1 día, 4 horas, 37 minutos desde la infección
Sí amigos. Esa es la verdad, la única verdad ¿Y por qué se que es la única verdad? Porque a día de hoy, queridos oyentes, soy el único en todo este bendito país que sigue emitiendo en directo. El último monstruo de las ondas, el jinete del ocaso que cabalgará con vosotros hasta el final, y no solo hasta él, amigos, si no a través de él. Va cayendo el sol en Los Ángeles, amigos y la tarde nos trae otra larga noche de muertos que caminan y fin del mundo, pero aquí, recuerden, solo aquí, en la KK81, un servidor, Doggy Sacks, estará al pie del cañón para contarles en primicia lo que ocurre en el ocaso de los tiempos…y ahora… os dejo con de The Coasters y su ¡Dawn in Mexico!
There's a crazy little place that I know.
En una habitación, en un motel barato de carretera, en algún lugar perdido entre Desoto y Waco, un tipo se afana tanto en su cometido que no presta atención al locutor de radio ni a la música que llena la habitación. Where the drinks are hotter than the chili sauce. La verdad es que ni siquiera presta atención al hecho de que hay alguien retransmitiendo y que por primera vez desde que empezó todo aquello, una radio barata, en algún motel barato, es capaz de escupir, ignorando al caos que reina fuera, un poco de música. Pero su cometido es muy importante y requiere toda su atención. Utilizando las sábanas de la desvencijada cama de la habitación, limpia un cuchillo enorme machado de sangre. Lo hace de forma mecánica, casi ensoñadora, con una sonrisa de placidez en el rostro de lo más escalofriante.
-¿Ves, nena? –dice-. Te dije que nos llevaríamos bien y tú no me creías. Este mundo se ha vuelto muy peligroso y yo cuidaré de ti. No dejaré que nada te haga daño, ya lo verás.
And the boss is a cat named Joe.
Nadie le contesta. Nadie le contesta porque, entre otras cosas, no hay nadie más en la habitación. Bueno, eso no es del todo exacto. Hay alguien más, o lo había unos minutos antes. En el suelo, junto a la cama, dejando una enorme mancha de sangre en la descolorida moqueta, el cadáver de una chica joven cosida a puñaladas hace oídos sordos al discurso del chico del cuchillo enorme. El tipo, cerciorándose de que la hoja del machete esta impoluta, lo guarda en la funda que lleva colgada al cinto y pega un trago a una botella de vodka que hay abierta en el suelo, junto al cadáver de la chica.
He wears a purple sash, and a black moustache.
Sobre la cama hay unas bridas de plástico. El hombre le da la vuelta al cadáver y le ata con una de las bridas las manos a la espalda. Le vuelve a dar la vuelta y le introduce, metódicamente, como un cirujano demente, un trozo de tela en la boca y amordaza a la chica muerta con un trozo de sábana cortado de la cama. Se queda mirando la cara ensangrentada de la joven y le coloca unos pegajosos mechones de pelo sobre la frente.
-Esto es por tú bien dice –para que no te hagas daño-. Y bueno, también por el mío, claro, je, no queremos que muerdas a papi, ¿verdad? Papi no puede transformarse en una de esas cosas o no podría protegerte, ni a ti ni a tus hermanas.
I said "Tell me dad, when does the fun begin?".
Luego se queda de pie, con la botella de Vodka en las manos ensangrentadas, dando pequeños tragos, mirando el cadáver con una inmensa sonrisa de satisfacción en el rostro.
Nada pasa durante los primeros segundos. Luego, un breve sonido empieza a salir de la boca de la chica muerta, como un gorgoteo infernal.
In a honky-tonk, down in Mexico.
El cadáver empieza a moverse a un lado y a otro al tiempo que el gorgoteo va en aumento y cada vez se parece más a un lamento ahogado por la mordaza.
Joe starts playing on a Latin pick.
Los ojos de la chica se abren, pero no hay ni una chispa de vida en ellos, solo una película blanca que da escalofríos, que parece estar mirando algo que los vivos no pueden ver. El cuerpo de la chica zombi empieza a moverse con furia, con movimientos lentos pero enérgicos, levantando la cabeza, como si intentara morder al tipo que la mira casi con orgullo.
She started dancin' with the castanet.
- Eso es pequeña –dice el hombre-, ya estás despierta. Ven, Papá va a llevarte con el resto de tus hermanas. Luego, ¿sabes qué?, continuaremos el viaje en busca de toda nuestra familia.
She threw her arms around my neck.
El hombre coge el cuerpo de la chica, que se debate furiosamente y trata de lanzarle furiosos, y a la vez inútiles, bocados. La levanta, la coge por detrás y la lleva en brazos hasta la puerta de la habitación, que abre de una patada.
En el exterior, además del polvo del desierto, también hay un enorme y desvencijado furgón de transporte de presos. El hombre se dirige hacia él con el cadáver de la chica retorciéndose en sus brazos, tranquilo, sereno y siempre sin dejar de sonreír. Cuando llega junto a la puerta delantera, el tipo deja a la chica en el suelo y saca un manojo llaves. Introduce una en la cerradura y abre la puerta. Lo que antes era la chica trata de levantarse, pero a su falta de coordinación no le ayuda mucho el tener las manos atadas a la espalda. Una vez abierta la puerta, el hombre coge a la muchacha zombi con cuidado, la levanta y la introduce en el interior del furgón. La escena no es para pusilánimes, eso desde luego. Media docena de chicas, todas con evidentes signos de apuñalamiento, todas vueltas la vida después de muertas, atraviesan con sus blanquecinas miradas al hombre y a la chica zombi. Todas esposadas a la pared y a los asientos, todas amordazadas. Se convulsionas, lanzan terribles gemidos ahogados por las mordazas. El hedor en el interior del furgón es insoportable.
-Chicas, dad la bienvenida a vuestra nueva hermanita, Charlize. Espero que seáis buenos con ella.
Sienta a la chica en uno de los asientos delanteros y la esposa.
-Eso es, aquí vas a estar de maravilla, ya lo verás. Bueno chicas, papi se va delante a conducir, sed buenas.
Sale. Vuelve a cerrar la puerta con llave y se mira la camiseta. Es una camiseta roja en la que puede leerse el viejo lema de los Monthy Pitón, Nobody espects the spanish inquisition.
-Mierda –dice-. Se me ha manchado una de mis camisetas favoritas.
13 horas 37 minutos desde la infección
Sentir el poder de su moto otra vez le parece mentira. Casi lo había olvidado después de todo lo que ha pasado en las últimas horas. J. J. apenas puede creer que estuviera ahí, al salir de centro médico, como nueva. Pero al fin y al cabo no es tan extraño. Tras unas horas no quedaba mucha gente viva que la pudiera robar y los zombis no parecen muy duchos en el manejo de motocicletas. Desde luego es bastante agradable volver a sentir la sensación de la carretera, el viento en la cara, el sonido de la moto. Con su familia muerta, con los miembros de su club muertos, en medio del fin del mundo, era todo cuanto cabía desear. No saben muy bien que esperan encontrar en Austin, Texas, pero está claro que es más probable que haya gente organizada en una ciudad grande que en pequeños pueblos. El ejército, la Guardia Nacional. Claro, que cuando piensa que Austin debe tener al menos ochocientos mil habitantes, hace que la idea de un ejército de casi un millón de muertos vivientes le asuste de cojones. Mejor no pensarlo. Ahora tiene la carretera. La moto. Lo demás ya vendrá después.
Delante de él viajan los demás. La furgoneta que Martha y el chico, Victor, han robado aguanta y dentro hay sitio para todos. También hay sitio para él, pero mientras su moto aguante no piensa dejarla atrás, eso está claro. Conduce el oficial Callahan. Para morirse, quién le hubiera dicho un par de días antes que estaría luchando codo con codo con un poli. Un poli, anda menos, uno de la Policia Judicial, nada menos. Desde luego es para reírse. Hacer un par de días hubiera pensado que la única forma de verle tan cerca de un poli de la judicial era porque el tipo venía a por él por haberse saltado la condicional. Un nuevo mundo, nuevas amistades. El poli no es mal tipo, después de todo, y entiende lo suyo de motos.
El oficial Callahan le hace una seña para que les adelante. J. J. da gas a la moto y se pone junto a la ventanilla del conductor.
-Amigo –grita el Frank Callahan por encima del estruendo de los motores y del viento-. Más adelante hay una estación de servicio con un motel. Podríamos echar un vistazo y pasar la noche allí.
-Me parece bien.
J.J. acelera y pasa a la furgoneta. Pocas decenas de metros más adelante ve la salida, la toma y la silueta del motel y la gasolinera aparecen recortadas en la luz mortecina de la tarde. Una gasolinera con cafetería y un edifico de una sola planta con habitaciones adosado a la derecha. Nada fuera de lo común. El aparcamiento está repleto de coches, si no pueden sacar gasolina de los tanques, la podrán sacar de los depósitos de los coches. Pero no busca eso, busca otra cosa. Busca la inconfundible silueta de caminantes, de muertos vivientes. Para la moto. La furgoneta para junto a él. Todos en pie, con las armas en las manos, preparadas para disparar.
-Esto está muy tranquilo, ¿no? –dice Victor.
-Demasiado –responde Martha.
-Alguien ha pasado por aquí ya -es Maty quien habla señalando un buen número de cadáveres diseminados aquí ya allá delante de la estación de servicio.
Maty tiene razón, piensa J.J., alguien a limpiado este sitio y de manera eficiente. Eso solo significa dos cosas, que ya se han ido y en el peor de los caso no quedará nada útil que puedan llevarse, pero al menos tendrán un sitio seguro donde pasar la noche. O la otra opción, que todavía estén ahí.
-No me gusta –dice Callahan-. He aprendido a tener más miedo de los vivos que de los muertos.
-Amén -responde J.J., tratando de obviar que ese comentario, viniendo de un poli, se refiere sobre todo a gente como él-. Pero no nos queda más remedio. No me gusta la idea de viajar por la noche. Vamos a ver.
-Adelante –dice Martha cargando la pistola.
Deciden empezar por la cafetería. Si queda algo de comida estará allí. La tarde va cayendo en el desierto y mientras se dirigen al restaurante, J.J. no puede evitar fijarse en un despampanante Buick Riviera negro aparcado en la puerta. Aun con todo el polvo del desierto cubriendo la pintura negra, el coche tiene un aspecto fenomenal, y terrible, como si fuera una bestia negra que dormita al sol del atardecer.
La verdad es que tanto a J.J. como a los demás les cuesta reaccionar cuando entran en la cafetería y un tipo vestido de negro, con el pelo muy corto y barba les apunta con una escopeta. Solo apunta con una mano, con la otra juguetea con el dial de una radio, rastreando las ondas vacías. Junto al tipo, sentado en una mesa, un tipo corpulento y rubio sangra por una fea herida en el brazo, mientras una joven, guapa pero con cara de estar tremendamente asustada, trata de curarle.
-¡Maldita sea, Dick! –Dice la chica-. Si no te estás quieto no podré coserte.
-¡Es qué duele! –dice el tipo de la herida.
-¿Y de quién es la culpa, eh?
J.J., Callahan y Martha levantan las armas y apuntan al tipo de la escopeta.
-Bien, hermanos, ¿qué va a ser? –dice.
-¿Qué va a ser, qué? –Pregunta Martha.
-¿Guerra o paz?
-Tú eres el que nos estaba apuntando cuando hemos entrado, amigo –dice el Sheriff Callhan.
-Simple precaución, hermanos. El hombre es un lobo para el hombre.
Mientras habla no deja de juguetear con el dial de la radio con un sonido de lo más molesto.
-Ya –dice J.J-. Pero no sé si te has percatado de que aquí somos tres, y tres pipas. Y aunque tu cañón es considerable, estás en desventaja.
Hay algo en ese tipo que a J.J. le pone los pelos de punta. Ya son muchas batallas y sabe distinguir a un hijo de puta malnacido peligroso cuando lo tiene delante. Y ese tío es muy peligroso. El muy bastardo ni siquiera pestañea cuando les apunta. No sabe por que, pero aunque le revienta reconocerlo, algo le dice que de verdad es él quien tiene la situación controlada.
-Está bien –interviene Victor-. Un poco de calma, no somos animales.
-Yo estoy calmado –dice el tipo del traje negro-Y te equivocas, todos somos lobos o corderos a ojos del Señor.
En ese momento la radio empieza a hacer extraños ruidos y una voz empieza a ir y venir hasta que decide quedarse.
Sí amigos, aquí, en la noche Californiana, donde el sol nunca acaba y los zombis nunca paran de ponerse morenos. Esto es la KK81 y yo soy vuestra voz amiga en la emisora del fin del mundo, Doggy Sacks. Ya sabéis lo que dicen los rumores. La clase política se esconde en refugios subterráneos esperando a que todo esto pase para luego reconstruir lo poco que quede de nuestra amada América. ¿Será verdad que hay uno cerca de L.A., en la dorada California. ¿Quiñen Sabe? Puede que los locos d la conspiración sean los verdaderos profetas. En fin, yo solo soy un tío al que le gusta la cerveza, con gafas y entradas, pero os traigo la mejor música del holocausto, así que os dejo con Johny Cashy y When the man comes around.
-Genial –dice el tipo del traje negro, adoro a Johny Cash-, un hermano que sabía bien lo que era caminar por la cuerda floja del pecado.
-¿Pero que dices, Alister? –Dice el hombre de la herida en el brazo-. ¿No has oído eso del refugio? Puede ser la salvación.
-No creo en lo que dicen los medios de comunicación, el Diablo habla a través de ellos - contesta Alister, mientras tararea por lo bajo one milliona angels singing.
-Tiene razón, vale la plena investigarlo –dice Maty.
-Sí, amigo. Tenemos más posibilidades si lo intentamos juntos. Es mejor que no tener ningún plan y liarnos a tiros con las primeras personas vivas que nos encontramos en cientos de kilómetros.
-Está bien –dice Alister bajando el arma-. Que no se diga que yo no creo en la bondad de mis semejantes.
Todos bajan las armas, menos J.J., que sigue apuntando a Alister.
-¿Qué haces J.J.? –Pregunta Martha-. Baja el arma.
-No tan deprisa, amigo. Antes vas a decirnos como se ha herido tu amigo. Aquí, esta preciosidad casi la palma hace unas horas por un tipo que decía que se había cortado y realmente le habían mordido. No pienso arriesgarme a que nos pase otra vez.
-Te lo diré. Es una historia graciosa.





