lunes, 14 de marzo de 2016

La invasión de los girasoles mutantes 2. Proyecto Voz de Dios.

Episodio 16. Muchas veces yo (parte II).

Tienen el objeto delante y ninguno sale de su asombro, sobre todo Bridge y Peter, aficionados a la historia como son. Lo tienen delante, pueden tocarlo, pero su mera existencia rebate todo lo que los presentes conocían de la historia del mundo. Lo que tienen delante es una estela de piedra. No tiene ningún dibujo, aparte de la silueta de una mano en medio de la losa de piedra de algo más de metro ochenta de alto. Lo que si tiene es varias inscripciones, dañadas por el tiempo y solo parcialmente legibles, lo cual no tendría nada de extraño, si no fuera porque, según el  tipo que se hace llamar Harry numero 56, tiene varios centenares de miles de años de antigüedad y se encontró en Sudamérica. Por eso el hecho de que las inscripciones estén en jeroglíficos egipcios, en escritura cuneiforme, glifos del altiplano y algún idioma más que no son capaces de reconocer, hace que sea hasta algo espeluznante tener delante aquel objeto que desafía la historia. Imagínate, dice la vetusta copia de Harry Street y su mirada parece perderse en algún punto perdido de un espacio y tiempo muy lejanos a aquel laboratorio subterráneo y ultra secreto. Imagínate cuando descubrieron esta preciosidad en una cámara secreta del Templo de las Inscripciones. Imagínate como se debieron sentir, todo su mundo se debió derrumbar, como imagino que se está derrumbando el vuestro ahora mismo.
-¿Es auténtica? -Pregunta Bridge, que siente un enorme cosquilleo en el estómago.
-Totalmente -responde el numero 56.
-Pero, ¿qué tiene que ver con migo, contigo, con todo este lugar? -Pregunta Harry.
-La inscripción, querido hermano -responde Harry 56 sonriendo enormemente-. En todas las lenguas pone lo mismo. Es un código genético, registrado por una mano que se nos escapa en los albores del tiempo.
-Un código para qué.
Harry 56 mira a su hermano y vuelve a sonreír, mientras le golpea suavemente en el pecho con un dedo indice huesudo. A ti. A mi. A todos nuestros hermanos fallidos. Es un código genético para construir un humano, a ti, a mi. Un humano especial, por que la secuencia difiere un poco de los humanos normales. El problema era que la tecnología de la que disponían nuestros creadores estaba mucho menos avanzada que la de quién registró ese código en piedra. Tampoco ayudaba el hecho de que la inscripción estuviera tan dañada, de ahí las copias menos afortunadas que has visto al entrar. Por fin dieron con la clave, y nací yo. Luego, todo es historia. Los girasoles. La civilización que se fue al garete. Me quedé aquí, solo, con toda esta información en mi cerebro, la misma que tienes tú, y con la maldición de que nunca podría saber par que fui creado, cual es el secreto que esta piedra ocultaba.
-¿Entonces? -pregunta Laura-. ¿Tú creaste a Harry?
-Tenía toda la información en mi cabeza. Podía repetir el proceso. Pero luego pensé que ya que yo no había podido vivir una vida de verdad, como un hombre libre, uno de nosotros se merecía ese derecho. Así que te implanté unos pocos de recuerdos falsos, lo de despertarte en un laboratorio subterráneo y todo eso y te llevé fuera de la ciudad por los túneles de alcantarillado. Te lancé al mundo, para que pudieras vivir una vida normal.
-Pues como puedes comprobar he tenido de todo menos una vida normal. Y ahora descubro que soy un puto muñeco manufacturado en serie.
-Eso no es verdad, tío -Interviene Johny-. Hemos viajado, peleado y nos hemos jugado la vida contigo. Eres tan humano como cualquiera de nosotros.
-Tiene razón, Harry -asiente Harry 56-. En ese código no solo había información, había mucho más allá de órganos, pelo, uñas. Hay algo más que nuestros creadores no podían entender y que costó mucho reproducir, de ahí que hayas visto copias perfectas que no fueron viables. Había, no sé cómo decirlo, un hálito vital escondido en la linea genética.
-Esto es demasiado. Necesito sentarme.
Thrud se acerca a la estela y la mira con una sonrisa divertida, pasa la yema de los dedos por la superficie y trata de encajar la palma de su mano en el bajo relieve de la mano que se dibuja en medio de la estela.
-Esto no es piedra. No es piedra normal. Esto es algo más. No fueron manos humanas las que construyeron esto. O al menos no era humano el cerebro que había detrás.
-No se te escapa nada, niña.
-No soy una niña, soy mucho más vieja que tu, amigo. Este objeto se escapa del control de los dioses. Hay algo muy poderoso pero totalmente distinto detrás. Harry, pon la mano aquí.
-¿Qué dices, Thrud?
-Hazle caso a tu amiga, hermano -dice Harry 56.
Harry no entiende nada de lo que está pasando pero hace caso,cruza la sala, se planta delante de la estela y con un miedo que no entiende de dónde sale, pone su mano en la huella.
A todos se les escapa un grito sordo cuando el objeto empieza a zumbar y a hacer ruido. Harry se aaprta asustado del trozo de piedra, que sigue emitiendo un zumbido quedo. Y de pronto, ante los alucinados ojoso de todos, un mapa del mundo se dibuja sen el aire sobre la estela, en una especia de haces láser azules.
-¿Que coño? -Es lo único que acierta a decir Harry. Los demás ni eso, como hipnotizados por la luz azul que sale de la estela de piedra.
-Eso es lo que sois, Harry -dice Thrud, absolutamente fascinada por los destellos azules que se dibujan en su cara- Una llave, una llave para encontrar algo -y mientras dice eso señala varios puntos, seguidos de sus coordenadas al lado, que se dibujan en el mapa del mundo.
-Eso es lo que siempre he pensado y -dice Harry 56-. Yo no me atreví, y puesto que el destino te ha empujado a no vivir la vida normal que soñé para ti, hermano, tienes en tu mano llegar al final de este misterio.
-Y si no nos gusta lo que encontramos al otro lado -dice Ángelo, con un tono de voz de lo más sombrío.
Nadie se atreve a contestar.
-¿Y dónde están esos puntos marcados? -Pregunta Bridge.
-Nuestros creadores los tenían identificados. Tehotihuacan, Mesopotamia, Egipto. Hay un punto para casi todas las grandes civilizaciones y algunos en sitios en los que aparentemente no hay nada. Y uno, amigos -señala uno en la zona del mapa que en su día fueron los Estados Unidos-, uno lo tenéis cerca, el Cañón del Chaco, en Nuevo México.
Y antes de que puedan decidir nada, un temblor en todo el laboratorio apaga las luces de la estela y el mapa desaparece. El temblor presagia algo terrible, como siempre. Sacude todo el edificio, todo el laboratorio, desde la punta de la pirámide hasta los más oscuros cimientos de aquel complejo demencial, les dice, tranquilamente, sin querer inmiscuirse demasiado, pero dejando clara su postura, que deberían ponerse en camino y largarse de allí de una puta vez. Peter se levanta apoyándose en Tadeusz y no hace falta que diga nada más. Todos los demás siguen su ejemplo, mientras Harry sigue con la mirada perdida en la estela que brillaba hace un segundo con un fulgor de milenios. Caroline trata de ayudar a Peter, pero éste, una vez más, rehúsa con una amabilidad sorprendente, a la chica. Puedo yo solo, de verdad. Chicos, Él está aquí, tenemos que irnos.
-Sí, hermano-dice Número 56-. Sea lo qué lo que sea eso que os persigue, no puedes dejar que se apoderen de lo qué se esconde detrás de todo esto.
Un nuevo temblor acompañado por el fallo de luces y el chisporroteo de sistemas informáticos apoya las palabras del clon.
-Harry -dice Johny-. En serio, tenemos que salir de aquí.
Harry vuelve la cabeza hacia sus compañeros, saliendo de pronto del trance.
-Ven con nosotros -le dice a Número 56. Pero este niega con un gesto de cabeza lleno de amargura, de una tristeza resignada que esconde a duras penas bajo una sonrisa débil y temblorosa.
-No, hermano. Soy demasiado viejo. Nunca he estado fuera, solo os retrasaría -y diciendo esto coge a Harry por los hombros-. Llega al final por todos nosotros. Dale un sentido a nuestra existencia.
-Lo haré.
El complejo entero se sacude, fragmentos de techo y pared caen al suelo y algunos de los tanques empiezan a saltar hechos pedazos. Preparan la marcha a toda prisa.
- Seguiré vuestro camino por las cámaras -dice Número 56-. Puedo abrir las puertas desde aquí. Una vez fuera, no miréis atrás.
En marcha otra vez. Peter se mueve con dificultad, pero antes de salir por la puerta, le dice algo a Bridge.
- Bridge, ayúdame, nos llevamos uno de estos.
- ¿Estás loco? ¿Para qué coño quieres eso?
- Ayúdame, maldita sea. Tengo un plan.

Se dan cuanta de que algo no va bien en cuanto salen a la calle y encienden el motor de Betsy. Bueno, más bien se dan cuenta de que algo va aun peor de lo que iba hace un rato. Algo a parte de los temblores de tierra, quiero decir. Y del diluvio artificial que parece que va a comerse el mundo. Y de los rayos que se estrellan aquí y allá emborronando un bonito cuadro de destrucción. Y de que las hordas de draugr corren en una dirección concreta haciendo caso omiso de ellos. Bridge arranca. Empieza a buscar desesperádamente la salida de la ciudad, esquivando muertos vivientes que parecen no verles. Y todos saben, aunque nadie lo dice, como un oscuro secreto compartido en un mortal silencio, porque los draugr les dejan en paz. Algo mucho peor llama su atención. Todos tienen en la cabeza qué, quién más bien, ocupa las corrompidas mentes de los muertos. Pero para que la espera no sea cruel, sin banda sonora y sin fanfarria, al girar una enorme avenida que desemboca una amplia plaza rodeada de la sombra ruinosa de lo que una vez debió ser un inmenso parque, está la imponente figura de Nimrod, plantada en medio de la noche, como si esta no fuera más que un decorado pintado, el escenario desquiciado de un montaje wagneriano dirigido por algún dios demente. Y Nimrod es más Nimrod que nunca, ha multiplicado su tamaño, alimentado la lluvia y los relámpagos, mide casi veinte metros de alto. En torno a sus hercúleas piernas se arremolina un hormiguero de draugr que golpean, arañan, muerden, apalean, disparan, hasta intentan trepar los muslos negros bruñidos del Leviatán, como un ejército de hormigas enfrentadas a un escorpión. Pero Nimrod solo ríe y tapa el estruendo de los truenos.
-Harry Street -dice con una voz que hace hervir la sangre-. No puedes escapar de mi.
Se agacha y clava las manos en el suelo, aplastando una decena de cuerpos decrépitos con cada una. El autobús se estremece con la sacudida que recorre el suelo de la ciudad. Está claro que deberían salir por piernas de aquella maldita locura, sí, pero es que la imagen es tan demencial, que ninguno es capaz de reaccionar. Nimrod empieza a deshacerse, a derretirse, a licuarse. Peter ya ha sufrido la capacidad de Nimrod para convertirse en una especie de liquido duro como el acero. Pero el asombro y el insufrible dolor en el pecho le impiden decir nada.
En pocos segundos Nimrod a desaparecido y otros pocos segundos después son los draugr los que empiezan a desaparecer, engullidos por la tierra. Una mancha negra circular empieza a expandirse por el parque y por donde pasa, el suelo va desapareciendo, hundiéndose en las profundidades de la tierra, tragándose todo, arboles, muertos, todo. Cuando la mancha oscura llega hasta la primeros edificios, estos se derrumban con un estruendo dramático.
-Bridge -dice Johny-. No te quiero meter prisa ni mucho menos. Pero, ¿Qué tal si arrancas de una puta vez y nos vamos de aquí?
Betsy derrapa y sale como una flecha en dirección opuesta. El ruido de su motor, como cualquier otro ruido, hasta el de la tormenta, quedan sepultados por el del suelo abriéndose y precipitándose a un agujero insondable, por el de los edificios engullidos por el vacío, por el ruido, en fin, de una cuidad desapareciendo de la faz de la tierra delante de sus narices, bueno más bien detrás de sus espaldas, pues es la destrucción total lo que les pisa los talones inexorablemente. Es una imagen que, por alguna razón, es más triste que terrible. Lo que pueden ver, Bridge, empapado por la lluvia y el sudor, a través de fugaces miradas por los retrovisores, y los demás perplejos, con las caras pegadas a las ventanas de Betsy, es Las Vegas desapareciendo. La realidad reducida a un mosaico absurdo que se desmenuza. Si las ciudades tienen alma, Las Vegas, aunque joven en edad, es anciana en sueños rotos, en dolor, en felicidad, en risas perdidas, en noches sin tregua, en tragedia, en crueldad, en ilusiones pasajeras y puede que incluso en esperanzas. Todo eso se está perdiendo, segundo a segundo, palmo a palmo, en un inmenso e inmisericorde agujero. El Leviatán se lo come todo y el estruendo de los edificios al desmoronarse, del suelo al resquebrajarse, es el llanto agónico de la ciudad muriendo. Es el grito del mundo por la enorme brecha que se le está abriendo. Es un estruendo que encoge los corazones y que parece detenerse en un segundo mortal cuando la mole de la pirámide del Luxor se hace trizas a lo lejos, estallando en miles de millones de fragmentos de cristal, que mueren como estrellas lejanas sin nombre al precipitarse por el enorme agujero. Poco a poco la ciudad que tantas canciones, películas, fotos llenó décadas atrás desaparece, edifico tras edifico, calle a calle. Casi todos ellos llorarían, si no fuera porque el suelo, a cien metros detrás e ellos, no deja de desaparecer y la carretera tiembla haciendo la conducción insufrible para Bridge. Un grito, no sabría bien decir de quién le llega ahogado por el resto de gritos de horror, un grito de, Bridge por dios písale, ¡písale!. Pero tiene la sensación de que está tocando la carretera con la punta de la zapatilla, ni el puto Pedro Pícapiedra podría pisarle más a fondo. La pena es que no sirve de nada, un esfuerzo sobre humano más tragado por la fatalidad. Puede ver por los retrovisores como el suelo desaparece a su espalda, a su alrededor, como Las Vegas, de la que solo quedan ya algunos edificios aislados en las afueras y las carreteras que salían de la ciudad, que parecen serpientes tratando de escapar de la destrucción en medio de la noche, se desvanece. Bridge ve a su derecha una salida que enlaza con un cambio de sentido elevado. Sin pensárselo, pisando el acelerador a fondo y despidiéndose muy afectuósamente de su cordura, y muy posiblemente del mundo, enfila la subida, escupiendo revoluciones, machacando el viejo motor de Betsy y haciendo caso omiso de los gritos de Ángelo, que ha conseguido adivinar lo que el loco del volante de Bridge pretende. ¡Bridge, hijo de puta. ¿Estás majara? Pero no consigue acabar la frase. La subida se acaba, Bridge ignora la curva, se empotra contra las protecciones de la calzada elevada y Betsy emprende el vuelo. En momentos como ese, la vida se mide en segundos. Un autobús volador. El paso elevado que les ha servido de trampolín que se derrumba tragado por la nada de Nimrod. El suelo bajo ellos que va despareciendo, resquebrajándose aquí y allá. Los sonidos que parecen frágiles en el aire del desierto. El agujero que poco a poco parece pararse. Betsy que empieza a caer. Bridge que cierra los ojos, para no saber si donde van a caer sigue siendo tierra firme. Y de pronto. Como un parto. Como un nuevo Big Bang. Con la música comenzando a sonar, Betsy cae, y al segundo bote sus neumáticos traccionan y sigue por una carretera dulce, una esperanza llena de asfalto.
Bridge grita, bota en el asiento.
- ¡Sí, joder! ¡Soy el mejor, coño! ¡Chúpate esa Nimrod! ¿Habéis visto eso? ¿Lo habéis visto?
Pero cuando se gira un segundo para mirar a sus compañeros, le sorprende el color blanco de sus caras y la expresión de terror (que juraría que es aun peor que la que les estaba provocando la destrucción de Nimrod).También le sorprende la incapacidad aparente de todos ellos de articular sonido alguno, así como la expresión de sus ojos, que si no les conociera bien, diría que es le están diciendo con la mirada, si salimos de esta, te matamos nosotros.
Tampoco hay tiempo para más. Al Leviatán no se le acaban las armas. Del agujero inmenso que ha engullido Las vegas empiezan a salir sonidos y cuando miran hacia allí, unas manos enormes, al menos media docena, surgen de las porfundudides y se lanzan a por ellos. Vuleven los gritos, el miedo y la persecución a todo ritmo con las guitarras tronando, Bridge, en una conducción completamente suicida, esquiva un par de esos puños de hierro que se estrellan contra el asfalto que, empapado por la lluvia incesante, hacen que las maniobras de Bridge sean muy perjudiciales para la salud, ya que pueden matarte por una buena colección de huesos rotos o de un puto infarto. Lo que esta claro es que no va a poder esquivarlas todas. Hay que hacer algo. Y Peter hace algo. Abre la puerta de atrás de Betsy y se lanza a la lluvia, con las alas abiertas. Cuando aterriza, en ese breve segundo de quietud, todos pueden ver que lleva a Harry agarrado por la solapa que, de rodillas, no parece entender muy bien lo que está pasando. Luego grita, grita con todo el poder del nephilim que lleva dentro, y su voz suena rara, oscura, fría. Y su voz suena por encima de la tormenta.
-¡Nimrod! ¿Es esto lo que tu jefe quiere? Pues que lo tenga.
Y un segundo después un un metro de acero ancestral sale del pecho de Harry, cuya cabeza empieza a caer hacia atrás, pero no le da tiempo, pues con un gesto terriblemente rápido, Peter saca la espada del pecho del hombre y le corta la cabeza con mandoble limpio, quirúrgico. La lluvia arrecia y los rayos se reflejan en el cadáver de Harry, en su sangre que la lluvia parece no poder diluir. Peter levanta un vuelo errático. Y se estrella contra el suelo del interior de Betsy.
- ¡Arranca de una puta vez Bridge, vámonos de aquí! -Grita, entre dolores terribles. Nadie dice nada, solo le miran entre asustados y asombrados. Lo último que ve, antes de perder el conocimiento, es la inmensa silueta de Nimrod, ya en su tamaño normal, agachado sobre los despojos de Harry. Luego, por enésima vez pierde el conocimiento y cuando la oscuridad llega ya, le sonríe, es una vieja amiga.



martes, 9 de febrero de 2016

La invasión de los girasoles mutantes 2. Proyecto Voz de Dios.


Episodio 15. Muchas veces yo. (Parte I).

La noche cae con su manto de secretos susurrando cosas tenebrosas a todo aquel necio que se pare a escucharla. Un hombre mira la inmensa y negra planicie que se extiende a sus pies, se extiende hasta lo que bien podría ser el infinito, o el fin de los días, porque la noche es tan negra que las estrellas aguardan asustadas, escondidas en algún rincón. El hombre contempla esa inmensidad, todo lo que abarca entre cielo y tierra, contempla esa negrura y se siente pequeño, muy pequeño. El hombre se llama Peter Connors y, solo por matar el tiempo, trata de imaginar como sería la ciudad que aguarda ahí abajo cuando estaba viva. Intenta imaginar las luces, el sonido, los destellos de vida salpicando aquí y allá el desierto. Ha oído historias como todo el mundo del esplendor de la ciudad, de la urbe que nunca dormía y en la que todo podía pasar en una noche como aquella. Ha oído leyendas de que brillaba tanto que no había rincón del desierto desde el que no se viera su fulgor. La Babilonia moderna que nunca dormía. La ciudad del pecado. Pero ahora yace muerta y su cadáver, imperceptible, mudo, muerto a los pies de la llanura, llena de inquietud a Peter, a pesar de que solo puede adivinar débilmente las siluetas de viejos edificios. Pero está ahí, acechando. Las Vegas duerme un profundo sueño, albergando un oscuro mal, como un dragón aletargado que guarda el fuego del infierno en su interior. Pero Peter se han apartado de los demás porque necesita un poco de paz. O de soledad, más bien. Siente dolor y no le gusta mostrar sus debilidades ante los demás. Se concentra e inmediatamente siente una leve punzada de dolor en el costeado. Pero sigue, lo ignora, aprieta los dientes, busca la oscuridad, el poder dentro de él. Sus ojos se vuelven negros, de un negro que apaga la noche. El poder del nephilim lo extrae de una oscuridad que se agarra a su interior, como pegada a cada célula de su ser. Ese poder tira de él, lo desgarra, las alas, que despliega con esfuerzo, cada bola de fuego angélico, todo le desgarra por dentro y le vacían y necesita volver a llenarse. Se mira las manos y trata de formar sendas bolas de fuego, pero el dolor empieza a ser insoportable. Para y sus ojos vuelven a su color normal. Cuando se estira para combatir el dolor se da cuenta de que tiene a Laura delante y la chica le mira aterrada, blanca. Ella nunca le ha visto antes desplegar su otra mitad. Te acostumbras, le dice, no tienes que temerme.
- Lo siento, no quería molestar -dice ella-. Estaba buscando a Bridge.
- Le he visto antes ahí, un poco más abajo, cerca de esos coches abandonados.
Laura le da las gracias y al pasar junto a él le pregunta, ¿te duele? Peter trata de improvisar una forzada sonrisa y dice, tranquila, estaré listo cuando llegue el momento, al tiempo que piensa, eso espero.

He visto a Peter, bueno, ya sabes, con las alas y todo eso. Acojona, cuanto menos. Dice Laura cuando llega donde está Bridge. Este sonríe, cansado. Lleva un rato tratando de buscar cualquier cosa de utilidad en los coches abandonados que atestan la vieja autopista.
- Tranquila. Se pueden decir muchas cosas de él, pero al final siempre ha estado de nuestro lado.
-Ya. Supongo que haber vivido en un mundo destruido por unos girasoles mutantes debería haberme preparado para todo. Pero esa mierda angélica o demoníaca es muy fuerte. ¿Se supone que ahora debo creer en Dios?
-No creo -dice Bridge al tiempo que recuerda el ejército de nephilim que luchó con ellos. Y recuerda a Nimrod-. Hay más de un dios, me temo, aunque no sé qué son. Lo que está claro es que si Dios existe no nos hace ningún caso. Así que qué le den.
-Sí, guapo, tienes razón. Seguro que si existe es un paleto.
Bridge sonríe y besa a Laura y luego le limpia la primera gota de lluvia que aparece en su frente.
-Últimamente llueve mucho en el desierto.
Las palabras de Laura mueren al mismo tiempo que la sonrisa de ambos. El primer trueno llega con la voz de Peter gritando que tienen que irse, pero ya. Cuando llegan a Betsy el aguacero ya es una tormenta y los limpia parabrisas y las luces apenas pueden hacer nada por esclarecer el camino. Johny conduce casi por instinto, esquivando los coches abandonados.
-¿Crees que es él? ¿Qué es Nimrod?
-Algo me dice que sí -contesta Peter-. Sea como sea no podemos quedarnos a averiguarlo, mejor jurárnosla en la ciudad que con lo que sea que venga detrás, eso seguro.
Nadie se fija en Thrud. No habla y el resplandor de sus ojos es tenue en esa noche cerrada. No pierde de vista las calles abandonadas que empiezan a dibujarse en la oscuridad, bajo la lluvia. Hay algo en el ambiente. Algo huele a podrido. Hay algo enfermo y malvado en el aire. Algo que le trae recuerdos de tiempos remotos. Abre la boca para hablar, casi de manera inconsciente.
-Chicos, hay algo en esta ciudad. Algo maligno, algo corrompido.
-Como lo que nos persigue -dice Caroline.
-No, esto es distinto.

Solo unos pocos kilómetros separan a Nimrod y su señor de Las Vegas. Y la voz del leviatán le hace cosas terribles a la noche.
-Hay algo en ahí, señor, algo que no nos va poner fácil la presa. algo antiguo y maligno.
-También lo noto -responde Sorbinus-. Su mente recorre las calles notando algo descorazonador, algo latente y vivo de una manera extraña y ancestral. Su poder es grande, pero es consciente de que hay poderes de orígenes oscuros que se escapan a su compresión. Y allí hay uno de esos poderes, de esos que escapan a la ciencia y a su enorme intelecto-. No tenemos tiempo para que nos retrasen ni para pelear. Es hora de cortar por lo sano y les muestres a todos el verdadero poder del Leviatán.
Nimrod, bajo el intenso aguacero que su presencia crea, sonríe y cierra los ojos. Tras él, varias decenas de Plaga cierran los ojos al mismo tiempo y se sientan en el suelo. Nimrod empieza a concentrarse y el aguacero se hace más intenso.

Están frente al edificio del Casino Luxor. La pirámide que increíblemente parecieron dejar registrada los anasazi tantos milenios atrás. Harry está muy serio, no articula palabra. Aquel sitio le produce una extraña sensación. La verdad es que ninguno habla. Las palabras de Thrud se les han clavado en el corazón. Debe ser por eso que aun no se han atrevido a salir de Betsy. La antinatural lluvia y la presencia de eso terrible y oscuro que presiente la chica no hacen que la bienvenida al hotel casino Luxor sea todo lo agradable y cálida que debió ser en la época de esplendor de aquella ciudad. Las reproducción, desvencijada por el tiempo, de la esfinge tampoco ayuda. Carcomida por las décadas a la intemperie, aun conserva sus rasgos en gran parte, pero su mirada, de noche, bajo la lluvia, es aterradora.  Hasta que la voz de Ángelo hace que algo inerte y prefabricado como la estatua no sea más que eso, algo falso y carente de peligro. Porque cuando Ángelo dice, ahí a alguien, algo se está moviendo, pronto los vestigios de un lugar dedicado al juego y la diversión, son el menor de sus problemas. Efectívamente. Sombras en todas direcciones. Se mueven tambaleantes, pero extrañamente seguras en su itinerario hacia ellos. Un murmullo empieza a levantarse por encima del ruido de la tormenta, lo que unido a este, hace que el terror se pasee por el interior del viejo autobús a sus anchas. Peter, inconsciéntemente, ignorando el dolor, vuelve sus ojos negros y aferra el puño sobre la empuñadura de Tadeusz. El sonido de armas al amartillarse parece una vieja y triste canción que nadie desea cantar, pero que no queda más remedio que hacerlo. Una miríada de ojos rojos y el murmullo, salido de gargantas que poco tienen de vivas. Pero su mirada no está perdida, ni deambulan, les miran con esos ojos rojos como el fuego, como la sangre, y en su mirada hay odio, un odio ancestral, eterno y sin tregua. Se han parado a unos diez metros de Betsy. No tienen prisa, no les molesta el agua fría cayendo sobre sus putrefactos miembros. Acechan a su presa. Algunos llevan armas de fuego y les apuntan, otros bates de béisbol, barras de hierro, cuchillos. Otros solo enseñan una dentadura negra y con un aspecto poco tranquilizador. Hasta se podría jurar que algunos de ellos hablan entre sí en un idioma que parece ser poco más que murmullos guturales. Pero lo peor es el hedor. Un hedor a decadencia, a podrido, a maldad encarnada y primigenia.
-Draugr -dice Thrud en un lamento agónico.
-¿Estás de broma? -Pregunta Peter.
-¿Qué? -Johny se encara con su antiguo camarada. ¿Tú sabes lo que son esas cosas?
-A mi me parecen zombis, huelen como zombis, al menos -dice Bridge.
-Son muertos vivientes, sí -explica Thrud-. Pero no zombis. Son espectros malignos, viejos como el mundo, llenos de una maldad ancestral. Se apoderan de cuerpos muertos para caminar por el mundo. Antíguamente cuidaban las tumbas y sus tesoros.
-Tiene sentido -interviene Peter-. Esta ciudad se creó a partir de la nada cimentada con ambición, con avaricia. Y está sembrada de odio y cadáveres por todos lados. Cuando la gente murió, esas cosas se sentirían atraídas como las polillas a la luz.
-Y defenderán estas calles con uñas y dientes -reflexiona Harry.
-Son poderosos, y fuertes, y listos -añade Thrud-. Tenemos que movernos. Ya.
-Bridge -Grita Johny- Dirígete a la puerta de la pirámide. Las cámaras acorazadas del casino y el hotel son nuestra única posibilidad por el momento.
Bridge no necesita mucho más espoleo, sobre todo cuando los primeros disparos empiezan a estrellarse contra el armazón de Betsy  y la marabunta de muertos vivientes se lanza contra ellos con un grito aterrador. Pero sobre todo cuando ve como unos cuantos de esos fiambres fantasmales empiezan a aumentar su tamaño hasta unos tres metros y dan enormes zancadas hacia ellos. De hecho, tiene que hacer gala de toda su pericia, de todo su esfuerzo para controlar el volante cuando una de esas moles golpea la parte de atrás de Betsy y el vehículo empieza a bambolearse penosamente. Bridge trata de recuperar el control, ltratadose por delante unos cuantos de esos desgraciados, pero en seguida otros, en una proporción que asusta, ocupan el lugar de los caídos. Celine y Johny disparan desde las ventanillas para ir abriendo camino a Bridge, que por fin tiene la puerta a la vista, y no hay demasiados de esos engendros delante de ellos. Va muy deprisa y no puede evitar recordar otro momento en el que también su vida pendía de un hilo y se lanzó contra un edifcio, también con una horda demoníaca detrás. Y esta vez siente que no puede hacerlo, así que derrapa, en una maniobra tan hábil que le sorprende hasta a él, y deja la puerta de Betsy a un par de metros de la de la pirámide. Johny pasa a su lado y dice, sin mirarle, no lo repites ni en cien años. Todos bajan y Celine, Peter y Caroline se apostan en los laterales, cubriendo con armas pesadas a los demás. Abrid rápido esa puta puerta, grita Celine. Pero están cerradas a cal y canto. Johny descarga la furia de su fusil contra ellas, pero nada, evidéntemente están blindadas.
-Esperad Caroline abre de un  disparo una placa que hay junto a las puertas y descubre un viejo terminal de ordenador-. Puedo abrirlas, creo, pero necesito tiempo.
-Nena -le grita Peter bajo la lluvia-. No tenemos ese tiempo, están aquí ya.
Los draugr gritan como locos ante la inminencia de sus presas, babeando y disfrutando el sabor de la segura caza. Y Thrud salta. Por encima de Betsy en una acción de lo menos humana. Desde lo alto del autobús, con las espadas desenfundadas, empieza a brillar. Su fulgor es tal que parece detener la misma lluvia y sus ojos ya no tienen el leve tono dorado que parece relucir cuando les da el sol. No, brillan, con una luz dorada que arrasa la noche. Cuando habla su voz es muy distinta y sus palabras hacen que los draugr se detengan en seco y le miren con lo que hasta parece miedo.
-¡Alto, espectros ancianos! -Dice-. Me debéis respeto, si no a mí, a mi padre. Reconocéis mi poder y sabéis a que os enfrentáis. Dejadnos pasar.
¿Quién eres tú, que brillas y haces doler los ojos?
La voz sale de todas las gargantas a la vez. O quizás de ninguna, nadie podría decirlo.
-¿Tenéis que preguntarlo? ¡Soy Thrud, hija de Odín, Padre de Todos!

-¿Qué coño? Es una... -Bridge no puede ni acabar la frase.
-Valkiria, sí -dice Peter pasándole el arma.
-Tú lo sabías -le chilla Celine-. Lo dijiste en el helicóptero.
-Todos lo sabríais si supierais algo de mitología nórdica. Preparaos para cruzar la puerta en cuanto la abra Caroline.
Tu padre ya no tiene poder aquí. Estas no son sus tierras, Thrud, hija de Odin, Padre de Todos. Dice la voz que sale de mil gargantas muertas. Como inmediata respuesta, un rayo se escapa de la tormenta, cae sobre Thrud y sale despedido contra los draugr, friendo en el acto a varios de ellos, lo que provoca un grito quedo y tétrico que recorre las huestes de no muertos.
-Será mejor que os deis prisa. Tienen razón, el poder del nombre de mi padre es limitado en esta época, no les detendrá por mucho tiempo -dice Thrud. Su voz vuelve a sonar normal, pero los ojos aún brillan como dos pequeñas estrellas.
Caroline grita, ya está, y las puertas se abren como una promesa incierta en la noche. Todos adentro, grita Peter. Cerrad detrás vuestra, vamos.
-¿Tú que vas a hacer? -Pregunta Caroline.
-Obedece maldita sea, Johny, llévatelos, vamos.
Johny coge a la pelirroja del brazo y tira de ella. Es como una palabra que rompe el hechizo. Thrud cae sobre su rodilla derecha y su fulgor desaparece, devolviendo a la noche y a la lluvia su protagonismo. Y sobre todo al murmullo quedo del ejército putrefacto que se vuelve a lanzar contra ellos con un chillido abrasador. Peter echa una última mirada y ve a Johny y Caroline mirándole cuando la puerta se cierra delante de ellos. Despliega las alas y sube, ignorando el dolor, al techo del autobús. Agárrate bien, le dice a la valkiria, que le sonríe levemente, empapado su rostro en la lluvia incesante. Y levanta el vuelo con un golpe seco de alas negras. No puede volar, el dolor insufrible del costado se lo deja claro. Tampoco es su intención. Por desgracia, su plan es menos elegante. Y más descabellado. Y sobre todo va a ser mucho más doloroso. Cuando ha llegado a la altura que necesita, le susurra al odio a Thrud que esconda la cara y se lanza en picado sobre la superficie negra de la pirámide. Atraviesa la superficie de vidrio y protege su cuerpo y el de la chica, que nota ardiendo a pesar del frío, creando un caparazón con las alas. El impacto contra el suelo es una dura dosis de realidad. Las vueltas de campana de después una cruda lección de lo dura que es la vida. Luego queda tumbado boca arriba, las alas desaparecen y puede ver el rostro claro y perfecto de Thrud sobre él, sonriendo. ¿Todas tus primeras citas acaban así? Le pregunta.
-Lo de la noria está muy visto, nena -dice, pero una ola de dolor le recorre y le borra la sonrisa de la cara. Thrud se incorpora y junto a Bridge ayudan a Peter a levantarse. Caroline acude corriendo y Peter se apoya levemente en sus hombros. Tranquila, estoy bien, cariño, le dice tratando de tranquilizarla.
Unos golpes en la puerta reclaman su atención en la escena.
-Esa puerta no les detendrá mucho tiempo, me temo -Thrud señala las puertas cerradas y todos pueden ver como un humo negro, una presencia volátil, un halo leve de olor insoportable se cuela por cada rendija de la estructura del edificio. Segundos después, de cada parte fantasmagórica del viejo casino, de cada rincón de la sala, que es una mueca ruinosa de lo que debió ser en su momento, las banquetas, las mesas, las barras del bar, las viejas botellas, aun con líquido dentro, surge una vez más el murmullo quedo de los no muertos y, al tiempo que la puerta comienza a aboyarse por los golpes de algo terriblemente grande y fuerte, más de una decena de cadáveres salen de las sombras. Se lanzan a por ellos, pero no les da tiempo a nada, Caroline grita, ya estoy arta, y su coleta y sus pistolas dan buena cuenta de los cadáveres putrefactos, menos de uno, que justo cuando va a poner sus muertas manos encima de ella, queda ensartado en la pared después de un breve vuelo de Tadeusz. Gracias, dice Caroline y Peter le tira un beso, que enmascara durante un segundo un evidente gesto de dolor. Se acerca, arranca su espada de la pared y se apoya en la barra del bar. Caroline se lanza sobre él pero detiene a la chica con un gesto suave. Luego se queda mirando algo, que coge y le lanza a Johny diciendo, guarda esto para luego. Cuando Walker atrapa el objeto, puede ver una vieja botella sin abrir de Maker's Malt. Johny sonríe y dice, dalo por hecho.
-Hay, que salir de aquí -dice Harry-. Seguidme.
Y empieza así una alocada carrera en post del tipo de los ojos azules, recorriendo pasillos de mantenimiento y de administración del casino, cruzando puertas y atravesando salas, eliminando grupos de draugr. En algún momento de esos minutos interminables, a todos y cada uno de ellos se les pasa por la cabeza preguntarle a Harry cómo sabe dónde diantre se están dirigiendo, pero está claro, una vez más, que el tipo tiene los planos del casino en la cabeza, como tantas otras cosas. Así que callan y siguen corriendo. Hasta que por fin llegan a una sala de seguridad, llena de monitores que en otro tiempo debieron estar conectados a las cámaras de seguridad del casino. Peter se apoya sin que nadie le vea en la pared y se lleva la mano a la boca para limpiar un leve rastro de sangre. Cuando levanta la vista ve que Celine le está mirando fijamente, mordiéndose el labio en lo que bien podía ser un gesto de preocupación. Peter habla con la mirada, y la idea, ni una palabra, llega alta y clara a la mujer de ojos verdes, que cómo los demás, centra su atención en Harry. Ni siquiera tienen que aguantar la respiración, porque el propio aire se ha quedado mudo, quieto, espectante, como si supiera que los últimos días, los peligros, la muerte acehando, los monstruos, todo conducía a este camino, a este punto ciego en medio de una ciudad maldita y muerta en todos los sentidos en los que una ciudad pudiera estar muerta. Y la verdad es que no es un momento mágico. Harry no es Moisés, solo es un hombre que apoya una mano en una pared. Y ante él no se abre ningún camino a través del mar, solo brilla su huella en esa pared inerte, sobre la que se levanta una puerta antes imperceptible y descubre una escalera, débilmente iluminada por luces de emergencia. Una escalera que desciende. Puede que al infinito. Puede que a las respuestas esperadas. Puede que al infierno mismo. Puede que a algo que lleva décadas oculto y esperando a que un puñado de necios abra las puertas tocando la tecla adecuada, la tecla que nadie en su sano juicio pulsaría jamás. Pero ya está hecho. Da igual si sale la tirada ganadora o el destino se traga los dados en un pozo profundo de brea. Hay que avanzar. Y eso hacen, despacio, casi escalón a escalón. La temperatura baja levemente según descienden y un olor aséptico les inunda las fosas nasales. Llegan a una puerta metálica que se despresuriza al instante y se abre hacia un lado flanqueándoles el paso.
Empiezan a atravesar pasillos y estancias de lo que evidéntemente es un laboratorio abandonado. Salas de ensayo, camillas, instrumental médico y de investigación corroído por el tiempo. Nada fuera de lo común, si no fuera por que ese laboratorio estaba oculto en las entrañas de un casino. Y por el hecho de que el camino que van siguiendo es el que les marcan las puertas automáticas que se van abriendo según se acercan. Hasta que atraviesan la última. Y Harry está a punto de vomitar. Y los demás tienen que hacer grandes esfuerzos para cerrar la boca. Una enorme sala iluminada por unas luces amarillentas enfermizas, de varios metros de alta y como de las dimensiones de una cancha de baloncesto. Hace frío allí. Pero es normal. Es de suponer que es la temperatura idónea para preservar el contenido de las decenas de tanques de invernacíon en los que flotan tranquílamente en un sueño inducido un buen número de lo que, no cabe ninguna duda, parecen copias de Harry Street. Unas casi iguales, otras más pequeñas, otras con algún tipo de deformidad. Pero los rasgos del hombre que se ha convertido en su compañero de viaje se reconocen en todas ellas. Como se reconocen en el tipo con mono blanco que se está acercando a ellos. Se reconocen los mismos rasgos faciales, la misma nariz, los mismos ojos, la misma boca. Solo que ese tipejo debe tener sesenta años. Levantan las armas. El tipo solo sonríe.
-¿Así saludas a tu hermano, número 76? -Dice. 

Continuará.

jueves, 28 de enero de 2016

La invasión de los girasoles mutantes 2. Proyecto Vos de Dios.

Episodio 14. ¡Hagan juego señores!

Los Ancestrales trajeron la sabiduría y su vida era larga y su poder infinito. Eso reza la leyenda ansazi. La voz de Doggy tiene un aire tétrico rodeado por la oscuridad de la cueva y por las figuras pintadas tantos milenios atrás, que bajo la luz de las linternas parecen cobrar vida, burlarse de ellos, como un teatro de sombras chinescas grotesco. Luego la leyenda se fue perdiendo, transformando de una lengua a otra y de un pueblo a otro, saltando de cultura en cultura. Los Ancestrales se fueron, pero dejaron un rastro para volver a encontrarnos y que su luz vuelva a brillar en el mundo.
-Bueno, eso no suena tan mal -dice Bridge en un alarde de parecer optimista, pero en cuanto ve como el gesto de Doggy se tuerce, sabe que una vez más ha hablado más de la cuenta.
-No, eso no suena tan mal. Pero esa es solo una de las versiones que he conseguido recopilar.
-Déjame adivinar -dice Johny-. Hay otra peor.
-Siempre la hay -añade Peter, que por una razón que sus camaradas no acaban de entender, no para de sonreír.
-Sí, sí que hay otra -prosigue Doggy-. La otra es que la presencia de los Ancestrales no era, digamos, muy reconfortante para la humanidad. Algo pasó, algo que los expulsó lejos de aquí, no sin antes de que pudieran dejar ese rastro, ese camino, un hueco por el que colarse otra vez en el mundo y terminar de sojuzgar la humanidad, lo cual siempre ha sido su ambición.
-No -dice Peter-. Esa no suena nada bien.
Sigue riéndose así que Johny se encara con él, lo cual no hace que Peter deje de sonreír ampliamente. De hecho Bridge cree, si no recuerda mal, que es la primera vez que ve a Peter sonreír de esa manera.
-¿Pero qué coño te parece tan divertido?
-Nada. Solo me hace gracia veros metidos en una mierda sobrenatural, que esta vez no me toque a mí.
-No sabemos si es algo sobrenatural.
Las palabras de Bridge hacen que los presentes oigan algo que solo uno de ellos, Celine, había oído, y hace muchos años de eso. Peter rompe a reír y dice lo siento, lo siento, no me miréis así, yo no soy el que está dibujado en un garabato antediluviano por una civilización perdida en las brumas del tiempo.
La risa de Peter consigue contagiarse un poco a todos. Hasta Bridge refunfuña un, muy gracioso, entre dientes y Caroline esboza un atisbo de sonrisa. Todos parecen relajarse, menos Harry, que mira la pintura. Doggy que se acerca a él y le posa la mano en el hombro. Harry le mira, con los ojos acuosos, sin saber muy bien a que atenerse en toda aquella maldita locura. 
-Y eso nos lleva a ti, amigo mío -le dice-. Mirad bien el dibujo.
Todos le hacen caso. No tienen nada mucho más especial que lo que han visto en primer momento. La figura que parece representar a Johny, Bridge y Harry. Sobre ellos una especie de ojos que, a pesar de lo esquemático de su representación, tienen algo terrible, algo que hace que de escalofríos mirarlos. Y luego, junto a la figura que bien podría ser Harry, una especie de triángulo.
-No veo nada extraño. Bueno, más extraño de lo que es todo esto ya de por sí.
-Ahora la historia da un giro importante. En el Popol vuh.
-La narración maya -afirma Peter-. Bridge, deja de mirarme así.
-Exacto. En ella se relata como los Dos Gemelos legendarios destierran a las criaturas del inframundo. Eso es lo que cuentan las inscripciones de la tumba del gobernante Pakal, en el Templo de las Inscripciones de Palenque, que se hace representar como uno de esos gemelos. Pero lo que nunca transcendió es otra estela que se encontró en esa cámara. Una que el gobierno americano confiscó inmediátamente, antes de la invasión de los girasoles.
-¿Qué había en esa estela? -Pregunta Celine y Peter, que la conoce bien, puede ver el brillo de la promesa de tesoros en sus ojos, verdes y hermosos en la oscuridad débilmente iluminada.
-Nadie lo sabe. El proyecto era top secret. Pero -prosigue Doggy tras una pausa dramática-.
-¿Sabes que había en ella? -Pregunta Harry.
-No. Sé donde la llevaron. Y solo conseguí encontrar notas fugaces sobre lo que había en ella. Un mensaje. Unas instrucciones, más bien.
-¿Instrucciones para qué? -La voz de Harry se estrangula con la impaciencia, y la verdad es que a todos les parece que el tipo ese podía ir un poco más al grano, está claro que disfruta con la historia.
-No he conseguido averiguarlo.
Una sombra cruza la mirada y los corazones de todos. Acaban de darse contra un muro y tienen la sensanción de que un montón de piedras viejas como el demonio está cayendo a toda velocidad con destino claro a sus cabezas. Pero Doggy vuelve a sonreír. No hay duda de que tiene otro as en la manga. Es imposible verle los ojos, por que los cristales de las gafas reflejan la luz de las linternas como dos faroles.
-Pero -dice-. Ya os he dicho que sí se donde la llevaron.
-¿Dónde? -Esta vez es Bridge el que empieza a perder la paciencia.
-A un laboratorio secreto.
-¿DÓNDE?
Doggy señala el dibujo del triángulo. Al último sitio en el que nadie buscaría un laboratorio ultra secreto.
Y a Bridge, mirando la figura del triángulo, se le enciende la bombilla, su cerebro lo ve claro, y cuando lo suelta, siente un alivio tal que ni siquiera puede disfrutar ni regodearse de lo listo que es.
-Las putas jodidas y malditas Vegas.
-Exacto -dice Doggy entre risitas.

Madre Mary mira a los despojos de lo que hasta hace unas horas era una orgullosa tribu de carroñeros. Concrétamente los pocos que han conseguido sobrevirir al ataque fallido contra Johny, Peter y los demás. Están arrodillados frente a ella, con la miradas bien clavadas en el suelo, como si su autoestima y su orgullo se les hubieran caído en medio de la arena. Madre Mary pasea frente a ellos, de un lado a otro, apretando los puños, con la melena castaña mecida por el viento del atardecer del desierto al ritmo de una meláncolica danza.
-¿Y cuántos decís que que eran esos temibles guerreros? -No habla con ninguno de ellos en general, pero está claro que quiere una respuesta inmediata.
Uno de ellos se apresura a explicar que apenas unos diez. Inmediátamente el desdichado trata de aclarar algo más, pero el hecho de que un segundo después de que Madre Mary clave la mirada en él empiece a sangrar profusamente por todos los orificios de su cabeza se lo hace bastante difícil, así que decide que lo mejor se morirse plácidamente en medio del suelo del cañón.
-Eráis al menos cincuenta -dice Madre Mary, tratando de que la ira que siente no haga temblar en absoluto su voz-. Ya que os habéis dejado vencer por una fuerza tan inferior, lo mínimo que deberíais haber hecho es morir en el intento con vuestros hermanos. Pero no os preocupéis. Hay tiempo para solucionar eso.
Madre Mary se gira y clava una mirada en una cueva que se abre oscura y terrible en la pared del cañón detrás de ella. Ignora los gritos de clemencia de los pobres diablos arrodillados y sonríe cálidamente a esa oscuridad que se abre para ella, como una madre sonríe a un hijo perdido. Pero no es a la oscuridad a quien sonríe, no, es a algo que hay más allá, quizás a esos varios pares de ojos rojos que se iluminan en el interior de la cueva y a los que acompañan un siseo aterrador, un sonido gutural y antinatural. Madre Mary nota en su cabeza el suave cosquilleo de las consciencias de las bestias mutantes y acaricia sus voluntades con mimo. Luego les dice lo que hay que hacer, les dice sin palabras, con un susurro de su mente mutante, que la cena está servida. Unos segundos después, bajo la mirada atenta de los despiadados habitantes de Inquisición, las vidas de unos cuantos desgraciados se evaporan entre chillidos, ojos rojos y garras. Y al desierto, una vez más, no parece importarle una mierda. 

La habitación sigue siendo blanca. Tan fría y desangelada como la otra vez que Harry la visitó. Y aquel niño extraño, que le sonríe con esa expresión capaz de congelar el Sahara o derretir la maldita Antártida, es aun más escalofriante que la última vez que le vio.
YA QUEDA POCO.
-¿Poco para qué? -Pero Harry se siente terriblemente ridículo haciendo esa pregunta, porque en lo más profundo de su interior sabe que ahí no va a encontrar respuestas.
Siente mareo, ganas de vomitar. Siente que la cabeza le va a explotar cuando el baile de datos le golpea el cerebro como un yunque. El niño ríe. Y es como si el mundo se partiera en dos, puede sentirlo en la piel, como cientos de imágenes de ríos, ciudades, montañas, se desquebrajan como si fueran papel pintado viejo que se descascarilla.
Luego se despierta, tumbado en medio del desierto, la mañana ya entrada. Alguna canción de rock vieja sale da la caravana de Doggy, que bebe una taza de lo que parece café humeante, apoyado en la puerta del vehículo. Unos metros más allá, Peter vigila con atenta mirada y da consejos mientras Caroline y la rubia Thrud practican artes marciales. Por la agresividad cualquiera diría que es solo un ejercicio, aunque ninguna de las dos deja de sonreír en ningún momento. Desde que se reunieron y Caroline se lanzó al cuello de aquel tipo taciturno y extraño, la chica parece más relajada, si es que ese adjetivo se puede aplicar a aquella pequeña arpía homicida. Los demás, aquí o allá, parecen absortos en la preparación del viaje que tienen que afrontar. Laura, Celine y Ángelo cargan las armas del helicóptero en el destartalado autobús escolar. Pero mientras las dos chicas no paran de comentar los acontecimientos recientes, Ángelo permanece mudo, como ha estado desde el encuentro con los girasoles y los zombis. Nadie le ha preguntado, nadie ha sacado el tema, aunque todos saben muy bien que es solo cuestión de tiempo. Bridge y Johny miran viejos mapas de carreteras que Doggy guardaba, decidiendo cual es la mejor ruta hacia Las Vegas. Aunque todos saben que no hay ninguna buena ruta hacia allí. Las Vegas no fue recuperada para el mundo después de que la Corporación y los girasoles fueran destruidos, es uno de esos puntos negros en el mapa que se tratan siempre de evitar y lo que pueda infectar la ciudad y las carreteras que llevan hacia ella es un misterio. Y en ese mundo los misterios no suelen ser ponys y nubes de algodón. No. Más bien son hierro oxidado y garras. Dientes y gasolina quemada. Pero a él no le cabe duda de que piensa ir allí, a donde parece que se esconde el principio de todo y puede que el final. Las respuestas al otro lado de un arco iris enfermo y corroído. Lo sorprendente es que esa banda tampoco ha dudado ni un segundo en ir con él. Algunos por que son de esas personas que cuando establecen un vínculo jamás te abandonan, otros por el puro interés de encontrar algo de valor, o algo que les de poder, al final de aquel viaje. El caso es que allí están todos, preparando la marcha hacia un lugar inhóspito, deshabitado hace décadas y en el que no saben que demonios van a encontrar. Así que Harry no puede evitar pensar que en el fondo, toda esa tropa es una panda de desequilibrados, adictos a ese tipo de sensaciones, a jugarse el tipo, a las situacione límite que prefieren mil veces enfrentarse a la muerte cada día y luego quejarse de su mala suerte que seguir con la vida que llevaban hasta ese momento. Lo que está claro es que, locos o no, esa gente con más que posibles y serios problemas psicológicos, es lo más parecido a una familia que ha tenido nunca. Y una leve sonrisa le incita a levantarse y ayudar a los demás con los preparativos.


Una hora más tarde, Bridge gira la llave y el motor de Betsy ronronea como un gatito de doscientos años asmático. Sonríe y pisa el acelerador. ¡Todos a bordo del expreso de Las Vegas! Grita. Luego se despide con un saludo de Doggy, que agita la mano en señal de despedida y levanta la cerveza que se está bebiendo y pega un sorbo, como brindando por ellos. Unos minutos más tarde, el desierto se lo ha tragado y una sensación cálida y reconfortante recorre el cuerpo de Bridge. Laura traza dibujos sin sentido en su espalda, distraida, con el dedo índice. La carretera. El sol. Incluso, por qué no decirlo, la emoción de tener una aventura delante. Y otra vez, como a traición, se le vuelve a colar ese hormigueo, ese sabor en la boca, el sabor de los viejos tiempos. Aunque cuando mira brevemente por encima del hombro a Laura, piensa que esta vez es incluso mejor. Por la mente se le cruza brevemente la imagen de Nimrod y su prole y una pequeña arritmia amenaza con hacer estallar su corazón, pero está de demasiado buen humor, así que ensalla la mejor de sus sonrisas y aprieta un poco el acelerador.
Ángelo, sentado en uno de los asientos mira por la ventana, como si esperara ver algo distinto en el imponente paisaje del desierto. Pero mejor clavar la atención fuera que en la angustia que le corroe por dentro, en las dudas que lo devoran. Simplemente lo supo. Casi podía oír el zumbido sordo de sus mentes, apagadas y sedientas de muerte, en la suya. Solo lo supo, solo notó en lo más profundo de su ser que tenía el control de la situación. Como sabe que debe respirar, como sabe cómo es el tacto el metal frío. Solo lo sabía, y ya está. Alguien se sienta a su lado. La verdad es que vista de cerca, el rostro de Celine es aun más perfecto, sus ojos aun más verdes y esa sonrisa roja, muy roja, de cerca, tiene un aspecto  mucho más amenazador, más peligroso. Es como si la mujer tuviera un cierto halo de frialdad a su alrededor, como si toda esa belleza bajara un grado la temperatura en torno suya. Es curioso, piensa, porque la rubia, Thrud, parece arder y Celine parece una ráfaga de aire glacial. Pero las palabras de ella hacen que su pensamiento se corte en seco.
-¿Estás preparado?¿Quiéres saber la verdad?
Ángelo vuelve a mirar el desierto. Está todo tan hermoso. Por eso no se sorprende cuando dice que no, que mejor en otro momento, si a Celine no le importa. Ésta solo sonríe, se encoge de hombros y vuelve a sentarse con Laura.
Y así es como un viejo autobús escolar cruza el desierto, con las articulaciones echas polvo y destrozada por el reúma. Cansada, pero contenta de que aquella panda le siga necesitando.
Lo malo es que no miran por el espejo retrovisor. Tan potente es en sus cabezas la idea que el destino que les espera que a ninguno se le ha ocurrido echar un ojo al camino que van dejando detrás. Por eso no ven los dos puntos oscuros que les siguen desde hace más de una hora. Están muy lejos, así que acerquemos la cámara. Dos motos enduro, sucias y con motores trucados que rasgan el aire del desierto con sus chillidos, siguen la estela que va marcando Betsy. Encima van dos motoristas encuerados y con cascos decorados con pinturas de colmillos. Siguen tras ellos un buen puñado de kilómetros más, siempre manteniendo la distancia, hasta que al final cambian el rumbo. Unas horas después están cruzando las puertas de Inquisición e informando a Madre Mary sobre el rumbo que ha tomado el autobús. Madre Mary no dice nada, pero entiende que algo terrible y poderoso hay en todo aquello, por que nadie va a Las Vegas, nadie en su sano juicio, al menos. Ni siquiera ellos van. Sea como fuere, y con un muy mal pálpito en el corazón, sabe que tiene que informar al Gran Sorbinus, así que se concentra y la aterradora imagen de Nimrod se forma en su mente. 
¿SÍ, MADRE MARY?

lunes, 18 de enero de 2016

La invasión de los girasoles mutantes 2. Proyecto voz de Dios.

Episodio 13. Voces grabadas en piedra.

Una voz atraviesa el aire enfermo y estancado de una cueva en medio del desierto.
- Te juro Bridge, que si te vuelves a chocar conmigo y me das otro codazo en las costillas, te voy a enseñar de que color son las tuyas.
Bridge tiene la incomoda sospecha de que Peter habla en serio, pero no puede evitar decir, pero si eres tú el que se ha chocado conmigo.
-¿Las cinco veces?


Doce horas antes:

Betsy cruza el desierto, sufriendo bajo un calor cruel y descarnado, su motor chillando, maltratado por las batallas el tiempo y los kilómetros sin que nadie le haga caso, porque cada cuál tiene que preocuparse de su propio sufrimiento, esa es la verdad. La mañana arde, pero no hay tregua y menos aun cuando la radio de Betsy vuelve a repetir el mensaje que llevan escuchando las últimas dos horas, esta vez tras Detroit Rock City, de los Kiss.
Otro temazo para animar la mañana amigos, siempre cortesía de vuestro DJ favorito. Y para nuestros socios de montura amarilla, no dejar de recordarles que aquí hay unos amigos suyos que estarán encantados de verles.
Laura asegura que es Celine mandándoles un mensaje. Está con el ermitaño, el que sabe algo de todo ese embrollo, esa era el plan. Para Caroline está claro entonces que Peter está vivo, así que las dos espolean a Johny, que pisa el acelerador de Betsy sin piedad, muriéndose por un trago. Mientras, Bridge, con Laura agarrada de su brazo, nerviosa, no sabe si atreverse a decir en voz alta lo que piensa, algo que nadie ha visto, o que no quieren ver. Quizás sí que estén vivos. Sí,Sí capturados, torturados, y con Nimrod y Plaga esperándoles con las putas huestes del infierno en el lugar donde Celine y Laura acordaron encontrarse. Intenta no pensarlo, pero entonces mira a Ángelo, que no ha abierto la boca, igual que Harry, que sigue con la cara enterrada entre las manos y ve que todo aquello se les escapa. Así que suspira y traga saliva y espera que por lo menos hoy no la palmen.

16 horas antes.

Peter no duerme. Nunca ha sabido lo que es dormir una noche entera, del tirón, cerrar los ojos y que todo, el mundo, las luces, el dolor, las dudas, el miedo, queden empapados y velados por el sueño. Peter no duerme. Ni si quiera está sentado, corta el aire de la fría noche dando absurdos mandobles con su fiel espada, envuelta la cabeza en su pañuelo palestino y enfundado en una vieja sudadera. Y es gracias a que Peter no duerme, subido en lo alto de una ladera, gracias a que ese par de ojos grises que arden con un frío aterrador están perdiendo el tiempo atisbando la noche del desierto, es gracias justo a eso, que ve una columna de vehículos, sus luces inconfundibles, quizás una treintena. No le hace falta verlos de cerca, sabe que son carroñeros, bandidos. Muchos. Salvajes y armados. Y el problema no es que vayan en su dirección. El problema es que si sus amigos se están dirigiendo hacia donde están ellos, si han oído el mensaje, si están siguiendo el plan de Laura y de Celine, se van a encontrar de bruces contra ellos. Sabe lo que hay que hacer y no puede evitar sonreír. Van a poder probar las armas que tan dúramente se han ganado. Pero la sonrisa se le borra rápido cuando salta para bajar de la colina y un agudo dolor en las costillas le recuerda que no está del todo listo para la batalla.

10 horas antes

Johny frena en seco y se baja de Betsy sin decir nada a nadie como si hubiera visto al mismísimo demonio. Están circulando al borde de un pronunciado acantilado que va descendiendo hasta morir en la planicie del desierto. Cuando todos llegan al borde del acantilado ven también lo que ha hecho que Johny se detenga. Vehículos de guerra. Una veintena de coches, quizás más, destartalados, modificados, llenos de armas y llenos de bandidos carroñeros del desierto. Una horda de indeseables mutantes que se extiende por la llanura, atestándola con el tronar de motores furiosos y de los gritos de una banda de guerreros salvajes. Una banda que está justo en la dirección en la que tienen ir, una banda que no dejan ninguna duda de que les han visto cuando aceleran los corazones de sus máquinas y lanzan gritos aun más feroces.
- A Betsy, rápido -grita Caroline, desenfundando las armas-. Hay que salir de aquí, ya.
No hace falta que convenza a sus compañeros. Pero cuando Johny trata de arrancar a su vieja tartana, ésta, no demasiado empática con la situación desesperada de sus ocupantes, no responde.
- ¿Qué pasa Johny? - Grita Laura.
- ¿Tú qué crees? El maldito calor, el motor está al rojo vivo.
-Pues nos van a calentar a nosotros, Johny.
-Ya lo sé, Laura, pero no puedo hacer nada, tiene que enfriarse.
-¡Trata de arrancarlo, por Dios, trata de arrancarlo! - Grita Bridge.
-Chicos -dice Caroline con una voz extrañamente fría-. Tenemos compañía.
El ruido del motor de varias motos enduro habla por ella, los exploradores de la horda. Son los primeros en llegar, una decena, armados con viejas armas de fuego, hachas, espadas rudimentarias, o deformes armas cortantes de difícil catalogación. Gritan y se les oye demasiado bien, piensa Bridge, a pesar del ruido de los motores y de que sus voces tienen que escaparse de los cascos decorados con cuernos y horrendas pinturas que imitan seres escalofriantes de rostros y fauces terribles. La polvareda que levantan ayuda a enmarcar toda la escena como si se tratara de una escena de una película, como si fuera el decorado recargado de un vídeo musical demencial. Pero cuando Johny suelta los dos primeros fogonazos de sus pistolas, Bridge entiende que aquello es real, tan jodídamente real y doloroso como un infarto. Caroline dispara, Laura dispara, Ángelo se levanta y dispara. Bridge entreveé las siluetas de más vehículos bajo la capa de polvo que se arremolina en torno a Betsy. Centra su mirada en un carroñero que se acerca a ellos a la carrera y acaricia el gatillo de su vieja escopeta. Pero no llega a disparar. Alguien se le adelanta y tras sendos disparos llegados quién demonios sabe de dónde, los dos tipos mas cercanos a Betsy caen al suelo con la cabeza y el pecho agujereados. ¿El fuego divino? No importa una mierda, el caso es que alguien está escupiendo fuego con una precisión mortal desde algún agujero, y ese alguien está de su lado. Siguen llegando más mercenarios salvajes, en tropel. Y en ese momento creen en los milagros. Y en los ángeles. Porque esa belleza y rubia de piernas largas que ha aparecido de la nada blandiendo una espada y acabando de un plumazo con unos cuantos tipos de aspecto terrible tiene que ser un puto ángel. Las balas parecen ignorarla a  propósito, pero cuando se gira y saluda sonriente a los ocupantes de Betsy, no es su rostro perfecto lo que les llama la atención, ni que sus ojos brillen con un fulgor dorado, sino que la espada que blande es nada más y nada menos que Tadeusz. Chicos, la voz de Laura les llama hacia el otro lado de Betsy, donde unos cuantos bandidos se lanzan contra ellos gritando. Pero no llegan muy lejos, caen abatidos por una descarga de impulsos que sale furiosamente del rifle que maneja Celine. Como una diosa, más alta que nunca, más hermosa y furiosa, como una guerrera psicópata de una raza olvidada. Unas gafas transparentes le marcan los objetivos al rifle Multitud de impulsos Godfinger, que también es capaz de distinguir entre objetivos y los que el cerebro de su portador reconoce como aliados, haciendo imposible el fuego amigo.
Un segundo después las dos guerreras están a bordo de Betsy, Laura y Celine se abrazan, pero la alegría dura poco cuando Caroline señala a Tadeusz y le pregunta a la rubia tatuada de dónde coño ha sacado la espada.
-Tranquila Caroline, Peter está bien, más o menos -Dice Celine,  y apoyando sus palabras un punto rojo se posa sobre el pecho de la pelirroja, que sonríe satisfecha y con un par de lágrimas amenazando con desmontar su imagen de tía dura.
Celine señala algún punto del horizonte y les saluda un destello inconfundible, el de el sol rebotando en la lente de una mira telescópica. Johny y Bridge recuerdan los disparos que han aparecido de la nada para repeler a los primeros atacantes.
-¿Peter se ha pedido una pelea? -Pregunta Johny, imaginando la respuesta.
-Digamos que Nimrod le dejó un poco mal parado y luego hemos tenido alguna que otra desavenencia con algunos tipos.
-Chicos -dice la rubia-. Deberíamos irnos, vienen más.
Tres tipos se bajan de un destartalado todo terreno, aunque no llegan lejos, tres disparos y los tres se tumban plácidamente a disfrutar del desierto.
-No podemos irnos, no arranca. -Grita desesperado Bridge.
-Inténtalo ahora. -Le responde la rubia, siempre sin parar de sonreír.
Bridge le hace caso sin demasiada confianza, pero en cuanto gira la llave el motor de Betsy ronronea, como un gato arisco que acepta las caricias de mala gana.
Y otra vez a lomos del trueno, rugiendo en la tormenta, recorriendo el desierto
con una manada de zumbados detrás de ellos, con fauces babeantes, gritando al mundo su salvajismo. Otro fogonazo desde las colinas y Bridge puede ver por el retrovisor como uno de los coches de los carroñeros pierde el control y vuelca dando mil vueltas de campana entre una nube espectacular de polvo arrancado al desierto. El cabrón de Peter le ha debido dar al conductor. Pero todavía son muchos.
- Tira por aquel camino que sube -le grita Celine-. Utilizaremos esta tartana como barricada, no podrán subir con los vehículos y desde arriba nos cargaremos a esos hijos de puta.
Bridge está tentado de decir que Betsy no es ninguna tartana, pero algo le hace intuir que quizás, solo quizás, no sea el mejor momento. Hace lo que dicen y, antes de que sé de cuenta, van colina arriba, Ángelo tirando de Harry, que parece seguir en estado de shock, hasta llegar a una especie de cornisa, desde la que se puede ver todo el valle, desde la que se ve la nube de polvo que levantan los vehículos de los bandidos, como un inmenso monstruo de arena que se cierne sobre ellos. Allí les espera Peter, de pie, con una sonrisa muy extraña en los labios, un rifle de aspecto muy amenazante en una mano y un sub fusil en la otra. Se lo lanza a Johny. He pensado que este juguete te gustaría. Johny lo mira y sonríe torciendo con malignidad los labios.
-Un Multitude de impulsos.
-Sí -dice Peter-. Un Doomsday A-33.
-Esta mierda lo atraviesa casi todo como si fuera mantequilla. ¿De dónde coño has sacado esto?
-Es una larga historia. ¿Quieres que te la cuente o prefieres hacer cantar a esa mierda maligna?
-Joder, estoy deseando saber la pupa que hace esto.
-Eso suponía. Chicos, hay más de estas ahí, os sugiero que las cogáis.
Así que todos se pertrechan para la batalla. Todos menos Thrud, que se acerca a Peter, sonriendo, los ojos brillando dorados y le dice levantando a Tadeusz, ¿te importa que yo siga con esta un poco más? No parece incomoda en tus manos. Estoy seguro que le reventaría quedarse en su vaina en medio de una batalla. 
Y así, sin desasidos dramas, todo está dispuesto para que unos vivan y otros mueran, como siempre.

Unas trece horas antes, más o menos.

No han podido arrastrar muchas armas. Tendrán que ser suficientes. Aparte del viejo helicóptero, que no hubieran podido subir hasta ahí, no tienen más vehículos, así que tendrán que apañarse. Al menos tienen el terreno de su parte. Encima de una cornisa pueden ver todo el valle, a Betsy parada y la nube de polvo amenazante más abajo. Peter espera que ese maldito trasto amarillo no haya decidido elegir justo ese momento para echar una siesta.
-Vamos -dice-. Tenemos como unos cinco kilómetros que recorrer a pie hasta que los interceptemos.
Pero Celine le para poniéndole la mano en el pecho y con la otra le alarga un rifle de francotirador, un Dragon S-33, más potente y preciso que los viejos Barret. Le señala con la cabeza lo alto de la cornisa que tienen delante.
-Tú nos cubrirás desde ahí. Iremos a por Betsy y la usaremos de barricada, desde ahí arriba podremos matarlos uno a uno. Pero si no te curas, no nos servirás de nada -Celine sabe que Peter va a protestar, así que se apresura a seguir hablando-. Eres el mejor con un cacharro de estos, nos cubrirás las espaldas.
-Estás loca si crees que me voy a quedar aquí.
Como toda respuesta, Celine le golpea, con firmeza, pero sin demasiada violencia en las costillas y Peter se dobla un poco sacudido por el dolor.
-Lo siento, pero tienes que entender que te necesitamos en perfectas condiciones.
Peter atraviesa a la chica con la mirada y se muerde la lengua. Resopla, maldice y vuelve a resoplar. Luego saca a Tadeusz de la vaina que lleva sujeta a la espalda con un arnés de combate y se la alarga a Thrud. Dale buen uso, dice, y sin esperar respuesta se encamina hacia lo alto de la cornisa.

Unos quince minutos antes. 

A la luz de las linternas la cueva tiene un aspecto de lo más tétrico y esas pinturas milenarias parecen tener verdadera magia, animadas por la danza de luces y sombras y por las malas pasadas que juega una imaginación esclava de un estado de ánimo al límite del abismo. Doggy está delante de ellos. Bridge y él alumbran con las linternas las paredes decoradas con motivos geométricos y con inquietantes figuras humanoides que recuerdan muchas cosas esondidas en el fondo de la imaginación. Bridge siempre soñó con vivir en un mundo en el que aun funcionaran las universidades y ser un reputado profesor de historia, así que mira fascinado las pinturas rupestres al tiempo que intenta recordar algo parecido en alguno de los libros que ha ido rapiñando aquí y allá y devorado con avidez. Pero Doggy ha dedicado su vida al estudio de la historia de la vieja madre patria y les informa, que si no está equivocado, se trata de pinturas realizadas por una cultura muy anterior a los nativos que poblaban estas tierras cuando el hombre blanco llegó.
-¿Los Anasazi? -Pregunta de pronto Peter y un silencio recorre al grupo, al tiempo que Bridge y Doggy se le quedan mirando asombrados.
-Vaya -dice este-. Un colega erudito.
-¿Cómo? -Pregunta Bridge.
-Ah, no lo sabíais -interviene Johny divertido-, este tío es una puta enciclopedia con patas. No es tan tonto como parece.
Todos se le vuelven a quedar mirando asombrados, menos Johny y Celine que sonríen abiertamente. Bridge advierte que la vena de la frente de Peter se está hinchando de una manera muy poco amistosa.
-¿Qué pasa? -Dice-. ¿Pensábais que solo soy un maldito sociópata violento y enfermo?
-Sí, básicamente -añade Bridge haciendo un gran esfuerzo para no reírse.
Harry, que en último momento, ante la la posibilidad de obtener al fin las anheladas respuestas, se ha unido a la expedición, se adelanta y se encara con Doggy. Dijiste que aquí encontraríamos respuestas. He cruzado medio mundo, por favor, vamos al grano.
-Tienes razón, hijo -le responde Doggy-. Venid. Hay una pintura que tenéis que ver. Un camino se os abrirá.

Diez horas antes.

Solo quedan tres coches operativos de los bandidos, dos furgonetas llenas de tipejos, de pinchos de hierros y pintadas con mandíbulas, con más polvo del desierto encima que el propio desierto. Solo quedan tres, y deben ser los más listos y han pillado la pista de las dos decenas de sus camaradas masacrados a la primera, porque se están dando la vuelta y saliendo por patas como alma que lleva el diablo. Johny grita de júbilo y les insulta, haciendo gestos obscenos con su entrepierna. Bridge ríe, joder parece que van a vivir otro día más. Aunque eso de contar la  vida por días empieza a ser un poco estresante. Los compañeros se abrazan, pero para él la victoria es aun más dulce, porque Laura se le planta delante, le guiña un ojo y le da un sonoro beso en los labios. Es la segunda vez en su vida que se siente como un héroe de la antigua Grecia. La ultima vez fue hace cinco años. Hace como veinte vidas de eso. Thrud vuelve hasta donde están ellos. Está cubierta de sangre, pero su inmensa sonrisa deja claro que ni una sola gota es suya. Cuando los bandidos han empezado a acercase a ellos ha saltado cornisa abajo blandiendo a Tadeusz como si fuera una extensión más de su brazo, segando vidas sin dejar de sonreír ni un momento, cubierta de lejos por los precisos disparos de Celine, Caroline, Johny y Peter, en un auténtico duelo de tiradores letales. Aunque a Bridge no se le escapa que Peter ha estado bastante fastidiado por no poder repartir leña cara a cara, espada en mano, y tener que limitarse a cubrir a la rubia desde lejos. Lo que le hace pensar que sus heridas son más graves de lo que jamás va a permitirse admitir abiertamente. Él, por su parte, sabiendo que la puntería quizás no sea en lo que más destaque, ha hecho un uso, en su opinión más que loable, de una ametralladora pesada que hacia un ruido ensordecedor y por la cual ahora le tiemblan los brazos, una vez que el efecto de la adrenalina va desapareciendo gradualmente.
-Algo esta pasando -dice Celine-. No es normal ver tantos carroñeros juntos en el desierto. No estaban pululando sin más, iban a algún lado.
-Tienes toda la razón -le contesta Peter con un evidente gesto de preocupación-. Y como no soy una persona especialmente optimista, no creo que toda esta mierda en la que nos hemos metido y el movimiento de estos psicópatas sea una casualidad.
-La casualidad es una mala perra, nunca está de nuestro lado -escupe Johny.
-No debemos quedarnos aquí -interviene Thrud-. Vamos al campamento de Doggy, nos está esperando, hay mucho que nos quiere contar.

Luego le lanza la espada a Peter que la coge al vuelo y la inserta en su vaina. Es fantástica, dice. Un arma fabulosa.
No hay mucho más que decir, a pesar de las mil preguntas que les pasan por la cabeza a todos y cada uno de ellos. Cuando se encaminan hacia Betsy, recogiendo antes todas las armas, Bridge valora si es buen moento para hacer notar, sin entender como nadie se ha dado cuenta, que la rubia, Thrud, sea quién sea, ya no está manchada de sangre, está impoluta, como si acabara de salir de la ducha.

Cinco horas antes.

Han decidido salir esa misma noche hacia las montañas. Johny fuma un cigarrillo paladeando el humo y el anochecer trágico del desierto. Doggy ha dicho que les contará todo lo que sabe en esas cuevas, que hay algo que tienen que ver antes. Ese Doggy es un tío raro, un hippie fuera de época, pero no parece mal tío. Sonado, sí, pero buen tío. Y no será él el que ponga la mano en el fuego por la cordura de ninguno de los integrantes de esa expedición demencial. Un ruido a su espalda y sus reflejos saltan como un resorte justo a tiempo para ver un objeto volando, no demasiado rápido, hacia su cara. Lo intercepta y lo coge con la mano. Está frío. Es una cerveza fría. Johny la abre mirando con desconfianza a Peter, que abre otra con la mirada perdida en el atardecer que unos segundos antes ocupaba sus pensamientos.
-Bonita prenda -le dice Peter señalando el peto de servoarmadura-. Ya me ha contado Bridge vuestra aventura con los girasoles buenos. Este mundo no deja de sorprenderme.
-Y que lo digas -dice Johny dando un buen trago-. No sabes cuándo te puede sorprender una sombra del pasado.
Peter solo sonríe, como con cansancio, como con resignación, como si esperara una respuesta así de él.
-Ya -dice-. ¿Sabes? El pasado está sobre valorado.
Johny se sienta dándole la espalda, bebiendo, contemplando como el día se va despidiendo alegremente pero con pereza. Su antiguo camarada se sienta a su lado.
-¿Serviría de algo si dijera que lo siento? -Pregunta sin ningún tipo de entonación en la voz.
-¿Por qué te fuiste? -Johny escupe la pregunta a bocajarro, como un tiro entre ceja y ceja, sin concesiones.
-No era bueno para mi. Mucho menos para le gente que me rodeaba. Salvamos el mundo, más o menos, pero lo salvamos de cosas como yo. No merecía estar entre buenas personas.
-Podrías habernos dado la opción de opinar.
-¿No me has escuchado? Sois buenas personas, habríais tratado de aceptarme, de transformarme. Y eso no era posible.
Johny resopla y descarga la tensión haciendo dibujos sin sentido en la arena. Por otro lado, la noche, el desierto, la cerveza y la actitud seca y cortante de su viejo amigo le traen tantos recuerdos que no puede evitar que el pecho se le llene con una sensación extraña, de una nostalgia dulzona, del regusto en el paladar de los buenos tiempos. De pronto se siente viejo, muy viejo y tontamente melancólico.
-¿Sabes? -dice-. Creo que en el fondo echo de menos los viejos tiempos. Por eso me metí en esta mierda.
-Entonces es que estás tan tarado como yo.
Los dos ríen unos breves segundos y luego Peter, sonriendo, le dice, de todas maneras, me alegro de volver a cabalgar a tu lado. Voy a por otra cerveza, este Doggy tiene un montón.
-Doc -dice Johny-. Una cosa. ¿Nos habrías matado?
Nota como Peter se para, pero por el rabillo del ojo ve que su amigo no se gira para decir, bueno, agradezcamos al bueno de Nimrod que no hayamos tenido que descubrirlo. Voy a por esa birra.
Johny solo puede sonreír y mascullar un, bastardo, que pasa con una sonrisa de resignación.


- Te juro Bridge, que si te vuelves a chocar conmigo y me das otro codazo en las costillas, te voy a enseñar de que color son las tuyas.
Bridge tiene la incomoda sospecha de que Peter habla en serio, pero no puede evitar decir, Pero si eres tú el que se ha chocado conmigo.
-¿Las cinco veces?
Es lo último que dicen en un rato, por que cuando Doggy les alumbra la pintura que quiere que vean, se les ponen los pelos de punta. Hay mil maneras de ver las cosas, de interpretarlas, de enfrentarse a la realidad. Pero cuando ven esa pintura, en cuyo centro hay tres figuras humanas, todos tienen absolutamente el mismo pensamiento. Y Bridge se pregunta cuantas veces va a tener que aferrarse a la suerte para no perder la cabeza. Como en ese momento, porque mira la pintura, y mira a su izquierda y su derecha, donde tiene a Johny y a Harry. Y mira las tres figuras de la pintura. Mira la del medio, que lleva en las manos una cosa que se parece sospechósamente a su fiel escopeta. Y mira la pintura, ¿no parece un sombrero lo que lleva la figura de la izquierda? Y mira a Johny. Y ya no puede más, por que esta vez si que le va a estallar la puta cabeza.
-Johny, ¿somos nosotros? -. Pregunta. Pero la única respuesta que recibe es la risita nerviosa y algo desquiciada de Doggy.