lunes, 8 de junio de 2015

La invasión de los girasoles mutantes 2. Proyecto Voz de Dios.

Capitulo 3. Bestias en el desierto.

Solo es un callejón en medio de una ciudad insignificante a orillas del lago Michigan, pero para Caroline es mucho más. La calle es un hervidero de pistas, de rastros que le cuentan la historia que ocurrió allí días atrás. Sangre, sudor, todo es como un inmenso puzzle que sus ojos biónicos no tienen demasiado problema en descifrar. Dos hombres. Varios esbirros de Sorbinus que no tuvieron demasiada suerte. Y un rastro de sangre. Todo envuelto para navidad. Lo demás es coser y cantar.
Cuando dos coches negros y muy sucios, un Chevelle y Challenger del 70, con motores trucados que hacen un ruido infernal en medio de la tarde llegan a casa de Bridge y Caroline se baja de uno de ellos, no le hace falta nada más. Un rastro de gasoil de un vehículo grande y dos lineas de neumáticos que le indican una dirección que no le costará mucho trabajo seguir. Se acerca al otro coche, al Chllanger y una ventanilla negra se baja. Su jefe le mira y ella sonríe muy, pero que muy satisfecha.
-Un juego de niños. Tengo las líneas los neumáticos, creo que podré seguirlas. Nos llevan un par de días de ventaja, quizás tres, pero llevan una antigualla muy grande. Si pisamos a fondo el pedal de nuestras bestias de la carretera les alcanzaremos.
-Cual es el destino más probable -dice el hombre que conduce el Challenger.
-Por la dirección , yo diría que El Paso.
-Pues vamos allá. Hacia la frontera.
El hombre sonríe con malicia y Caroline le corresponde mientras se da la vuelta y el enorme tatuaje de un dragón que le cubre la espalda se mueve y escupe fuego animado por las nanomáquinas que bullen bajo su piel.

La oscuridad. Harry Street ya ha estado muchas veces en esa oscuridad. La conoce. Pero aun así la sigue temiendo, pero teme más el saber que esa oscuridad no va a durar mucho. Siempre es lo mismo, siempre es la misma historia. Ahí vienen. La tormenta. Números y más números, torrentes de números, palabras, imágenes, voces. Miles de millones de autopistas de información que recorren cada centímetros de su cuerpo. Bueno, más que de su cuerpo de su conciencia. El mareo. Las granas de vomitar, siempre es la misma historia, cada maldita vez que se duerme desde que tiene uso de razón. Afortunadamente eso solo se remonta a unos pocos años atrás, el resto de su vida es negrura, no recuerda nada, vacío. Un vacío como el de sus sueños antes de llenarse de manera tan brutal con aquellos océanos de información que no comprende, que no sabe de dónde salen. El miedo al vacío es casi peor que el mareo por toda aquella información extraña. Por eso cuando el sonido de una explosión primero y luego la voz de Johny le sacan del sueño de una manera muy poco elegante, se siente muy, pero que muy aliviado.

La adrenalina se le sale a Johny por las orejas. Y todavía no sabe si eso le gusta o no, si está acojonado o si quiere más, si su cuerpo y sus viejos y aun embotados reflejos de guerrero están disfrutando de todo aquello. Tampoco hay tiempo. Cruzar el Yermo, el desierto en el que se ha convertido el mundo, ese inmenso hueco de humanidad que se tumba lánguidamente entre las ciudades habitadas por los pocos reductos de pseudo civilización que quedan, es lo que tiene.
No lo tiene muy claro, pero cuenta al menos tres Buggies y un vehículo grande, posiblemente un todo terreno grande, de alguna tribu de carroñeros que les pisan los talones. El desierto si que parece ahora jodídamente grande. Recorren como locos la 10 en direccion a Tucson. Bridge y Street cubren cada flanco de Betsy, pero no tienen ni armas demasiado potentes ni demasiada munición.
-Asegurad el tiro, esperad a que estén encima chicos.
-No soy un maldito novato -grita Bridge, que cuenta una vez más mentalmente los cartuchos de escopeta que le quedan. Y siguen siendo catorce, mierda.
Dos de los buggies se les echan encima contra los costados de Betsy. Llevan cuchillas adheridas a los costados y a las ruedas, pero Betsy lleva los costados y los neumáticos bien protegidos por sus viejas planchas de acero que tantos envites de girasoles aguantaron. El impacto lanza a los dos buggies unos metros lejos, pero no cejan en su empeño y hace que los ocupantes, tres por coche lancen rabiosos gritos que tienen poco de humanos. Malditos mutantes, piensa Johny, pero no pierde el pulso del volante.
Bridge cierra un ojo y apunta a los ocupantes del vehículo que les acosa por el flanco derecho de Betsy. Las caras tapadas por mascaras de hockey y gafas de piloto, junto al cuero y las tachuelas de sus atuendos, les dan un aspecto bastante amenazador. El coche se lanza otra vez contra ellos. Bridge aguanta la respiración para soportar el golpe. Y se va a preparar para disparar, pero no puede, del buggie salen disparadas varias flechas que se clavan en el costado de Betsy y fallan el tiro por poco. Hijos de puta, piensa, y vuelve a aguantar la respiración. Ahí viene el coche otra vez, esta vez sí. Blam, siente el retroceso y ve como el conductor del Buggie suelta el volante al quedar sus brazos inertes y un segundo después el coche vuelca en una nube de humo y polvo que hace que los tres compañeros exclamen de alegría, contrastando con los ruidos de furia que se escapan del otro buggie. Pero la alegría solo dura un segundo, el tercer vehículo enemigo ocupa el puesto del caído en el flanco de Bridge y el otro se vuelve a lanzar contra Betsy. La sacudida hace que los dos disparos que realiza Harry con una de las Desert de Johny fallen. Pero pronto eso es el menor de su preocupaciones.
-Johny, tenemos un jodido problema. Y de los gordos -grita.
El “mierda” que exclama Bridge por lo bajo al colocarse junto a él y mirar por la ventanilla es una buena explicación de lo que se les viene encima. El todo terreno se ha puesto a su altura. Es un viejo Humvee comido por el polvo del desierto y por el óxido al que le han adherido amenazantes hojas herrumbrosas de hierro y barras anti vuelco. Es una mala bestia, pero no es el bicho metálico lo que les asusta. Es el carroñero que va en la parte de atrás y les apunta con un maldito RPG perfectamente armado y preparado para mandarles al otro barrio con traca de despedida y todo.
-¿Johny? -vuelve a gritar Harry.
-Lo he visto, lo he visto. Tranquilos, lo tengo controlado.
¿Seguro? Quiere gritar Bridge, pero no le da tiempo. El frenazo en seco de Johny para el mundo y levanta una pequeña tormenta de arena. El fogonazo del R.P.G. pasa de largo delante de ellos por poco y lo ven explotar en algún punto perdido del desierto, pero no hay tiempo para más. Acelera otra vez y siguen su frenética marcha hacia ningún parte con toda esa jauría rabiosa detrás.
A lo lejos, la silueta de la ciudad es muy poco consuelo. Los tres coches ya están otra vez detrás de ellos y Johny puede ver por el retrovisor que el fulano del R.P.G. tiene un nuevo proyectil listo para reventarlos. La suerte que han tenido la primera vez no les va a durar mucho, eso lo sabe. Necesitan un milagro. Los tanques llenos de combustible de Betsy son un tesoro demasiado grande para esos hijos de perra. Y la autonomía de su motor híbrido trucado aun más.
-Johny, sigue esa vieja carretera, la de la derecha. Hazme caso -grita Harry antes de realizar dos o tres disparos que impactan en el Humvee. No causan bajas, pero hacen que el coche se tambaleé y retrasan el disparo del tipo del R.P.G.
-Pero, ¿por qué?
-Tú hazlo. Llegaremos a un túnel.
Johny lo hace aunque refunfuñando. ¿Cómo puede saber eso aquel tipo? Sigue la vieja y corroída carretera que se bifurca a la derecha, alejándose de la ciudad y se caga en todo cuando, efectivamente, ve aparecer un túnel en medio de la nada, que se adentra en las entrañas de la tierra. Betsy se introduce en las fauces abiertas del desierto pero el túnel es corto. Y no tiene salida.
-¿Pero que has hecho? ¿Estás loco? Esto es una trampa mortal -grita.
-No, mira.
Harry señala y los tres pueden ver una pequeña puerta metálica junto a la pared del túnel.
-¿Pero, a dónde lleva eso? -Pregunta Bridge.
-Ni puta idea, pero es una salida.
Dejan a Betsy atravesada de tal modo que los carroñeros no puedan llegar hacia ellos y cogen agua, linternas y las armas. Los tres tienen la sensación de que es una mala idea, pero no tienen otra. Lo malo es que al llegar la puerta metálica esta cerrada electrónicamente por un viejo terminal de ordenador que alguna fuente oculta de energía mantiene aun en funcionamiento. Los sonidos de los carroñeros gritando y haciendo rugir los motores llegan desde el otro lado del túnel. Bridge va a gritar un agónico y ahora qué, pero no le da tiempo. Harry se pone a trastear con el teclado del terminal y la puerta se abre soltando una fétida bocanada de aire estancado nada halagüeña. Pero sin pensárselo dos veces el tipo se mete dentro. Johny le lanza a Bridge una mirada un segundo antes de seguir a Street en pos de la oscuridad y Bridge no sabe si esa mirada quiere decir, ¿quién coño es este tipo?, o ¿en qué coño me has metido? Un segundo antes de perderse en la oscuridad decide que un poco de ambas.

Han pasado varias horas y los carroñeros están muy tranquilos y exultantes. Tienen a Betsy. Así que se han detenido en la boca del túnel ha celebrarlo con desagradables sonrisas de dientes afilados y abriendo muchos sus ojos casi albinos. Todos son calvos o tienen muy poco pelo, tristes mechones ralos diseminados aquí y allá por el cráneo. Qué se le va a hacer, la radiación y las mutaciones genéticas tienen muy poco gusto para la moda. Están en su territorio así que no tienen nada que temer. Hay que vengar a los caídos. Así que se quedaran allí unas horas más esperando poder abrir la puerta que les permita dar caza a esos no mutantes que han abatido a su hermanos.
Han encendido un par de hogueras para protegerse de las bajas temperaturas que se esconden bajo ese atardecer de azul incierto que está tiñendo el desierto de hermosos tonos dorados, cada vez más cercanos al color de la sangre.
Y la verdad es que se quedan sin habla cuando dos coches terriblemente bien preparados, un Challenger y un Chevelle negros, se paran delante de la entrada del túnel. No pueden dar crédito a lo que ven sus ojos. Sobre todo cuando del Chevelle se baja una muer pelirroja, una de esos asquerosos genéticamente impolutos que les suelen mirar como si ellos fueran monstruos. Es una mujer muy hermosa con un alarga trenza que parece moverse sola. Claro que su primer impulso es atacarla y enseñarle su merecido, pero las dos pistolas automáticas que cuelgan de sus caderas hacen que se lo piensen dos veces. Tampoco ayuda el color indeterminado de sus ojos ni la sonrisa de inmensa superioridad que no pierde en ningún momento.
-Bien, chicos guapos, vamos a hacer esto fácil, ¿de acuerdo? -dice-. Esos tipos son nuestros Así que si os vais, os podéis quedar con ese trasto.
Caroline no tiene ninguna gana de ensuciarse con sangre muti, así que espera que esos folla hermanos sean todo lo sensatos que sus cerebros les permitan.
-¿Y qué haréis con ellos? -dice una voz desde la oscuridad de Humvee aparcado junto al autobús escolar abandonado. Es una voz que parece humana solo porque utiliza palabras humanas. Como si una bestia hubiera aprendido a hablar inglés.
-Uno morirá, casi seguro. El otro supongo que también. Pero más tarde.
Del Humvee sale una mole de carne de más de dos metros treinta. Los músculos son de acero y sus brazos podrían partir un hombre musculoso de un solo golpe. Lleva la cara pintada como si fuera el rostro de un demonio y dos inmensas hachas de torpe factura pero de muy amenazante aspecto cuelgan de sus costados. Cuando sale a la luz de las fogatas, los demás mutantes, nueve en total, le vitorean con asquerosos gruñidos y levantando y golpeando entre si las armas, viejos machetes y hachas y herrumbrosas armas de fuego modificadas mil veces.
-Yo soy Hungus. Señor del Desierto. No temo a nada nacido bajo el sol ni bajo las estrellas. Pero hasta aquí hemos oído historias de ese coche y del demonio que lo conduce -señala con una mano enorme el coche de su Jefe y Caroline le hecha una mirada de reojo al amenazante Challenger negro
que aguarda inmóvil detrás-. No queremos tratos con demonios, trae la desgracia de los dioses del motor. Si el autobús es nuestro, los hombres son vuestros.
Caroline está a punto de exclamar un bien por lo bajo cuando una de las ventanillas del Challenger se baja y una voz extraña y fría llega desde el coche. Antes de que hable, la mujer ya sabe lo que va a pasar y solo puede pensar en lo que cuesta quitar el hedor de la sangre mutante de la ropa.
-Cambio de planes -dice su jefe desde el coche-. El autobús no se mueve de ahí. Vete con tus hombres, Gran Hungus, y vive para saquear otro día.
Hungus suelta un gruñido y saca sus hachas a pasear. Antes de poder decir Jesús, Caroline ya tiene a dos mutantes encima. Un segundo y le vuela la cabeza a uno desenfundando a la velocidad del rayo y y atraviesa al otro con la cuchilla de su trenza viviente. Mierda, el pelo, piensa.
La batalla se detiene cuando la puerta del Challenger se abre y sale un hombre del coche. Bajo una palestina blanca y negra solo se pueden ver dos ojos grises. Tiene los brazos tatuados y no es especialmente grande ni musculoso. Sujeta en su mano derecha una espada. Una sola pieza de acero endurecido moleculármente. Brilla como la plata líquida, no tiene guardas y unas piezas de un plástico especial de color negro hacen las veces de empuñadura. Es una pieza hosca y al mismo tiempo de una exquisita finura y belleza.
Otro segundo. Más gritos y cuatro mutantes partidos por la mitad agonizando sobre la arena del diserto. Quedan tres, pero se esconden detrás del gran Hungus que da un paso al frente. Al lado del la bestia mutante el hombre solo parece una hormiga. Un hachazo y por un segundo Hungus casi le parte en dos, le ha subestimando, piensa Caroline, ese bastardo enorme es jodídamente rápido. Pero su jefe rectifica enseguida, el segundo hachazo que lanza el mutante no encuentra nadie donde un segundo antes había un hombre y cuando va alanzar el tercero con el otro hacha, su brazo sale volando, deja el nido y otro mandoble le abre en canal las tripas que se esparraman por el suelo del desierto soltando un olor nauseabundo. Caroline no puede evitar pensar en qué demonios se basa la dieta de esos asquerosos. Su jefe se acerca al viejo autobús y pone la mano en el costado. Cuando Caroline se acerca a él, oye que dice por lo bajo, tiene que ser una jodida broma. La hoja está manchada, pero Caroline puede ver claramente el nombre escrito en ella. Nunca entenderá por qué ponerle Tadeusz a una espada.

En el anochecer, a un kilómetro de distancia, una chica de belleza salvaje, ojos oscuros y labios muy rojos contempla la escena con unos prismáticos de alta tecnología y maldice por lo bajo. Esos dos putos guerreros que han aparecido les van a complicar aun más el plan. Lo de que dos putos héroes de la guerra se hayan metido en todo ese asunto ya era malo, pro joder, la perra pelirroja escalofriante esa y el mamón de la espada le ponen los pelos de punta. Laura necesita un segundo para pensar. Solo uno.
-Esto se está complicando, ¿no?
Su compañera, tumbada en la arena junto a ella no dice nada. Pero tiene sus ojos verdes clavados en la noche como si no le hicieran falta los prismáticos para ver la escena. Cuando oye la voz de Laura solo resopla.
-¿Quién coño será ese tipo? -Dice Laura.
Otro resoplido de su compañera como única respuesta.
-Está bien, no hables, pero lo mismo tenemos que buscar refuerzos. Esto empieza a superarnos.
Su compañera clava en ella una mirada que le atraviesa. De la corta coleta alta que le recoge el pelo se le escapan algunos mechones negros como la noche. Parece una gata salvaje, salvaje y asustada, piensa Laura.
-¿Tú crees?
Eso es lo único que le dice su compañera antes de levantar su casi metro ochenta del suelo y encaminarse muy enfadada a sus motos.
-¿Celine, qué coño te pasa? -Le grita Laura antes de seguirla.



jueves, 4 de junio de 2015

La invasión de los girasoles mutantes 2. Proyecto Voz de Dios.

Episodio 2. Viejos Blues y nuevos caminos. 
 
Mientras lo últimos acordes aun revolotean por el pequeño club, por encima de las cabezas de los borrachos y desheredados, de las putas en busca de su sustento diario, el bluesman deja la guitarra apoyada contra la pared del local y se acerca a la barra. Como parece que ha decidido que su concierto ha acabado, la música del bar vuelve a sonar por los altavoces y mientras suena una vieja canción de la Creedence, el bluesman reza por que tengan algún bourbon decente con el que pagarle.
-¿Tienes algún bourbon que no sepa a gasolina, barman?
-¿Y tú, bluesman, tienes dinero?
- Aun, no, considéralo un adelanto.
El barman se acerca a él y le sirve en un baso bastante poco transparente un líquido de color brumoso que escancia de una botella etiquetada solo con tres equis.
-Solo tenemos este. Es de fabricación casera. Tendrás que conformarte -dice el barman al tiempo que también deja junto al baso un puñado de dólares no muy excesivo-. A esta invita la casa. Me gusta como has tocado.
El bluesman sonríe con tristeza y piensa para sus adentros que puede que finalmente no salvaran el mundo. Que el mundo no puede ser salvado. Que ni puñetera falta que le hace al mundo ser salvado.
Se bebe de un trago el bourbon. Quizás haya algo de esperanza, aquel brebaje maldito no está tan malo. Así que deja una parte de sus exiguas ganancias sobre la barra y le dice al barman, hasta que se acabe, señalando el montón de dinero.
Unas cuantas canciones más y unos cuantos bourbon más y la soledad parece que pesa algo menos.
Decide retirarse a su caravana a las afueras de el Paso y dejar que la noche del desierto le arrope un poco hasta que la mañana llegue con sus malas intenciones de siempre. Al día siguiente tiene otra actuación en uno de los tugurios de la ciudad y quiere darle una vuelta a los temas. Acaba de cumplir treinta años, quizás debería plantearse un cambio, coger su viejo mustang y que le den por el culo a todo aquello. Pero esas son decisiones que nunca deben tomarse después de unos tragos. Y sereno siempre le dan una terrible pereza.
Sale del bar y se interna por un callejón. Lleva la guitarra colgada al hombro y decide encenderse un cigarro. Aun con los sentidos algo embotados por el alcohol, el viejo guerrero que se esconde tras el músico de blues nota como dos chavales, dos desharrapadas comadrejas callejeras se acercan a él. Se lleva la mano al costado y nota un bulto de lo más reconfortante. Cuando ya están llegando a él, uno de ellos le mira diréctamente a la cara. Puede ver que le reconoce y sujeta la manos de su compañero, que evidéntemente oculta algún tipo de arma. No, a éste no, es peligroso, oye como le dice a su compañero de fechorías y le dejan pasar con un leve intercambio de miradas intimidatorias. Bueno, no está mal comprobar que aun le queda un poco de reputación por el viejo oeste. Se relaja y deja de palpar el bulto de la Desert Eagle que lleva colgada del costado. Hasta está tentado de darse la vuelta e invitar a los dos ladrones de pacotilla a un trago, pero pensándolo bien no le parece la mejor idea.
Cuando llega a su caravana ve que las luces están encendidas. Eso si que es el colmo, joder, es su puto hogar, así que sin pensárselo dos veces suelta la guitarra el en suelo, con cuidado, y desenfunda el arma. Abre la puerta y entra apuntando. Hay dos tipos dentro. Uno delgado y alto y otro más corpulento y rubio. Va a decir algo así como ya os estáis largando de aquí, mamones, cuando reconoce al tipo rubio. Y solo puede decir una palabras, algo así como , no me jodas, el puto Bridge.
-Hola Johnnie -le responde Bridge con una inmensa sonrisa en el rostro-. ¿Cómo va todo?


Es una situación en la que cualquiera, por muy duro que fuera, cagaría cubitos de hielo. Pero Caroline esta hecha de otra pasta. Concretamente de la pasta de la gente jodídamente peligrosa, de esa que está mejorada genéticamente y con implantes nanotecnológicos que le hacen más rápida, fuerte y más letal de lo que su pequeño cuerpo pueda dar a entender a primera vista. Por eso no se siente indefensa en aquella habitación inmensa, vacía y solo parcialmente iluminada por unos fluorescentes que fallan más de lo que unos nervios poco avezados podrían soportar. Le han quitado las armas al entrar pero está tranquila. Lo observa y analiza todo con sus ojazos de un color claro indeterminado tras los que lucen miles de pequeñas máquinas que le dan información sobre cuantos enemigos tiene alrededor, de como respiran, de como laten sus corazones. Eso es lo único que le perturba. Los veinte tipos que le rodean, esos cabrones encapuchados de ojos amarillos, no tienen corazones que latan de una manera humana, al menos no como la de cualquier humano que ella haya conocido, mejorado o no.
Por fin una voz sale de entre las sombras. O quizás sea una voz que surge al mismo tiempo de cada uno de los individuos que le rodean.
-Somos Plaga. Arrodíllate Mujer ante la voz del Gran Sorbinus, El Inmortal, Padre del Tiempo, Señor de todas las Desgracias.
-Caroline no se arrodilla ante nadie. He venido a hablar de negocios en nombre de mi jefe, porque vosotros me habéis llamado. Decid que queréis o no me hagáis perder más el tiempo.
-¿Cómo te atreves, Mujer? Somos Plaga y pagarás tus palabras.
Se armó, piensa Caroline. Sus sentidos aumentados le lanzan a su conciencia felina datos sobre las evidentes intenciones de aquellos tipos de atacar. Grave error. Se toca la larguísima trenza pelirroja que le llega por debajo de la cintura. Nota la cuchilla de acero endurecido molecularmente y afilado como la resaca de una mañana después de una noche de fiesta. Nota como su pelo se mueve a una sola orden de su pensamiento, impulsado por millones de pequeños robots orgánicos. Solo dura un segundo, pero en su mente cada movimiento es claro y pausado. Dos giros, la trenza baila a su alrededor regalando muerte con una sonrisa y de pronto cinco de esos tipos taimados yace en el suelo con la garganta seccionada.
Luego el sonido de unos aplausos se sobrepone al de la breve batalla. Entorna los ojos. Y ve. Ve pero no ve. Una pantalla de televisión inmensa y una figura enorme, como de tres metros de alto junto a ella. Pero por alguna razón le parece mucho más espeluznante la silueta de hombre absolutamente velada por la oscuridad que muestra la enorme pantalla. Solo acierta a adivinar que parece la silueta de un hombre, aunque con un cráneo quizás demasiado grande. Luego la voz. Una voz que hace que hasta sus nanomáquinas se estremezcan y se escondan detrás de ella.
-Perfecto -dice la voz-. Una perfecta demostración de tus habilidades como asesina. Eso es justo lo que estoy buscando.
-Vengo en nombre de el hombre cuyos servicios queréis contratar. Yo hablo por él
-¿Y por que no ha venido él, querida? -La voz tiene un tono amable que repugna. Como si pudiera estrangularte solo hablándote.
-Él nunca trata directamente con clientes.
-Espero que sus habilidades, tan afamadas en el Yermo, estén a la altura de semejante falta de cortesía. Nadie hace semejante feo al Gran Sorbinus.
-Sé nota que no lo conoces. Y en cuanto a sus habilidades, esto que acabas de ver no es si no una mota de polvo comparado con lo que él le habría hecho a tus hombres, incluido el grandullón ese de ahí que no se deja ver.
Quiere parecer más entera de lo que realmente está. Pero esa silueta gigantesca y la imagen del hombre en la pantalla le asustan más de lo que está dispuesta a reconocer.
-Quiero al hombre llamado Harry Street. Y le quiero vivo. Eso es de vital importancia. Y permíteme que sea insistente en esto, querida. Que me lo traigáis vivo es de VI-TAL IM-POR-TAN-CIA.
-Dalo por hecho. Ten preparado nuestro pago.
Se da la vuelta y piensa que tiene unas gansa locas de ver la luz asfixiante del Yermo.
La sala se queda en silencio. La pantalla se apaga. Pero una voz vuelve a llenar el vació y la oscuridad levemente molestada aquí y allá por leves destellos de fluorescentes en mal estado. Habla como si mil hombres hablaran al mismo tiempo y proviene de la mole de tres metros que ha estado callado durante la entrevista entre Sorbinus y Caroline.
-No entiendo por que usas esa alimañas mortales, Gran Sorbinus. Mis hijos son Plaga, ellos encontrarán al Hombre para ti.
-Esas alimañas conocen este páramo en el que se ha convertido el mundo mejor que tú y tus hijos – la voz del gran Sorbinus se sobrepone a la del gigante-. Nos sufras, mi querido Nimrod. Tú y tus hijos aun me habréis de servir en este juego.


Joder. El sol de Texas esa mañana en particular está especialmente puñetero. A pesar de las gafas de sol, Johnnie siente como todo el calor se le agolpa en la nuca y le estruja la resaca hasta que casi le cuesta respirar. Aun así no puede moverse de donde está. La mole del viejo autobús escolar le tiene hipnotizado. La vieja Betsy, esa bestia mecánica con la que tantos kilómetros hizo aquí y allá. Un condenado fantasma de latón que le devuelve a una vida que casi había olvidado, una vida que solo veía de vez en cuando en perturbadoras pesadillas. Algo late en su corazón, aunque quisiera negarlo, aun debe quedar algo del guerrero de la carretera que se enfrentó a las peores sombras de ese mundo. También le viene a la cabeza las personas que han seguido otros caminos y tiene muy claro que esos pensamientos si que no vana tener ningún tipo de hospitalidad en su sesera. Toca el costado de Betsy y siente como si fuera un enorme animal remolón que agradece la caricia. 
-¿Cómo demonios lo conseguiste? -Le pregunta a Bridge que se ha acercado junto a él.
-Pues con un viaje largo, mucha pasta, y mucho esfuerzo y suerte para encontrar las piezas. Ya te contaré la historia. Pero no era justo que la pobre se pudriera en aquel cementerio inmundo. Al fin y al cabo fue tan heroína como nosotros. 
-Más incluso si me apuras. Entonces. Tu plan es ayudar a un completo desconocido al que persigue una especie de secta homicida maníaca y posíblemente mutuante a llegar a un punto indeterminado del desierto del Mojave a buscar a un tipo que ni sabes si existe realmente para que le de alguna pista al muchacho de por qué esos monstruos le persiguen.
-Sí. Básicamente. Al menos reconocerás que es emocionante.
Bridge le dedica una enorme sonrisa que llena su cara por completo. Le brillan los ojos azules en medio del desierto y un sinfín de gotitas de sudor juegan a echar carreras por su cara. La verdad es que aquel cabrón chiflado parece de lo más feliz con todo aquello. Pero a Johnnie no le engaña. Está asustado. Igual que él. Ha pasado mucho tiempo desde que eran los putos Sherifs y repartían leña. Mucho tiempo. Casi una vida. Quizás dos.
-Ya no somos héroes, Bridge. 
-No hay que salvar el mundo esta vez. Solo ayudar a un tipo. Tampoco es que estemos haciendo demasiado en este momento.
Johnnie sonríe y se da la vuelta pero no dice ni media palabra. Cuando ha dado unos pasos oye la voz de su amigo detrás de él preguntándole dónde va. Se para pero no se gira. No puede creer lo que va a decir ni la sonrisa de satisfacción que tiene en la cara le desconcierta hasta los intestinos. Pero ahí está, es absurdo negarla. Así que solo acierta a decir una cosa.
-Voy a por birras. Va a ser un viaje muy largo. Y a por mi guitarra.
El grito de alegría de Bridge se lo traga el desierto. 

Nueva Orleans es un vertedero de maleantes, prostitutas, yonkis psicóticos y tugurios clandestinos donde la música negra trata de tapar los desechos del alma. Pero para Caroline es su hogar. Conduce su viejo Chevelle modificado negro mate, sucio del polvo del desierto, entre disparos, hogueras y gritos. Pero nadie se cruza en su camino. Conocen ese coche, quién lo conduce y para quién trabaja. Es su hogar, claro que sí, en el fondo adora aquel vertedero post industrial y las enormes ruedas de su bestia de la carretera atraviesan las calles como un puto caballo de la muerte. Al fin llega a la antigua mansión francesa que le sirve de cuartel general y hogar. Cuando cruza la puerta la oscuridad es total, pero no es problema para sus ojos biónicos que brillan como dos ascuas traviesas. Suena un viejo blues de Robert Johnosn que se escapa desde el despacho de su jefe, que está sentado de espaldas en un sillón de cuero negro. No traspasa el umbral.
-Volviste -dice el hombre sin girarse ni salir de las sombras.
-Sí, Jefe.
-¿Y?
-Tenemos trabajo. Nos vamos de caza.
Silencio. No lo ve pero Caroline sabe que su jefe está sonriendo. A veces piensa que lo único para lo que vive ese hombre es cazar y matar. Luego un sonido metálico, el sonido de una hoja saliendo de una vaina. Es un sonido amenazador que reconoce al instante pero que siempre le pone los pelos de punta.

lunes, 25 de mayo de 2015

La invasión de los girasoles mutantes 2. Proyecto voz de Dios.

 Episodio 1. La trastienda de los héores.

Hay una tienda de antigüedades. Está en una pequeña ciudad junto al lago Michigan. No importa demasiado que cuidad es. De hecho, la tienda en si tampoco importa demasiado. ¿Antigüedades? En un mundo aun en ruinas todo es viejo. No hay nada que preservar, más bien lo que hay que hacer es reconstruir. Así que esta tienda dice mucho del tipo que la abrió. Para empezar, que no tiene demasiado olfato para los negocios. Pero más en el fondo, lo que esta tienda dice es que es un soñador, un romántico, un tipo que respira hondo todas las noches cuando echa el cierre y vuelve a su casa , con la mirada perdida en el lago, añorando un tiempo mejor, un mundo sin guerra, sin violencia, sin mutantes, sin una plaga que lo arrasara y lo convirtiera en el infierno estéril que es ahora. Ahí está. Cierra la puerta y mira el reflejo pagado que produce en el cristal. Se lleva las manos al pelo. Debería raparme piensa. Luego se mira de perfil. Yo creo que he adelgazado, se dice. Baja el cierre metálico y echa a andar. Lleva en la mano un maletín grande y piensa qué va a cenar esta noche. No le queda demasiado. Los víveres han tenido problemas para llegar a la ciudad esta semana, los malditos saqueadores mutantes han atacado las tres últimas caravanas. Pero alguna pizza queda en el congelador. O lo que en ese mundo cruel llaman pizza. La pizza engorda. Pero que coño. Un día es un día. No hay demasiada gente por las calles a pesar de que hace buena temperatura y hay bastantes estrellas en el cielo. No hay demasiados lujos hoy día en este mundo, así que decide caminar sin prisa y disfrutar un poco de la noche. Al fin y al cabo nadie le espera en casa. ¿Debería comprarse un perro? Desecha la idea al momento. Pobre perro. Sigue caminando, respira hondo. No pensar en la soledad, en su desastrosa encomia, en el futuro. Vamos, no pensar. Solo las estrellas, el lago lejano, una pizza, una cerveza. Estoy vivo, se dice, joder, claro que sí. Actitud. Esa es la palabra. Aunque cuando la dice tiene que hacer un soberano esfuerzo para no escuchar a esa molesta voz que desde algún rincón de su cabeza, aun amordazada, trata de gritar, ¡actitud por los cojones! La maleta le pesa. En ese momento recuerda lo que lleva dentro. Sigue sin tener muy claro por que demonios ha cogido ese objeto en cuestión de la tienda. Llaveaba años criando polvo en el almacén y hoy, al bajar a buscar un disco compacto para un cliente, lo ha visto. Antes de cerrar ha abajado, lo ha limpiado y lo ha guardado en la maleta. Y sí, aun no sabe por qué.

Forma parte de otra vida, de un pasado enterrado hace ya años. Supone que en algún momento habrá pensado en colgar el objeto en cuestión de la pared de su casa. Pero la verdad es que si le trae algún recuerdo es de horror, de violentas de pesadilla rugientes en medio de la noche.

Como le pesa demasiado decide tomar un atajo. No le gusta la idea, porque meterse por los callejones que acortan su camino a casa en lugar de seguir por as avenidas principales puede ser peligroso. Yonkis, ladrones, psicópatas, de todo eso hay por las calles de las ciudades de hoy en día. Pero ya está metido en uno de esos callejones. Y cuando las sombras empiezan a envolverle, de inmediato, tiene esa desagradable sensación de que ha sido un mala idea.





Sabe que no va a escapar. Sumido en las sombras de los callejones de esa ciudad de mala muerte tiene de pronto consciencia de el miso. Soy Harry Street. Y voy a morir. Lo sabe. Entorna los ojos azules para escudriñar la oscuridad. La herida del abdomen cada vez sangra y duele más. Esta más blanco que de costumbre. Así que cuando siente unos pasos siniestros detrás de él, sabe que es absurdo que gaste energías tratando de huir. Se gira y puede ver a los cuatro encapuchados. Bajo las túnicas y las capuchas solo pueden verse unos ojos amarillos que dan escalofríos. Uno de ellos habla, pero Harry no es capaz de discernir cuál es. Es como si la voz saliera indistintamente y aleatoriamente de los cuatro.

-Somos Plaga, Hombre, no hay escapatoria posible. Rinde ya tus esfuerzos. Preferimos llevarte ante él vivo, pero no es estrictamente necesario.

-¿Por qué me seguís? Qué coño queréis de mi, yo no soy nadie. -le duele mucho la herida y cada palabra le ha costado un mundo. Pero la desesperación por al menos tratar de entender que diablos está pasando es angustiosa. Lleva ya demasiados kilómetros acuestas huyendo y tratando de esconderse de aquellos cabrones espeluznantes.

-No corresponde a Plaga darte respuestas, Hombre.

Harry echa la mano a la pistola que lleva en el cinturón, pero sabe que es un gesto estéril, no le queda ni una maldita bala, esta vez va a ser una pelea muy corta.

-Esto... hola, ¿va todo bien por aquí?

Detrás de los encapuchados ha aparecido un tipo con un maletín. Lleva el pelo rubio algo despeinado, es corpulento y tiene una mirada azul que parece muy, muy, pero que muy cansada. Los cuatro encapuchados ni le miran para hablarle.

-Somos Plaga, rata, nada aquí es asunto tuyo. Vete y sigue respirando.

-¿Por qué coño habláis tan raro? ¿No podéis robar sin dar el coñazo como hacen todos los ladrones de buena fe que hay por aquí?

Las palabras del tipo del maletín no están ni mucho menos apoyadas por su tono. Más bien parece que se ha arrepentido de decirlas en cuanto han salido de su boca.

Los encapuchados sacan a relucir unos cuchillos de hoja curva cuyo filo Harry ha tenido la desgracia de probar en sus carnes. Se giran para enfrentar al recién llegado. Harry, que en primer momento pensó que venía la caballería, ahora entiende apesadumbrado que el hombre no tiene la menor posibilidad ante aquellos cuatro cabrones siniestros.

Luego todo es muy rápido. El tipo saca una vieja escopeta de dos cañones recortados de la bolsa de cuero y le vuela la cabeza a las dos primeros enemigos. Así , sin más, sin tarjeta de presentación y sin regalarles unas flores o algo antes. Aquel tipo con pinta de oficinista jubilado se mueve con firmeza, con seguridad, como si matar bastardos encapuchados fuera su maldito negocio. El problema es que la antigualla de arma que lleva ya no tiene más munición y esquiva los cuchillos de los dos cabrones que quedan con vida como puede, utilizando la escopeta para pararlos. Pero esos tíos son giles, muy ágiles, mucho más que el pobre diablo que, como Harry no haga algo, va a acompañarle al otro barrio en menos de lo que tardas en decir tarta de cerezas. Ignora el dolor y coge uno de los cuchillos de los caídos y lo clava en la espalda del encapuchado que tiene más a mano. Ni lo ve venir y da tiempo suficiente a que su recién reclutado aliado le estampe en la cara la culata de la escopeta al que aun quedaba en pie, que se desploma redondo en el suelo. Harry también cae de rodillas, ya no puede más. Su salvador le ayuda a levantarse, no sin antes guardar la escopeta en el maletín.

-Venga, salgamos de aquí, estos cabrones me da a mi que no venían solos.

-Gracias – es todo lo que acierta a decir Harry. Le cuesta hablar-. Me llamo Harry, Harry Street, por cierto.

-Yo me llamo Bridge.

En ese momento, Bridge le pisa, le zancadillea sin querer y Harry cae pesadamente al suelo del callejón en medio de un dolor atroz.

-¡Ahí va!- dice Bridge-. Ten cuidado muchacho, debes mirar por donde vas.





La casa de Bridge es un pequeño cuchitril adosado a un viejo hangar de aviación. Por eso la compró. Bueno el precio bastante bajo también ayudó. Solo tiene una habitación, un pequeño cuarto de baño y un dormitorio, en el que ha dejado dormir al tal Harry. Le ha vendado la herida lo mejor que ha podido, pero nunca ha sido demasiado habilidoso dando puntos. Le va a quedar una fea cicatriz. Mientras prepara una cafetera piensa todas estas cosas anodinas para no desmayarse y chillarse a sí mismo por haber hecho la locura de haberse metido en todo aquel embrollo. Pero, ¿qué se suponer que debería haber hecho? ¿Dejar que aquellos cuatro rufianes despacharan al pobre tipo? No podría haber hecho eso. Tampoco es que tuviera una vida tan plena y satisfactoria en todos los sentidos que fuera una tragedia trastocarla. Además. La adrenalina, el aplastar a aquellos malnacidos. No podía negar que había estado bien. Se había sentido, cómo decirlo, vivo. Había estado bien dejar que el viejo. Bridge saliera a pasear y repartir leña por un rato. Pero no, eso había sido todo. En cuanto el tal Harry tenga fuerzas saldrá de su vida y el podrá seguir disfrutando de su apacible existencia. Las peleas a muerte son cosa del pasado.

Harry sale de la habitación. Ha perdido mucha sangre y está bastante pálido, aunque Bridge tiene la sensación de que aunque le dejaran atado en el Valle de la Muerte a las tres de la tarde aquel tipejo no se pondría moreno. Tiene un ojo un poco más cerrado que el otro, lo que le da a a su mirada de un intenso azul, un toque de tristeza que le queda fenomenal con su maltrecho cuerpo.

-¿Café? -pregunta Bridge.

-Dios, sí por favor.

-¿Has conseguido dormir algo?

-Sí. De verdad que no sé como agradecerte todo lo que estás haciendo por mi.

-No hay de que amigo, es lo que haría cualquier buen samaritano -o cualquiera lo bastante estúpido, piensa inmediatamente después, pero no lo dice-. ¿Quiénes eran esos tipos?

-Te juro que no lo sé. Empezaron a perseguirme hace cosa de un año. He estado huyendo desde entonces, pero siempre me encuentran. Se llaman a si mimos Plaga. Quieren llevarme ante alguien, alguien que les manda, pero nunca he sabido por qué. Yo no soy nadie. Por eso voy hacia el sur.

-¿Al sur?.

Bridge, no quiere reconocerlo, pero aquella historia le está intrigando más de lo que se atreve a admitir.

-Si hay rumores, ¿sabes?, de un eremita, un tipo que vive en medio de la nada y que se enfrentó a ellos en el pasado. Quizás él me pueda ayudar, quizás sepa qué quieren de mi.

Brdige ya ha oído demasiado. Sí, todo aquello es intrigante, pero también sale en letras muy gordas en el manual, como joder tu vida en un segundo. El tipo ese tiene que irse de su casa. Él tiene que salir a la calle, abrir su tienda y esperar pacientemente tres o cuatro horas muy tranquilas a que entre el primer cliente. Eso es lo que tiene que hacer.

Y lo que va a hacer.

Cuando se da la vuelta ve que Harry tiene en sus manos un viejo recorte de periódico enmarcado en el que puede verse una foto de él mismo, Johnnie, Helen y el alcalde Connors. El titular del periódico dice un año de la liberación. Hoy entrevistamos a los héroes que acabaron con los Girasoles Mutantes.

-¿Éste eres tú? -Pregunta Harry incrédulo-. Quiero decir ¿tú eres ese Bridge?

-El mismo que viste y calza, amigo.

-¿Y qué te ha pasado? Quiero decir -no acaba la frase pero mira alrededor como diciendo, por qué llevas esta mierda de vida si eres un héroe famoso.

-¿A ti que coño te importa?-dice arrebatándole el recorte de las manos-. Ser un héroe no da de comer.

-Pero tú fuiste el tipo que destruyó a los girasoles. Tú.

-Solo pulsé un maldito botón, vale. No hay que ser ni muy fuerte, ni muy guapo, ni muy listo para pulsar un botón.

Pero tú puedes ayudarme. Eres un tío de acción, un guerrero, contigo si que podré llegar a ver el eremita ese y buscar una forma de que esos tíos me dejen en paz.

-¡Ah, no! De eso ni hablar. Yo soy anticuario, entiendes, anticuario. No soy ni un guerrero, ni un soldado, ni un maldito héroe, ni siquiera me gustan las pelis de acción. Así que, ya puedes coger tus bártulos y ponerte en camino al desierto o a dónde coño quieras ir, pero a mi me dejas en paz, que precisamente hoy tengo un montón de cosas que hacer.

-¿Ah, sí? ¿Cómo cuáles?

-¿Todavía sigues aquí?

-Vale, Vale. Ya me voy. Pensaba que los héroes se nacen, no se hacen.

Antes de coger el macuto con sus pocas posesiones, Harry mira la foto del periódico y dice un, has engordado, por cierto, que solo recibe como respuesta un bufido de Bridge. Añade un gracias por todo y sale por la puerta.

Una gran tranquilidad inunda la casa otra vez. Solo un mal sueño. Ha estado cerca pero se ha mantenido firme y ha conseguido recuperar su vida, todo eso que ha construido con esfuerzo. Ha merecido la pena. Sin duda alguna.



Harry oye una voz a su espalda y cuando se gira ve a Bridge haciéndole señas para que se detenga. Cuando llega junto a él esta sudando y le cuesta hablar.

-¿Tienes algún medio de transporte? ¿Cómo piensas llegar al desierto?

-No lo había pensado, la verdad.

-¿Sabes lo que hay ahí fuera, chico? Mutantes, saqueadores, asesinos, monstruos. Y tú quieres hacer esa burrada de kilómetros desarmado y a pie.

Harry no contesta. Está claro que su plan no es muy elaborado, pero algo tiene que hacer. De todas maneras no puede quedarse demasiado tiempo quieto en un sitio. Plaga volvería a encontrarle seguro, siempre es lo mismo.

-Ven conmigo, anda -dice Bridge-. Tengo justo lo que necesitas.

Harry sigue a Brdige hasta el hangar destartalado que está adosado a la casa del antiguo héroe de la guerra de los girasoles. Dentro no hay nada, excepto ratas y una mole tapada con una lona gris. Bridge se acerca y coge la lona con una inmensa sonrisa de satisfacción en el rostro. Luego empieza tirar hasta que la retira completamente.

-¿Qué te parece, eh? -dice absolutamente entusiasmado.

Delante de él Harry tiene un desvencijado y vetusto autobús escolar cuya pintura amarilla empieza a desconcharse a pasos agigantados.

-Te presento a la auténtica Betsy, Harry.

Lo único que Harry acierta a decir es, pero qué es todo ese montón de chatarra.




viernes, 17 de diciembre de 2010


Bueno, el viaje llegó a su fin. Esta locura, esta aventura demencial, se gestó en un viaje de ida y vuelta en el día a Vitoria, hace ya dos años. Mucho ha cambiado en el mundo, demasiadas cosas, pero la verdad, con el parón y todo, la historia se ha mantenido inalterable. Así ha salido, como la habéis ido leyendo, loca, oscura, irracional y, sobre todo, con mucho entusiasmo. La verdad es que estos últimos meses he purgado muchos demonios escribiéndola y en muchas ocasiones hubiera preferido estar a de verdad ahí, matando girasoles mutantes, que en la vida real. Pero la verdad es que hay poco del valeroso y terrible Peter Connors en mí, quizás solo lo autodestructivo, jajajajaja. En fin, el resto de personajes creo que han salido bastante bien y todos sus representantes en la vida real han quedado satisfechos, sobre todo Monu, estoy seguro, mi querido Javier Puente, que ha visto como su Bridge ganaba enteros y se convertía en un personaje crucial en la historia. La verdad que es algo que no había planeado, pero es algo que me encanta de escribir, cuando las historias se transforman en criaturas escurridizas y empiezan a escapársete de las manos y a tomar sus propias decisiones.
Y parecía mentira, hace dos años, cuando la empecé y dejé abandonada. Pero ahí vamos, con el último capítulo. Espero que al menos un buen rato que otro os haya dado esta locura, y solo daros mil gracias por haberos molestado en leer las bobadas que se me iban ocurriendo en los viajes del curro, o en el autobús, o por la calle. Yo por mi parte seguiré con este blog, al tiempo que intentaré resucitar el original, Entre las sombras, y ya hay un par de historias más en el tintero para Weird Tales. Una se llamará Los ochentenos, y estará protagonizada por mi mejor amigo, Angel Méndez, al que habéis visto en el papel estelar de Jeremiah Kiskembauer, pérfido Líder de la Corporación, y por el grandísimo, Javier “Monumento” Puente. También tengo algo de zombis en mente y alguna que otra idea más, así como tengo pensado regalar al los más asiduos con un epílogo extra para cada uno de los personajes principales de los girasoles, que iré escribiendo de tiempo en tiempo, estad atentos. Y como último regalo, os dejo los bocetillos que hice una tarde de algunos de los personajes de esta delirante saga. Así que nada, una saludo, mil gracias y sin más dilación os dejo con los dibujos y el último capitulo de La invasión de los girasoles mutantes.  Hasta ponto.







La Invasión de los girasoles mutantes
Episodio 29: Héroes y celebraciones
Bridge se estira en la cama. Una cama, parece que hacía mil años que no descansaba en una. Le duele todo. Pero todo, todo. Mira el techo de la habitación, excavado en la roca, y se pregunta cuanto tiempo pasará antes de que la gente pueda tener aire libre y techos normales otra vez sobre sus cabezas. Un segundo después se pregunta si realmente ese día llegará, si el mundo no estará herido de muerte. Luego sonríe. No entiende muy bien como demonios un tipo como él se ha convertido en el héroe que ha salvado el mundo. Las vueltas que da la vida. Sí, está claro que Johnnie, Peter, Helen y todos los demás también han tenido su parte importante, pero hay que reconocer que fue él el que asestó el golpe final cuando Johnnie estaba ya derrotado. Sí, fue un golpe que casi falla y sí, casi rompe el dispositivo que destruía a los monstruos, pero al final todo ha salido bien. Pobre Martin, casi va a echar de menos sus interminables y escatológicas chácharas. Pobre Betsy, piensa de repente, era un buen trasto. Ahora que los caminos van a ser un poco más seguros hubiera sido un buen plan recorrerlos con aquel armatoste. Pero no había otra forma de entrar en el edificio. Se levanta y se viste trabajosamente, un buen desayuno quizás le ayude a recuperar fuerzas, mira el reloj. Las cinco de la tarde. Parece que ha dormido un poco más de lo que había pensado.
Recorre los pasillos de la ciudad subterránea y es evidente que la gente aun está de celebración. Le cuesta avanzar entre el gentío porque cada dos por tres alguien le para para darle las gracias e incluso, aun no se lo cree, ve como un grupo de chicas le sonríen y hablan entre ellas. Nota que el calor se le agolpa en las mejillas, más cuando ve que una de ellas, una morena de ojos claros, se le acerca y sin decir ni hola, le coge la cara y le da un beso en los labios. Bridge está segurísimo de que el corazón se le va a salir por la oreja derecha de un momento a otro. Cuando la chica deja de besarle le sonríe y le dice:
-Gracias, nos has salvado a todos.
Luego ella y las demás se alejan entre risitas. En ese momento piensa que por fin sabe como se debían sentir los soldados americanos a su paso por Europa en la Segunda Guerra Mundial. Y piensa que él será un veterano de la guerra contra los girasoles, lo que hace que el pecho se le hinche de orgullo. Bridge se ha olvidado un poco del hambre, más que nada por que el estómago lo tiene en ese momento más o menos por la pelvis y no sabe cuando volverá. Pero se dirige al bar de todos modos.
En el bar, cosa bastante normal, esta Peter. Tiene una garra metálica llena de cerveza delante de la cara y la cabeza apoyada sobre las manos en la barra.
- ¿Cómo estás, Héroe? –Le pregunta.
Peter gira la cabeza y le sonríe.
- Te gusta esto, ¿eh?
- Joder, no todos los días puede uno ser un héroe. ¿Y a ti qué te pasa? ¿No estás contento?
- ¿Yo? Claro, tengo una jarra de la rica cerveza de Sergei –en ese momento el enorme camarero de negra barba y negra melena pasa junto a ellos y corresponde el brindis que le ofrece Peter con otra jarra. El sonido metálico de las dos jarras al chocar es de lo más reconfortante.
- ¿Qué te pongo, amigo? –le pregunta el camarero.
- Pues hay hambre –nada le quita el hambre a Bridge durante demasiado tiempo-así que ponme unos huevos, un trozo de tarta y café.
Sergei se va y vuelve con otra jarra de cerveza.
-Hoy solo se sirve cerveza, amigo, es un día de celebración. ¿O quieres algo más fuerte?
-No, no, cerveza está bien.
-Perfecto –añade el barman con una sonrisa-. En seguida te traigo los huevos.
-Bueno –dice Bridge agarrando la jarra-. Brindemos, ¿no? Por…
-Por los nuevos caminos –termina Peter, pero no sonríe, y Bridge se da cuenta de ello.
-No te vas a quedar, ¿verdad? –dice Bridge de pronto.
-No, viejo amigo, no mucho tiempo.
-¿A dónde iras? –como toda respuesta Peter se encoge de hombros.
-¿Te despedirá,s al menos?
Peter solo sonríe.

Francis Connor limpia su vieja moto. Se está bien allí, con el sol bien alto, lejos del alboroto de la celebración. Supone que es algo que se ha debido hacer en todos las guerras de la historia, celebrar la victoria. El ha celebrado como el que más, pero la sangre de los caídos está demasiado reciente. Limpiar su moto le da paz. Es  más que una moto, es una joya, una Harley Dadvison Fatboys del año 95. Toda una antigüedad. Las partes cromadas le han costado un suplicio,  pero por fin brillan a la luz del sol. Le faltan piezas, aun no puede arrancar, pero limpiarla e ir reconstruyéndola poco a poco le da un poco de normalidad a su vida.
-Es una maravilla –dice una voz a su espalda. Helen se acerca a él y su silueta la recorta el sol con mimo. El sol de la tarde hace que toso seas más lánguido.
-Sí, algún día conseguiré que funcione. Ya verás como ruge.
-Casi he olvidado como era el mundo antes.
-Claro, cuando todo empezó no eras más que una niña.
Los dos se callan uno segundos. Como si n supieran exactamente que decir.
-¿Qué haremos ahora, alcalde? –pregunta por fin la chica.
-Vivir, ¿te parece poco?
-¿No es eso lo que hemos estado haciendo?
-No, criatura, lo que hemos hecho es luchar. Día tras día, de una forma u otra. Pero luchar. Es hora de vivir un poco.
-No suena mal –dice Helen, aunque no sabe muy bien que hacer con su recién adquirida vida.

Johnnie lleva una hora buscando a Doc, le sigue costado llamarle Peter. Así que como no le encuentra, se queda en el bar de Sergei. El bar a está a reventar de gente, y nunca le ha costado demasiado hacer amigos y en ese momento todo el mundo quiere ser su amigo. Al fin y al cabo es un héroe. Después de tres bourbons todo empieza a ir más engrasado y las dudas que le azuzan, los temores que le apremian parecen querer una copa también. Está contando una anécdota, una vez que él y el Doctor se emborracharon tanto que no eran capaces de encontrar a Betsy, que estaba a la vuelta de la esquina. Todos ríen, Pero él solo ríe por fuera, pues no sabe muy bien dónde está su amigo, ese con el que recorrió los caminos sin un destino. No le reconoce en ese ser siniestro que ha vuelto de la tumba, pero es de suponer que él mismo también ha cambiado. Lo siente en como Helen le mira, supone que es un hombre muy distinto del que era cuando se separaron. Y ella es una mujer completamente distinta de la niña a la que perdió años atrás. Todo ha cambiado. Al menos el bourbon no ha cambiado y la sensación que produce tampoco. El mañana, espera, debe estar aun muy lejos, y el mundo es tan amplio como la barra de aquel bar. Y lo demás ya se verá..

La fiesta va acabando y todo el mundo cabalga a lomos del dragón. El licor ha curado muchas heridas, al menos de forma momentáneamente. Casi todo el mundo duerme. Gente en los pasillos, en las estancias, y el silencio después de la tormenta que hace que todo parezca pacífico. Una sombra se abre paso furtivamente entre la gente, casi invisible. Paso junto a Bridge, sentado en el suelo, apoyado en la pared y durmiendo entre los brazos de la chica que le ha besado por la tarde. Peter sonríe, buena suerte muchacho, piensa. Sigue andando entre la gente. Saluda a algunos rezagados de la fiesta y sale a la calle. La noche es tan negra como cualquier otra. Para el devenir de las estrellas todas las tribulaciones humanas no son más que una mota de polvo cósmico. El horizonte difuminado no es de mucha ayuda, la verdad, así que empieza a nadar sin más, cuando la voz de Helen le llega desde la espalda.
-¿No dices adiós?
-No sabía como decirlo.
-Ya. ¿Tampoco te has despedido de tu tío?
-Sí, he pasado a decirle adiós.
-¿Y de Johnnie?
-Sí, bueno, Johnnie no sabe muy bien quién soy ahora mismo. Ni siquiera yo lo sé tampco.
-¿Es un adiós, entonces? –Pregunta Helen.
-¿Quién sabe?
Peter no dice nada más. Helen no sabe tampoco quién se supone que debe de ser ella misma en ese momento. Peter va desapareciendo en la oscuridad. No siente que tenga mucho más detrás de ella misma, pero aquel mundo parece tan grande, que en ese momento le da miedo. Se da la vuelta y vuelve al interior de la ciudad, quizás una cerveza más no venga mal. Es el fin de muchas historias, el inicio de otras, quizá.


The end

Cast

Johnnie Walker:  Juan Izardui
Doctor Spawlding/Peter Connor: Pedro Maza
Bridge: Javier Puente “Monu”
Ben Martin: Benjamín Martínez
Helen: Helen Hache
Ralphy: Rafael Martínez
Francis Connor: Francisco “Paco” Contreras
V: Vero
Sergei: Sergio Encinas
Jacob: Jaco
El Líder, Jeremiah Kiskembauer: Ángel Méndez
El General Xavier: Javier Palou
El coronel Antón Henninger: Antonio Martínez
Silvio Panterini: Javier Martínez “Panteira”
William: Marshal
Betsy: Iveco 3

Todos los demás personajes son ficción y cualquier parecido con personas reales es coincidencia.

jueves, 2 de diciembre de 2010

La invasión de los girasoles mutantes


Episodio 28: ¿Es tiempo de venganza?
Walker esquiva golpes. Está más que claro que los cortes que le ha producido el bisturí hacen que Jeremiah vaya mucho más lento, pero aun así su rapidez es mortal y a Johnnie le cuesta cada vez más esquivar las embestidas del Líder de la Corporación. Ha conseguido hacerle un par de cortes más, nada serio, heridas superficiales, pero que también sangran. El problema es que hace ya unos minutos que el bisturí salió disparado de su mano y sabe que es cuestión de tiempo que uno de los golpes de su oponente le deje inconsciente y entonces todo se habrá acabado. La verdad es que eso antes no le hubiera importado, cerrar los ojos de una maldita vez, dejar de pelear y sumirse en la nada del más allá, pues, por supuesto, él jamás ha creído en que hubiera nada después de la muerte. Pero con el Doctor volviendo de la tumba convertido en no sé qué y esos medio ángeles revoloteando  por encima de sus cabezas, el Diablo y todo aquel desbarajuste, ya no sabía que demonios creer. Ni siquiera la idea de la muerte podía servir de consuelo en aquel condenado mundo. Esquiva un golpe directo al cuello pero acto seguido el Líder le propina un demoledor golpe con la mano abierta en el pecho que le lanza contra el suelo. Su primer instinto es levantarse, pero su cuerpo le dice delicadamente, con una violenta sacudida de dolor que le recorre de arriba abajo, que se lo tome con más calma. A su derecha, a un par de metros, puede ver el destello salvador del bisturí. Sabe perfectamente que no llega pero aun así estira la mano, como quien mira a las estrellas en busca de respuestas que sabe nunca llegarán. El Líder se acerca a él renqueante y le pisa el antebrazo, por suerte, no puede diferenciar bien el dolor que le produce el pisotón del que le recorre el resto del cuerpo.
- Es lo que me cabrea de verdad de las ratas –dice el Líder-. Que no sabéis cuando rendiros. Cuando ha llegado vuestro final y seguís pataleando y mordiendo sin parar.
- Acércame el cuello y verás lo que es morder, bastardo.
- Ya está bien de dramatismos, muchacho. Esto ha acabado.
Para aseverar su afirmación, pisa con más fuerza el brazo de Johnnie que, ahora sí, ya empieza a discernir cual es el dolor del pisotón.
-Nosotros no importamos, canalla. Vendrán más, serviremos como ejemplo. Ahora sois visibles y es evidente que se os puede golpear.
- En algo tienes razón, niño. Serviréis como ejemplo, pero no de la forma que tú crees. Vuestra insignificante rebelión ha sido aplastada casi antes de empezar y eso le demostrará a cualquier cucaracha lo que les pasa a quienes se atreven a interponerse en nuestro camino.
- Ya no hay nada que temer. Hemos fracasado, pero al menos hemos reducido a escombros tu pequeño sueño de locos. No tienes nada, solo un puñado de monstruos psicópatas. Tus hombres han huido, tus generales han muerto y el mundo sabrá que no sois más que un puñado de locos. Solo es cuestión de tiempo que la gente se vuelva a levantar.
El Líder, cegado por una furia maligna, aumenta la presión de su pie sobre el brazo de Johnnie, quien hace todo lo posible por no quejarse, para no darle a su enemigo, en el último momento, la satisfacción de verle sucumbir, de verle rendirse.
-Tus miras son tan estrechas que aun no te has dado cuenta. Levantaré otra vez el IV Reich y cuando acabe no habrá nadie que deseé levantarse contra nosotros, porque solo poblarán la tierra aquellos que sean dignos.
-Eres un demente. Nadie te ha dado el derecho para que decidas quien merece vivir y quién no.
-Si un hombre es lo suficientemente fuerte para coger las riendas de su destino, para coger el mundo y torcerlo a su voluntad, tiene derecho a hacer lo que quiera. Es lo que tu mente limitada no alcanza a entender.
- Ya, pues lo que tu mente superior no alcanza a entender es que en esta habitación hemos entrado dos.
Jeremiah se gira al momento pero es tarde. Bridge le clava el bisturí en el ojo con un gesto fugaz y certero. El Líder empieza a gritar de forma espantosa con las manos en el rostro, revolcándose por el suelo. Bridge se acerca a él y la emprende a puntapiés con el hombre hasta que este se queda muy quieto. Entonces, con un gesto la verdad que nada grandilocuente, como quien se agacha a coger las llaves que se la han caído, Bridge mete la mano en el bolsillo del Líder y saca el dispositivo que se supone destruirá la plaga de girasoles mutantes. Lo alza hasta su cara y lo mira sin demasiado interés.
-Es curioso –dice-. Tantas cosas pendientes de algo tan pequeño.
El dispositivo se le cae al suelo chocando pesadamente. Johnnie, que ha empezado a incorporarse, le lanza una mirada asesina. Así que Bridge se agacha rápidamente y sin más ceremonias aprieta el botón rojo. Le sorprende el hecho de que no siente nada demasiado especial. Luego ayuda a levantarse a su amigo.
-Venga, salgamos de aquí, muchacho. Nos hemos ganado unas vacaciones.
-Y que lo digas, amigo –responde Johnnie, mientras va recuperando la movilidad de su cuerpo, lo que también hace que sea, más que nunca, consciente de todo el dolor que aqueja sus miembros-. Un momento, Bridge, donde está ese malnacido.
Cuando giran la cabeza para buscar a Jeremiah, ven que está junto a una de las paredes. Sangra por los cortes que Johnnie le ha producido con el bisturí. Sangra por la terrible herida el ojo. Pero esta vivo y lanza a los dos compañeros una mirada absolutamente asesina, bueno, más bien media mirada. No dice nada. Está ahí y un segundo después la pared gira y el Líder desaparece. Bridge hace el amago de salir detrás de él, pero Johnnie le agarra.
-Déjale, es solo un pobre hombre tullido y solo. Déjale que rumie todo su amargor, ya encontrará su merecido.
Trabajosamente, apoyados el uno en el otro, Bridge y Walker empiezan a andar hacia la salida.
- Por cierto, Bridge. Buen golpe, directo al ojo –dice Johnnie.
- Ya, sí. ¿Sabes? Apuntaba al cuello.

Hasta aquí hemos llegado, piensa Helen. Al fondo de la sala pueden ver la puerta de salida, con la palabra EXIT escrita luciendo con un leve tono verde como si fuera la puerta al cielo. El problema es que la sala está llena de girazombis que les rodean por todos lados. Allí están, las dos, espalda con espalda y, sin ningún tipo de duda, piensa que es el momento más extraño de su vida. Lamentablemente también va a ser el último. No le parece extraño que su vida vaya a acabar estando la Capitana Celin Delpy cerca, pero hubiera sido más lógico haber encontrado la muerte a manos de esa mujer, no luchando codo con codo con ella.
-Irónico, ¿no? –dice Celine.
-Ahórrate los discursos, cariño. No le demos más vueltas al hecho de que no vamos a salir de aquí.
Saben que en cualquier momento los zombis atacarán, de hecho es bastante extraño que no lo hayan hecho ya. Aprieta con fuerza la empuñadura del cuchillo. Cierra los ojos por un segundo. Llegó la hora y piensa enfrentarla, no hay más. Así son las cosas. Decide, en último momento, que prefiere lanzarse contra la marabunta que dejar que ésta le coja agazapada. Así que se lanza contra  uno de los zombis, justo cuando la cabeza de éste estalla y le salpica con fluidos y partes de cerebro. Los demás empiezan a chillar y sus cabezas empiezan a correr la misma suerte. Las dos chicas se abren paso a través de los zombis que chillan de forma horrible y estallan, esparciendo su interior por todas partes. Cuando Helen y Celine llegan por fin a la calle, la luz del alba les da una áspera bienvenida. No se detienen, siguen corriendo, por las calles de una ciudad moribunda.

Ya no quedan balas. Los Npehilim están cansados y su fuego cada vez brilla menos, tanto es así, que Jacob destroza cráneos de zombis y girasoles con un cuchillo y con las propias manos. Francis Connor golpea con la culata del fusil a todo aquel engendro que se cuelga del boquete, abierto por una explosión, de la pared del edificio. Pero los monstruos se encaraman ya a cada saliente y empiezan a subir. Ese es el final, ya solo queda llevarse cuantos más engendros puedan por delante antes de irse para el otro barrio. Un girasol se lanza contra él, está apunto de lanzarle las pipas pero Connor le gira la cabeza justo a tiempo. El girasol se retuerce, le golpea con las manos y con los pies. Connor sigue girándole la cabeza hasta que oye un chasquido y el monstruo cae al suelo. Pero solo para que otro le sustituya.
Jacob corta cabezas, manos, rompe cráneos, pero parece que por cada enemigo muerto surgen tres de las cenizas de éste. Algo detrás le llama la atención, se gira todo lo rápido que puede, pero solo para ver como un girasol, con las garras extendidas, vuela por los aires hacia él. Se pone en guardia en un segundo, pero en su interior sabe que es tarde, que el ataque del girasol le ha cogido por sorpresa. Un segundo después lo que llega hasta él no son las garras afiladas de la criatura, sino un montón de líquidos. El girasol ha estallado por los aires. Jacob no entiende lo que pasa, pero a su alrededor todos los enemigos están sucumbiendo entre terribles chillidos. En pocos segundos, todos los monstruos de la planta han estallado y un terrible sonido viene de fuera, de la plaza. Todos los supervivientes miran por los boquetes de las explosiones y ventanas y ven un espectáculo dantesco, como cientos, miles de enemigos, estallan en pequeñas explosiones verduzcas, rojas y amarillentas. Los chillidos hielan el corazón y se elevan llenado toda la ciudad. Connor piensa que debe ser uno de los amaneceres más horrendos que el mundo ha visto si eso se está repitiendo por todo el planeta. Unos minutos, eso es lo que tarda todo en acabar. Luego el silencio. Un silencio como esa cansada tierra no había sentido muchos años. Cuando Jacob y Connor, seguidos de todos sus hombres, bajan a la plaza, ésta está cubierta por un lago viscoso de un extraño color que les cubre hasta los tobillos.
- Parece que lo han conseguido –dice Jacob.
- Si, solo hay que averiguar a que precio.
-Ningún precio será alto. Al menos para el mundo.
Connor da instrucciones para que sus hombres empiecen a preparar la partida. Algunos deben encargarse de buscar tropas enemigas rendidas y ponerlas bajo custodia y otros deben buscar vehículos que funcionen para preparar la marcha. En cuanto a él, está tan cansado que no quiere ni pensar en dar una sola orden más. Solo quiere dormir durante diez días, al menos.
- Por ahí se acerca alguien –dice Jacob señalando a cuatro figuras se acercan hacia ellos. 
Las armas  se levantan pero no tardan en bajarse al ver que se trata de Johhnie, Bridge, Helen y una mujer alta que Connor solo vio un par de veces, hace tiempo, pero que no iba a olvidar. Cuando llegan todos se abrazan.
- ¿Qué hace ella aquí? –Pregunta Connor señalando a Celine.
-Escapamos juntas  -dice Helen-. Es el único mando de la Corporación que hemos atrapado o que ha sobrevivido. Será un juicio interesante.
Rápida como una centella, Celine coge por detrás a Helen y apunta a su sien con la pistola.
-¿Juicio? ¿De verdad pensabas que me iba a dejar atrapar como un corderito? Bien, chicos. Esto es lo que vamos a hacer, la señorita y yo nos vamos a ir y cuando yo este a una distancia que considere segura, la soltaré. Todos hemos visto películas, así que sabéis como funciona. Si alguien nos sigue, si veo algo raro, bla, bla, bla, bla, la chica muere.
-Más vale que me mates, puta, porque cuando me sueltes pienso acabar contigo –escupe Helen.
-¡Venga! Si yo pensaba que ya éramos amigas.
Celine empieza a retroceder, arrastrando con ella a Helen. Pero algo puntiagudo le pincha en la espalda. Antes de girarse ya sabe lo que es.
- Suéltala.
La voz de Peter es más fría y cortante que la propia hoja de Tadeusz que le pincha en la espalda. Suelta a Helen, quien se separa con furia y se vuelve a lanzar contra ella, pero levanta la pistola y a apunta a la frente.
-Quieta, fiera –dice Celine sonriendo con tristeza-. O no me iré sola.
En ese momento varias decenas de armas apuntan a Celine. Peter aparta la espada, se pone delante de ella y sube la hoja hasta el cuello de la mujer.
-Tira el arma.
Celine obedece. El aire casi se detiene, nadie habla y si se escuchara detenidamente podría oírse el latido  de los corazones.
-¿A qué esperas? Mátala –dice Helen.
-Es tu venganza, amigo –dice Johnnie-. La tienes delante. Es lo que esperabas.
Peter no mira a nadie. Solo mira al cielo, con una sonrisa melancólica en el rostro. Como si estuviera lejos de allí. Y la verdad es que le encantaría estar muy lejos de allí. Mira a Celine y se da cuenta de que la belleza del rostro y los ojos de es dríade moderna podrían hechizarle de nuevo. Pero ahora él es más fuerte. Ahora es distinto. La espada pesa en la mano. Pero es un peso extrañamente reconfortante. Vuelve a sonreír. Baja la espada.
-Vete. No quiero volver a verte. No vuelvas a cruzarte en mi camino ni en el de ninguno de mis amigos. Vete tan lejos como puedas.
-¿Estás loco? No podrás volver a mirar por encima del hombro. Si no la matas tú la mataré yo –dice Helen echando mano del cuchillo.
Peter, sin mirarla, levanta la hoja de Tadeusz y apunta a la cara de Helen, que se detiene al momento. Johnnie da un paso adelante pero Bridge le agarra del brazo. Celine, le tira un beso a Peter y aprovecha el momento para salir corriendo. Peter mira con extrañeza a Helen y baja la espada. Se acerca a la chica y le da un beso en la frente.
- Lo siento. Pero la venganza te seca. La venganza me ha convertido en el ser triste, solitario y oscuro que soy ahora. Así que veámonos de este vertedero y pillémonos una buena.