con todo aquello que le parece útil, jeringuillas, vendas, esparadrapo, tijeras, antibióticos, sedantes, se da cuenta de que es el primer segundo de respiro que ha tenido desde su inesperado despertar. Se apoya en  la pared y toma aire un segundo.
-Oye –le dice a la chica-. ¿Sabes qué mierda está pasando?
La joven se le queda mirando como si le acabara de preguntar de que puto color es el cielo.
-¿Es qué no les has visto? ¿No has visto en tu vida una maldita película? Esto es un amanecer zombi, amigo. Más vale que lo aceptes.
Dos enormes lágrimas caen de los ojos de Victor.
-¡No me jodas! –Dice Martha-. No me seas llorica.
-No lo entiendes –dice Victor, entre risas y lágrimas-. ¡No sabes cuantas veces he soñado que pasaba esto! ¡Es la ostia!
En ese momento, por la mirada que le echa, está casi seguro de que la chica le va a disparar a él.  

viernes 17 de diciembre de 2010


Bueno, el viaje llegó a su fin. Esta locura, esta aventura demencial, se gestó en un viaje de ida y vuelta en el día a Vitoria, hace ya dos años. Mucho ha cambiado en el mundo, demasiadas cosas, pero la verdad, con el parón y todo, la historia se ha mantenido inalterable. Así ha salido, como la habéis ido leyendo, loca, oscura, irracional y, sobre todo, con mucho entusiasmo. La verdad es que estos últimos meses he purgado muchos demonios escribiéndola y en muchas ocasiones hubiera preferido estar a de verdad ahí, matando girasoles mutantes, que en la vida real. Pero la verdad es que hay poco del valeroso y terrible Peter Connors en mí, quizás solo lo autodestructivo, jajajajaja. En fin, el resto de personajes creo que han salido bastante bien y todos sus representantes en la vida real han quedado satisfechos, sobre todo Monu, estoy seguro, mi querido Javier Puente, que ha visto como su Bridge ganaba enteros y se convertía en un personaje crucial en la historia. La verdad que es algo que no había planeado, pero es algo que me encanta de escribir, cuando las historias se transforman en criaturas escurridizas y empiezan a escapársete de las manos y a tomar sus propias decisiones.
Y parecía mentira, hace dos años, cuando la empecé y dejé abandonada. Pero ahí vamos, con el último capítulo. Espero que al menos un buen rato que otro os haya dado esta locura, y solo daros mil gracias por haberos molestado en leer las bobadas que se me iban ocurriendo en los viajes del curro, o en el autobús, o por la calle. Yo por mi parte seguiré con este blog, al tiempo que intentaré resucitar el original, Entre las sombras, y ya hay un par de historias más en el tintero para Weird Tales. Una se llamará Los ochentenos, y estará protagonizada por mi mejor amigo, Angel Méndez, al que habéis visto en el papel estelar de Jeremiah Kiskembauer, pérfido Líder de la Corporación, y por el grandísimo, Javier “Monumento” Puente. También tengo algo de zombis en mente y alguna que otra idea más, así como tengo pensado regalar al los más asiduos con un epílogo extra para cada uno de los personajes principales de los girasoles, que iré escribiendo de tiempo en tiempo, estad atentos. Y como último regalo, os dejo los bocetillos que hice una tarde de algunos de los personajes de esta delirante saga. Así que nada, una saludo, mil gracias y sin más dilación os dejo con los dibujos y el último capitulo de La invasión de los girasoles mutantes.  Hasta ponto.







La Invasión de los girasoles mutantes
Episodio 29: Héroes y celebraciones
Bridge se estira en la cama. Una cama, parece que hacía mil años que no descansaba en una. Le duele todo. Pero todo, todo. Mira el techo de la habitación, excavado en la roca, y se pregunta cuanto tiempo pasará antes de que la gente pueda tener aire libre y techos normales otra vez sobre sus cabezas. Un segundo después se pregunta si realmente ese día llegará, si el mundo no estará herido de muerte. Luego sonríe. No entiende muy bien como demonios un tipo como él se ha convertido en el héroe que ha salvado el mundo. Las vueltas que da la vida. Sí, está claro que Johnnie, Peter, Helen y todos los demás también han tenido su parte importante, pero hay que reconocer que fue él el que asestó el golpe final cuando Johnnie estaba ya derrotado. Sí, fue un golpe que casi falla y sí, casi rompe el dispositivo que destruía a los monstruos, pero al final todo ha salido bien. Pobre Martin, casi va a echar de menos sus interminables y escatológicas chácharas. Pobre Betsy, piensa de repente, era un buen trasto. Ahora que los caminos van a ser un poco más seguros hubiera sido un buen plan recorrerlos con aquel armatoste. Pero no había otra forma de entrar en el edificio. Se levanta y se viste trabajosamente, un buen desayuno quizás le ayude a recuperar fuerzas, mira el reloj. Las cinco de la tarde. Parece que ha dormido un poco más de lo que había pensado.
Recorre los pasillos de la ciudad subterránea y es evidente que la gente aun está de celebración. Le cuesta avanzar entre el gentío porque cada dos por tres alguien le para para darle las gracias e incluso, aun no se lo cree, ve como un grupo de chicas le sonríen y hablan entre ellas. Nota que el calor se le agolpa en las mejillas, más cuando ve que una de ellas, una morena de ojos claros, se le acerca y sin decir ni hola, le coge la cara y le da un beso en los labios. Bridge está segurísimo de que el corazón se le va a salir por la oreja derecha de un momento a otro. Cuando la chica deja de besarle le sonríe y le dice:
-Gracias, nos has salvado a todos.
Luego ella y las demás se alejan entre risitas. En ese momento piensa que por fin sabe como se debían sentir los soldados americanos a su paso por Europa en la Segunda Guerra Mundial. Y piensa que él será un veterano de la guerra contra los girasoles, lo que hace que el pecho se le hinche de orgullo. Bridge se ha olvidado un poco del hambre, más que nada por que el estómago lo tiene en ese momento más o menos por la pelvis y no sabe cuando volverá. Pero se dirige al bar de todos modos.
En el bar, cosa bastante normal, esta Peter. Tiene una garra metálica llena de cerveza delante de la cara y la cabeza apoyada sobre las manos en la barra.
- ¿Cómo estás, Héroe? –Le pregunta.
Peter gira la cabeza y le sonríe.
- Te gusta esto, ¿eh?
- Joder, no todos los días puede uno ser un héroe. ¿Y a ti qué te pasa? ¿No estás contento?
- ¿Yo? Claro, tengo una jarra de la rica cerveza de Sergei –en ese momento el enorme camarero de negra barba y negra melena pasa junto a ellos y corresponde el brindis que le ofrece Peter con otra jarra. El sonido metálico de las dos jarras al chocar es de lo más reconfortante.
- ¿Qué te pongo, amigo? –le pregunta el camarero.
- Pues hay hambre –nada le quita el hambre a Bridge durante demasiado tiempo-así que ponme unos huevos, un trozo de tarta y café.
Sergei se va y vuelve con otra jarra de cerveza.
-Hoy solo se sirve cerveza, amigo, es un día de celebración. ¿O quieres algo más fuerte?
-No, no, cerveza está bien.
-Perfecto –añade el barman con una sonrisa-. En seguida te traigo los huevos.
-Bueno –dice Bridge agarrando la jarra-. Brindemos, ¿no? Por…
-Por los nuevos caminos –termina Peter, pero no sonríe, y Bridge se da cuenta de ello.
-No te vas a quedar, ¿verdad? –dice Bridge de pronto.
-No, viejo amigo, no mucho tiempo.
-¿A dónde iras? –como toda respuesta Peter se encoge de hombros.
-¿Te despedirá,s al menos?
Peter solo sonríe.

Francis Connor limpia su vieja moto. Se está bien allí, con el sol bien alto, lejos del alboroto de la celebración. Supone que es algo que se ha debido hacer en todos las guerras de la historia, celebrar la victoria. El ha celebrado como el que más, pero la sangre de los caídos está demasiado reciente. Limpiar su moto le da paz. Es  más que una moto, es una joya, una Harley Dadvison Fatboys del año 95. Toda una antigüedad. Las partes cromadas le han costado un suplicio,  pero por fin brillan a la luz del sol. Le faltan piezas, aun no puede arrancar, pero limpiarla e ir reconstruyéndola poco a poco le da un poco de normalidad a su vida.
-Es una maravilla –dice una voz a su espalda. Helen se acerca a él y su silueta la recorta el sol con mimo. El sol de la tarde hace que toso seas más lánguido.
-Sí, algún día conseguiré que funcione. Ya verás como ruge.
-Casi he olvidado como era el mundo antes.
-Claro, cuando todo empezó no eras más que una niña.
Los dos se callan uno segundos. Como si n supieran exactamente que decir.
-¿Qué haremos ahora, alcalde? –pregunta por fin la chica.
-Vivir, ¿te parece poco?
-¿No es eso lo que hemos estado haciendo?
-No, criatura, lo que hemos hecho es luchar. Día tras día, de una forma u otra. Pero luchar. Es hora de vivir un poco.
-No suena mal –dice Helen, aunque no sabe muy bien que hacer con su recién adquirida vida.

Johnnie lleva una hora buscando a Doc, le sigue costado llamarle Peter. Así que como no le encuentra, se queda en el bar de Sergei. El bar a está a reventar de gente, y nunca le ha costado demasiado hacer amigos y en ese momento todo el mundo quiere ser su amigo. Al fin y al cabo es un héroe. Después de tres bourbons todo empieza a ir más engrasado y las dudas que le azuzan, los temores que le apremian parecen querer una copa también. Está contando una anécdota, una vez que él y el Doctor se emborracharon tanto que no eran capaces de encontrar a Betsy, que estaba a la vuelta de la esquina. Todos ríen, Pero él solo ríe por fuera, pues no sabe muy bien dónde está su amigo, ese con el que recorrió los caminos sin un destino. No le reconoce en ese ser siniestro que ha vuelto de la tumba, pero es de suponer que él mismo también ha cambiado. Lo siente en como Helen le mira, supone que es un hombre muy distinto del que era cuando se separaron. Y ella es una mujer completamente distinta de la niña a la que perdió años atrás. Todo ha cambiado. Al menos el bourbon no ha cambiado y la sensación que produce tampoco. El mañana, espera, debe estar aun muy lejos, y el mundo es tan amplio como la barra de aquel bar. Y lo demás ya se verá..

La fiesta va acabando y todo el mundo cabalga a lomos del dragón. El licor ha curado muchas heridas, al menos de forma momentáneamente. Casi todo el mundo duerme. Gente en los pasillos, en las estancias, y el silencio después de la tormenta que hace que todo parezca pacífico. Una sombra se abre paso furtivamente entre la gente, casi invisible. Paso junto a Bridge, sentado en el suelo, apoyado en la pared y durmiendo entre los brazos de la chica que le ha besado por la tarde. Peter sonríe, buena suerte muchacho, piensa. Sigue andando entre la gente. Saluda a algunos rezagados de la fiesta y sale a la calle. La noche es tan negra como cualquier otra. Para el devenir de las estrellas todas las tribulaciones humanas no son más que una mota de polvo cósmico. El horizonte difuminado no es de mucha ayuda, la verdad, así que empieza a nadar sin más, cuando la voz de Helen le llega desde la espalda.
-¿No dices adiós?
-No sabía como decirlo.
-Ya. ¿Tampoco te has despedido de tu tío?
-Sí, he pasado a decirle adiós.
-¿Y de Johnnie?
-Sí, bueno, Johnnie no sabe muy bien quién soy ahora mismo. Ni siquiera yo lo sé tampco.
-¿Es un adiós, entonces? –Pregunta Helen.
-¿Quién sabe?
Peter no dice nada más. Helen no sabe tampoco quién se supone que debe de ser ella misma en ese momento. Peter va desapareciendo en la oscuridad. No siente que tenga mucho más detrás de ella misma, pero aquel mundo parece tan grande, que en ese momento le da miedo. Se da la vuelta y vuelve al interior de la ciudad, quizás una cerveza más no venga mal. Es el fin de muchas historias, el inicio de otras, quizá.


The end

Cast

Johnnie Walker:  Juan Izardui
Doctor Spawlding/Peter Connor: Pedro Maza
Bridge: Javier Puente “Monu”
Ben Martin: Benjamín Martínez
Helen: Helen Hache
Ralphy: Rafael Martínez
Francis Connor: Francisco “Paco” Contreras
V: Vero
Sergei: Sergio Encinas
Jacob: Jaco
El Líder, Jeremiah Kiskembauer: Ángel Méndez
El General Xavier: Javier Palou
El coronel Antón Henninger: Antonio Martínez
Silvio Panterini: Javier Martínez “Panteira”
William: Marshal
Betsy: Iveco 3

Todos los demás personajes son ficción y cualquier parecido con personas reales es coincidencia.

jueves 2 de diciembre de 2010

La invasión de los girasoles mutantes


Episodio 28: ¿Es tiempo de venganza?
Walker esquiva golpes. Está más que claro que los cortes que le ha producido el bisturí hacen que Jeremiah vaya mucho más lento, pero aun así su rapidez es mortal y a Johnnie le cuesta cada vez más esquivar las embestidas del Líder de la Corporación. Ha conseguido hacerle un par de cortes más, nada serio, heridas superficiales, pero que también sangran. El problema es que hace ya unos minutos que el bisturí salió disparado de su mano y sabe que es cuestión de tiempo que uno de los golpes de su oponente le deje inconsciente y entonces todo se habrá acabado. La verdad es que eso antes no le hubiera importado, cerrar los ojos de una maldita vez, dejar de pelear y sumirse en la nada del más allá, pues, por supuesto, él jamás ha creído en que hubiera nada después de la muerte. Pero con el Doctor volviendo de la tumba convertido en no sé qué y esos medio ángeles revoloteando  por encima de sus cabezas, el Diablo y todo aquel desbarajuste, ya no sabía que demonios creer. Ni siquiera la idea de la muerte podía servir de consuelo en aquel condenado mundo. Esquiva un golpe directo al cuello pero acto seguido el Líder le propina un demoledor golpe con la mano abierta en el pecho que le lanza contra el suelo. Su primer instinto es levantarse, pero su cuerpo le dice delicadamente, con una violenta sacudida de dolor que le recorre de arriba abajo, que se lo tome con más calma. A su derecha, a un par de metros, puede ver el destello salvador del bisturí. Sabe perfectamente que no llega pero aun así estira la mano, como quien mira a las estrellas en busca de respuestas que sabe nunca llegarán. El Líder se acerca a él renqueante y le pisa el antebrazo, por suerte, no puede diferenciar bien el dolor que le produce el pisotón del que le recorre el resto del cuerpo.
- Es lo que me cabrea de verdad de las ratas –dice el Líder-. Que no sabéis cuando rendiros. Cuando ha llegado vuestro final y seguís pataleando y mordiendo sin parar.
- Acércame el cuello y verás lo que es morder, bastardo.
- Ya está bien de dramatismos, muchacho. Esto ha acabado.
Para aseverar su afirmación, pisa con más fuerza el brazo de Johnnie que, ahora sí, ya empieza a discernir cual es el dolor del pisotón.
-Nosotros no importamos, canalla. Vendrán más, serviremos como ejemplo. Ahora sois visibles y es evidente que se os puede golpear.
- En algo tienes razón, niño. Serviréis como ejemplo, pero no de la forma que tú crees. Vuestra insignificante rebelión ha sido aplastada casi antes de empezar y eso le demostrará a cualquier cucaracha lo que les pasa a quienes se atreven a interponerse en nuestro camino.
- Ya no hay nada que temer. Hemos fracasado, pero al menos hemos reducido a escombros tu pequeño sueño de locos. No tienes nada, solo un puñado de monstruos psicópatas. Tus hombres han huido, tus generales han muerto y el mundo sabrá que no sois más que un puñado de locos. Solo es cuestión de tiempo que la gente se vuelva a levantar.
El Líder, cegado por una furia maligna, aumenta la presión de su pie sobre el brazo de Johnnie, quien hace todo lo posible por no quejarse, para no darle a su enemigo, en el último momento, la satisfacción de verle sucumbir, de verle rendirse.
-Tus miras son tan estrechas que aun no te has dado cuenta. Levantaré otra vez el IV Reich y cuando acabe no habrá nadie que deseé levantarse contra nosotros, porque solo poblarán la tierra aquellos que sean dignos.
-Eres un demente. Nadie te ha dado el derecho para que decidas quien merece vivir y quién no.
-Si un hombre es lo suficientemente fuerte para coger las riendas de su destino, para coger el mundo y torcerlo a su voluntad, tiene derecho a hacer lo que quiera. Es lo que tu mente limitada no alcanza a entender.
- Ya, pues lo que tu mente superior no alcanza a entender es que en esta habitación hemos entrado dos.
Jeremiah se gira al momento pero es tarde. Bridge le clava el bisturí en el ojo con un gesto fugaz y certero. El Líder empieza a gritar de forma espantosa con las manos en el rostro, revolcándose por el suelo. Bridge se acerca a él y la emprende a puntapiés con el hombre hasta que este se queda muy quieto. Entonces, con un gesto la verdad que nada grandilocuente, como quien se agacha a coger las llaves que se la han caído, Bridge mete la mano en el bolsillo del Líder y saca el dispositivo que se supone destruirá la plaga de girasoles mutantes. Lo alza hasta su cara y lo mira sin demasiado interés.
-Es curioso –dice-. Tantas cosas pendientes de algo tan pequeño.
El dispositivo se le cae al suelo chocando pesadamente. Johnnie, que ha empezado a incorporarse, le lanza una mirada asesina. Así que Bridge se agacha rápidamente y sin más ceremonias aprieta el botón rojo. Le sorprende el hecho de que no siente nada demasiado especial. Luego ayuda a levantarse a su amigo.
-Venga, salgamos de aquí, muchacho. Nos hemos ganado unas vacaciones.
-Y que lo digas, amigo –responde Johnnie, mientras va recuperando la movilidad de su cuerpo, lo que también hace que sea, más que nunca, consciente de todo el dolor que aqueja sus miembros-. Un momento, Bridge, donde está ese malnacido.
Cuando giran la cabeza para buscar a Jeremiah, ven que está junto a una de las paredes. Sangra por los cortes que Johnnie le ha producido con el bisturí. Sangra por la terrible herida el ojo. Pero esta vivo y lanza a los dos compañeros una mirada absolutamente asesina, bueno, más bien media mirada. No dice nada. Está ahí y un segundo después la pared gira y el Líder desaparece. Bridge hace el amago de salir detrás de él, pero Johnnie le agarra.
-Déjale, es solo un pobre hombre tullido y solo. Déjale que rumie todo su amargor, ya encontrará su merecido.
Trabajosamente, apoyados el uno en el otro, Bridge y Walker empiezan a andar hacia la salida.
- Por cierto, Bridge. Buen golpe, directo al ojo –dice Johnnie.
- Ya, sí. ¿Sabes? Apuntaba al cuello.

Hasta aquí hemos llegado, piensa Helen. Al fondo de la sala pueden ver la puerta de salida, con la palabra EXIT escrita luciendo con un leve tono verde como si fuera la puerta al cielo. El problema es que la sala está llena de girazombis que les rodean por todos lados. Allí están, las dos, espalda con espalda y, sin ningún tipo de duda, piensa que es el momento más extraño de su vida. Lamentablemente también va a ser el último. No le parece extraño que su vida vaya a acabar estando la Capitana Celin Delpy cerca, pero hubiera sido más lógico haber encontrado la muerte a manos de esa mujer, no luchando codo con codo con ella.
-Irónico, ¿no? –dice Celine.
-Ahórrate los discursos, cariño. No le demos más vueltas al hecho de que no vamos a salir de aquí.
Saben que en cualquier momento los zombis atacarán, de hecho es bastante extraño que no lo hayan hecho ya. Aprieta con fuerza la empuñadura del cuchillo. Cierra los ojos por un segundo. Llegó la hora y piensa enfrentarla, no hay más. Así son las cosas. Decide, en último momento, que prefiere lanzarse contra la marabunta que dejar que ésta le coja agazapada. Así que se lanza contra  uno de los zombis, justo cuando la cabeza de éste estalla y le salpica con fluidos y partes de cerebro. Los demás empiezan a chillar y sus cabezas empiezan a correr la misma suerte. Las dos chicas se abren paso a través de los zombis que chillan de forma horrible y estallan, esparciendo su interior por todas partes. Cuando Helen y Celine llegan por fin a la calle, la luz del alba les da una áspera bienvenida. No se detienen, siguen corriendo, por las calles de una ciudad moribunda.

Ya no quedan balas. Los Npehilim están cansados y su fuego cada vez brilla menos, tanto es así, que Jacob destroza cráneos de zombis y girasoles con un cuchillo y con las propias manos. Francis Connor golpea con la culata del fusil a todo aquel engendro que se cuelga del boquete, abierto por una explosión, de la pared del edificio. Pero los monstruos se encaraman ya a cada saliente y empiezan a subir. Ese es el final, ya solo queda llevarse cuantos más engendros puedan por delante antes de irse para el otro barrio. Un girasol se lanza contra él, está apunto de lanzarle las pipas pero Connor le gira la cabeza justo a tiempo. El girasol se retuerce, le golpea con las manos y con los pies. Connor sigue girándole la cabeza hasta que oye un chasquido y el monstruo cae al suelo. Pero solo para que otro le sustituya.
Jacob corta cabezas, manos, rompe cráneos, pero parece que por cada enemigo muerto surgen tres de las cenizas de éste. Algo detrás le llama la atención, se gira todo lo rápido que puede, pero solo para ver como un girasol, con las garras extendidas, vuela por los aires hacia él. Se pone en guardia en un segundo, pero en su interior sabe que es tarde, que el ataque del girasol le ha cogido por sorpresa. Un segundo después lo que llega hasta él no son las garras afiladas de la criatura, sino un montón de líquidos. El girasol ha estallado por los aires. Jacob no entiende lo que pasa, pero a su alrededor todos los enemigos están sucumbiendo entre terribles chillidos. En pocos segundos, todos los monstruos de la planta han estallado y un terrible sonido viene de fuera, de la plaza. Todos los supervivientes miran por los boquetes de las explosiones y ventanas y ven un espectáculo dantesco, como cientos, miles de enemigos, estallan en pequeñas explosiones verduzcas, rojas y amarillentas. Los chillidos hielan el corazón y se elevan llenado toda la ciudad. Connor piensa que debe ser uno de los amaneceres más horrendos que el mundo ha visto si eso se está repitiendo por todo el planeta. Unos minutos, eso es lo que tarda todo en acabar. Luego el silencio. Un silencio como esa cansada tierra no había sentido muchos años. Cuando Jacob y Connor, seguidos de todos sus hombres, bajan a la plaza, ésta está cubierta por un lago viscoso de un extraño color que les cubre hasta los tobillos.
- Parece que lo han conseguido –dice Jacob.
- Si, solo hay que averiguar a que precio.
-Ningún precio será alto. Al menos para el mundo.
Connor da instrucciones para que sus hombres empiecen a preparar la partida. Algunos deben encargarse de buscar tropas enemigas rendidas y ponerlas bajo custodia y otros deben buscar vehículos que funcionen para preparar la marcha. En cuanto a él, está tan cansado que no quiere ni pensar en dar una sola orden más. Solo quiere dormir durante diez días, al menos.
- Por ahí se acerca alguien –dice Jacob señalando a cuatro figuras se acercan hacia ellos. 
Las armas  se levantan pero no tardan en bajarse al ver que se trata de Johhnie, Bridge, Helen y una mujer alta que Connor solo vio un par de veces, hace tiempo, pero que no iba a olvidar. Cuando llegan todos se abrazan.
- ¿Qué hace ella aquí? –Pregunta Connor señalando a Celine.
-Escapamos juntas  -dice Helen-. Es el único mando de la Corporación que hemos atrapado o que ha sobrevivido. Será un juicio interesante.
Rápida como una centella, Celine coge por detrás a Helen y apunta a su sien con la pistola.
-¿Juicio? ¿De verdad pensabas que me iba a dejar atrapar como un corderito? Bien, chicos. Esto es lo que vamos a hacer, la señorita y yo nos vamos a ir y cuando yo este a una distancia que considere segura, la soltaré. Todos hemos visto películas, así que sabéis como funciona. Si alguien nos sigue, si veo algo raro, bla, bla, bla, bla, la chica muere.
-Más vale que me mates, puta, porque cuando me sueltes pienso acabar contigo –escupe Helen.
-¡Venga! Si yo pensaba que ya éramos amigas.
Celine empieza a retroceder, arrastrando con ella a Helen. Pero algo puntiagudo le pincha en la espalda. Antes de girarse ya sabe lo que es.
- Suéltala.
La voz de Peter es más fría y cortante que la propia hoja de Tadeusz que le pincha en la espalda. Suelta a Helen, quien se separa con furia y se vuelve a lanzar contra ella, pero levanta la pistola y a apunta a la frente.
-Quieta, fiera –dice Celine sonriendo con tristeza-. O no me iré sola.
En ese momento varias decenas de armas apuntan a Celine. Peter aparta la espada, se pone delante de ella y sube la hoja hasta el cuello de la mujer.
-Tira el arma.
Celine obedece. El aire casi se detiene, nadie habla y si se escuchara detenidamente podría oírse el latido  de los corazones.
-¿A qué esperas? Mátala –dice Helen.
-Es tu venganza, amigo –dice Johnnie-. La tienes delante. Es lo que esperabas.
Peter no mira a nadie. Solo mira al cielo, con una sonrisa melancólica en el rostro. Como si estuviera lejos de allí. Y la verdad es que le encantaría estar muy lejos de allí. Mira a Celine y se da cuenta de que la belleza del rostro y los ojos de es dríade moderna podrían hechizarle de nuevo. Pero ahora él es más fuerte. Ahora es distinto. La espada pesa en la mano. Pero es un peso extrañamente reconfortante. Vuelve a sonreír. Baja la espada.
-Vete. No quiero volver a verte. No vuelvas a cruzarte en mi camino ni en el de ninguno de mis amigos. Vete tan lejos como puedas.
-¿Estás loco? No podrás volver a mirar por encima del hombro. Si no la matas tú la mataré yo –dice Helen echando mano del cuchillo.
Peter, sin mirarla, levanta la hoja de Tadeusz y apunta a la cara de Helen, que se detiene al momento. Johnnie da un paso adelante pero Bridge le agarra del brazo. Celine, le tira un beso a Peter y aprovecha el momento para salir corriendo. Peter mira con extrañeza a Helen y baja la espada. Se acerca a la chica y le da un beso en la frente.
- Lo siento. Pero la venganza te seca. La venganza me ha convertido en el ser triste, solitario y oscuro que soy ahora. Así que veámonos de este vertedero y pillémonos una buena.